No han dicho cuándo, los administradores del lugar no tienen ni idea y la prensa no ha emitido ni el menor comentario de si en algún momento pudiera aparecer la pipa del combustible por la esquina de la avenida.
Vivencias que toman forma de relatos y conllevan a la reflexión
No han dicho cuándo, los administradores del lugar no tienen ni idea y la prensa no ha emitido ni el menor comentario de si en algún momento pudiera aparecer la pipa del combustible por la esquina de la avenida.
Pero aun así los conductores insisten en dormir dentro de sus vehículos, velando los turnos que se han autoasignado en la enorme fila que dibuja los bordes de las calles aledañas a la estación de gasolina, en la barriada de Centro Habana.
“Lo peligroso es cuando te toca la intersección, porque no puedes pegarte al auto de adelante, debes respetar la bocacalle y entonces aparecen los vivos, colándose en el espacio al menor descuido, pasas la noche en vela, no puedes dormir tranquilo”, comenta Alfonso, mientras vigila con cara de pocos amigos a un “Lada sospechoso” que dobla demasiado lento por delante de sus narices, “zorro, ni que fuera tan difícil coger la derecha”.
Alfonso suelta la lengua con nuestra colaboradora, a quien confunde con una vendedora ambulante y con la que coquetea abiertamente. Confiesa que lleva tres días de guardia, “cada vez estoy más cerca de las bombas, pero no porque vendan gasolina, no, es que muchos se han rajado, pero yo me quedo, total, si en el tanque no tengo ni para regresar a la casa”.
Su hijo lo viene a ver en bicicleta y le trae algo de comer junto con “un pepino congelado”, así llama al pomo plástico que alguna vez tuvo refresco y hoy se recicla con el agua fría.
Nuestra reportera le insiste en lo irracional de aferrarse a una venta de combustible que no existe, mucho más absurda cuando México acaba de anunciar la suspensión de los envíos de petróleo y cuando el barco que venía de Togo y del que hablaban todos en La Habana; se desvió a Republica Dominicana. “Ellos tienen gasolina guardada, indudable que la tienen, y cuando la gente se ponga histérica de seguro la sacan a la venta, como cuando el maleconazo, y entonces… yo estaré aquí”.
No hay argumentos que valgan para hacerle desistir, “si los mandamás son vivos adelantarían la venta antes de que se tiren para la calle, porque la gritería puede ser mañana, y con unos cuantos litricos que boten en los garajes puede que las protestas no pasen nunca”.
Para nosotros, pragmáticos en el exilio, nos parece un absurdo aferrarse a una remota fantasía y pensar que en algún momento conseguirán un combustible de una reserva que no existe, pero nuestra colaboradora nos contradice: “no es tan así, por ahora hay de donde robar”, y explica que aún hay gasolina en el mercado negro, menos que antes y mucho más cara, pero la hay, y a quienes les sobran dólares pueden conseguirla, “el régimen tiene su reserva, si lo dudas mira las maniobras militares con tanques y hasta helicópteros que constantemente ponen en televisión, pero hasta eso se acaba y reponerla parece que será muy difícil”
“El problema será esta noche, porque la policía los viene a botar”: Resulta que parte de la fila de autos está atravesada, entorpeciendo la ruta de la marcha de las antorchas y no hay forma que les permitan salir en las cámaras de los noticieros, “están haciendo hasta listas para recuperar el orden de la fila una vez termine la manifestación por el natalicio de José Martí”, nos dice la reportera independiente, “entonces se va a armar la broca porque ¿quién consigue que no se cuelen los vivos, o que quieran meter cabeza y respeten los espacios?”.
Alfonso y el hijo ya tienen un plan de contingencia: además de apuntarse en la lista van a empujar “el polaquito” unas cuadras más allá y lo traerán de vuelta lo más rápido posible luego de que pasen los manifestantes, esos centenares de muchachos que solo ocuparan las calles por unos minutos, en su marcha forzada desde la Universidad de La Habana y rumbo al parque central, formados y con latas encendidas como remiendos de las antorchas que algún día usaron los primeros manifestantes en 1953, “nos botan porque Diaz-Canel también viene con su antorcha, parece que tiene miedo de que lo arrollemos con los carros sin gasolina”, dice jocosamente.
La cola de la gasolina, (como la autodefinen los protagonistas de este sueño tropical), es ahora mismo un hervidero de pequeños negocios: a lo largo de la línea se mueven vendedores ambulantes que lo mismo proponen cajitas de comida, cigarros y hasta medicinas vencidas; pero supuestamente efectivas aun para combatir los dolores. “También pasa su puta y hasta el policía que te saca dinero para no quitarte la chapa o multarte por mal estacionamiento”, toda la fauna habitual de la capital cubana que se mueve como nómadas a donde huelen la posibilidad de forrajear unos pesos y que desaparecerán, tan rápido como llegaron, cuando los choferes comiencen a desistir de esperar el maná soñado.
La muchacha nos cuenta lo simpático de ver a los conductores corriendo a meterse en sus autos y hasta hacer amagos de encender sus motores cuando un camión cisterna los sorprende doblando la esquina, luego gradualmente se vuelven a bajar y a conformar sus grupitos cuando “la pipa” sigue de largo, avenida abajo, sin siquiera encender los indicadores mientras cruza frente a la estación de gasolina.
Hablan, discuten, casi pelean entre ellos hasta que llega la noche o el relevo de la familia que les sustituye en este juego de no perder la esperanza. “para pasar el apagón en casa, halándome los pelos y gritando en voz baja, prefiero franquearlo aquí, por si se me da, imagínate un motivo para celebrar entre tanta desgracia”
Le insistimos a la periodista, “¿te dijeron que gritan en voz baja?”, dice que sí, que ese es un término muy común entre los sufridos de la isla, hasta la agonía hay que vivirla por lo bajito, como si no llamar la atención fuera una condición necesaria para sobrevivir.
“No es quedarse callados, es saber decirlo sin decirlo, manifestarlo más con la cara que con la lengua”, la colaboradora no nos da chance a declarar nuestra contrariedad y repone: “aunque eso también está cambiando, que cuando no hay para donde coger, solo queda gritar, a voz en cuello, en medio de la oscuridad o a pleno sol, incluso en la cola de nunca acabar a la que nos tienen condenados”.
La cola de la gasolina es el espejo perfecto de la sociedad cubana: siempre esperando algo prometido, que nunca se ve en el horizonte y que cada vez es más difícil de imaginar, “no queda de otra muchachita” dice Alfonso mientras con la mano derecha guía el timón por la ventanilla y con la izquierda empuja, “al menos voy ganando con mi ‘sacapunta’, te imaginas si tuviera un ‘almendrón‘ americano de media tonelada”, dice y suda, loma arriba, forzando la marcha del minúsculo Fiat que alguna vez tuvo el color de un mango maduro.
