Por Vida Gaviria
@modomama

Soy una madre amorosa y presente.  Al menos eso quiero creer.  Estoy con ellos - disponible física y emocionalmente -  en los partidos de fútbol, las clases de ballet, las tareas complejas, los nervios por la niña que le gusta a  mi cachorro, las noches en vela por fiebres o mal dormidas por pesadillas.  También soy la mamá que se arrima en medio de la noche cuando alguno de mis peques llega a mi cama, la que toma la foto del primer día de clases y la que saca tiempo para ir a leer cuentos al salón o hablar con los amigos del último local de patinaje que abrieron en la ciudad.  Entre muchísimas otras cosas que hago en el día a día, para mis creencias y expectativas, sí, soy una madre amorosa y presente y eso me hace sentir feliz y satisfecha con mi ejercicio de la maternidad.

En algunos momentos he sido una madre nerviosa y sobre protectora.  Afortunadamente ha llegado la lucidez o #ModoPapá a abrirme los ojos.  Reconozco que en al pasado corrí al colegio un par de veces a llevar aquello que se había quedado al lado de la puerta y también he drenado mi angustia en algún grupo de whatsapp porque es de noche y me acabo de enterar del material que el peque tenía que llevar mañana al colegio y del que nunca supe.  Aunque la tentación a rescatarlos se hace presente en muchas oportunidades, creo que ya son más las veces que me tomo el tiempo para analizar las consecuencias y en función de eso, asumir que es parte de su aprendizaje; que las veces que salto reactivamente a resolver por ellos.

Defiendo las infancias mágicas y vividas con lentitud.  En las que hay tiempo para saborear cada descubrimiento, cada nueva palabra pronunciada, cada habilidad recién adquirida.  Creo profundamente que nos ha tocado vivir en un tiempo que apura a nuestros hijos a crecer para luego decirles, “ve a terapia, tienes asuntos de tu infancia no resueltos”. Creo  que los adultos somos los guardianes de esas vivencias y también sus promotores.  Haciendo cada quien su propio ejercicio de “La Vida es Bella” (Roberto Benigni, 1997), tenemos la maravillosa misión de crear esos momentos que construirán una infancia feliz y que seguro darán paso a un adulto agradecido y pleno.

 Ahí quiero detenerme hoy.  Estamos criando niños pero también estamos formando adultos.  Hacer la tarea por ellos, llenar la planilla de la entrevista de trabajo de nuestros adolescentes, ordenarles el cuarto todos los días, llevarles la lonchera que se les quedó para que no se queden sin comer, prepararles 5 menús distintos de desayuno en una sola mañana porque ninguno le gustó…  es simplemente dañino y agotador.  Acabaremos viviendo su vida por ellos sin que ni siquiera nos lo hayan pedido y peor aún, les estaremos negando la posibilidad de cómo vivirla según sus decisiones.  Un niño al que se le resuelven todos los obstáculos que le presenta la vida, incluso antes de que él mismo pueda advertirlos, será un joven (y luego, un adulto) desprovisto de respuestas y capacidad de resolución.  Estará constantemente a la espera de mamá, ahora en forma de cualquier otra persona, que le dé instrucciones de cómo reaccionar.  La realidad es que queremos echar al mundo adultos autónomos, creativos a la hora de resolver conflictos, capaces de ingeniárselas sin que la aprobación de otro sea el permiso para actuar.

Tomemos el tiempo para reflexionar sobre esto y seamos sinceros en el ejercicio.  Quizás cuando nos preguntamos ¿qué pude haber hecho diferente?, sea un poco tarde pero somos humanos, siempre hay tiempo para re aprender.

 

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