El discurso de la toma de posesión es el punto de partida con el que un nuevo presidente pone la pauta para realizar un llamado que incluya e inspire, para convocar finalmente a todos como depositarios de la soberanía y acreedores de la democracia, a trabajar por la grandeza y el bien común de la nación, pero la proclama del presidente Donald Trump se quedó corta en términos de visión y elocuencia, según opinó la otra mitad del país.
No hubo frases memorables que hicieran alusión a los más altos ideales de la sociedad estadounidense, ni referencias al sueño americano por un mundo mejor, ni a la exaltación de los valores morales, ni promesas de proteger a la próxima generación de niños y nietos de las fracturas sociales o de los desafíos que para la preservación de las especies, que plantea el cambio climático.
Solo dos palabras quedaron en la memoria: "¡América primero!".
Esa frase resumió la esencia del futuro. Fue un Donald Trump de vuelta en la campaña electoral, no el presidente Trump que el resto esperaba al asumir el puesto político más poderoso del planeta.
¿Significa entonces que hay que estar en guardia ante un Comandante en Jefe que agita su dedo o el puño ante quienes discrepan con él, y que solo presta oídos a su voz interna antes que atender a consejeros para hacer todo “a su manera”, como alcanzó a murmurar durante el baile inaugural, bajo los tonos de Frank Sinatra ?
Donald Trump va a ser fiel a sí mismo, y en realidad por eso lo entronizaron en el poder sus partidarios por encima de la experiencia de otros políticos del llamado establishment de Washington, para ocupar la Casa Blanca. Si estaban o no en lo correcto dependerá de si el Presidente cumple sus promesas.
Pero, para el resto del mundo, sin embargo, su promesa de poner primero a Estados Unidos causa alarma: la oferta de convertir a la nación en una fortaleza proteccionista, se percibe como una política de exclusión y de rechazo a mundo foráneo.
Es un cambio difícil de digerir, allende fronteras, tomando en cuenta que en el pasado Estados Unidos, como el mayor poder económico y militar del mundo, ha desempeñado el papel de faro del mundo.
Si el presidente Trump está decidido a poner a Estados Unidos en primer lugar, ¿cómo se verá el nuevo orden mundial o las relaciones con el resto de países? Por ahora hay más preguntas que respuestas y hasta cierto punto hay que darle el beneficio de la duda.
En el plano nacional, su intención de poner énfasis en la modernización de la infraestructura del país, la creación de puestos de trabajo y el rescate de las industrias, es claramente una visión positiva. De hecho, el presidente Obama, en su discurso inaugural en enero de 2009, hizo una promesa similar.
Sin embargo, el Mandatario también ha vinculado esa oferta a la amenaza de castigar a las empresas estadounidenses que se atrevan a privilegiar negocios y puestos de trabajo fuera de Estados Unidos.
Por otro lado, a pesar de que la inmigración es un desafío mundial y no exclusivo de Estados Unidos, la imagen de un muro construido a lo largo de la frontera con México, como símbolo de la política migratoria de la nueva administración, es difícil de entender.
Tal vez no en base a su inexperiencia política pero por la madurez que ostenta como un magnate empresario de larga data, debería reconocer que le llegó el momento de negociar con el resto del país que lo adversa, para conciliar posiciones en aras de preservar la gobernabilidad política de la nación.