El deseo de todos los que nos dedicamos a la educación es el progreso del prójimo, su felicidad y realización mediante la vía segura de la superación profesional. Como todas las metas de importancia en la vida, esta requiere de esfuerzos, que luego son justamente recompensados. Yo he tenido el privilegio de atestiguar en “vivo y en directo” esas recompensas entre nuestros miles de estudiantes.

La mayoría de los alumnos que concurren al College, no me canso de subrayarlo, son atípicos, lo cual no es un pecado, ni una limitación, en ningún sentido. No pueden, como otros educandos, dedicar todas las horas activas del día al placer de las clases y la vida en el campus. En muchos casos son parte del sostén económico de sus respectivas familias, por lo cual deben dividir la jornada entre sus sueños docentes y el pan sobre la mesa.

Resultan ser personas de elogiar, les cuento y, generalmente, no pueden concluir sus programas de estudio en los dos años que la academia prevé para los que dedican todo el tiempo al estudio. Más del 65% son personas consideradas de bajos recursos.

A veces tienen que extender esos términos a tres o cuatro años. Pero cuando se gradúan, y nos sobran los ejemplos, son los profesionales mejor preparados de nuestra comunidad. Ni decirles que si continúan estudios en otras instituciones de educación superior suelen ser los de mejor aprovechamiento. De hecho, las decenas de universidades del país con las cuales tenemos acuerdos de intercambio se sienten muy satisfechas de recibir a los egresados del Miami Dade College. Puedo asegurar que los añoran.

Un estudio reciente sobre la pobreza incluye a los Estados Unidos y a otras naciones del llamado primer mundo. Valga aclarar que las carencias entre los desposeídos de Etiopía no son las mismas que las de los americanos, pero no dejan de ser perturbadoras, en ambos casos.

Al comparar la pobreza absoluta de los Estados Unidos con la India, se estipula que en el primer caso la persona vive con $4 diarios, mientras en el segundo es $1.90. Luego de esta cuenta, resulta revelador saber que en nuestro país existen 5.3 millones de personas en esa lamentable circunstancia, estadística penosa para no decir vergonzosa, aunque resulte menor a la de otros países.

El reporte incluye un acápite que siempre sale a relucir en investigaciones de esta índole. De entre los pobres blancos americanos, un alto por ciento, con apenas una educación de nivel secundario, sufre de mala salud y baja expectativa de vida, fenómeno vinculado al consumo de drogas, alcohol, además de una propensión al suicidio. Estos millones de coterráneos padecen como sus similares asiáticos o africanos.

Resulta curioso constatar que parte de la salida a este círculo vicioso, donde se requieren otras atenciones e inversiones emergentes de agencias federales y estatales, pasa por las aulas de una educación universitaria para alumnos atípicos como son los nuestros.

Si escondemos lo obvio en la actitud poco incómoda del avestruz, cuando esconde su cabeza en la tierra, estamos contribuyendo al desmantelamiento paulatino de los más grandes logros de nuestra democracia.

Las opiniones emitidas en esta sección no tienen que reflejar la postura editorial de este diario y son de exclusiva responsabilidad de los autores.

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