Hace ya varios años, visité por primera vez al científico inglés Stephen Hawking en su oficina en la Universidad de Cambridge. Fui recibido muy amablemente por su asistente y mano derecha, que ayudaba al maestro con una admiración y reverencia dignas del científico más famoso de los últimos tiempos.

El profesor Hawking se comunicaba a través de un programa de computador que le permitía escribir sus pensamientos mediante matrices que mostraban -en primera instancia- letras, luego palabras y después frases frecuentes, con apenas un ligerísimo gesto de su rostro. Finalmente, las frases seleccionadas pasaban a ser sonoras a través de un sistema de voz.

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Yo miraba y escuchaba absorto esa maravilla tecnológica, pero sobre todo me asombraba la sobriedad científica de un hombre que, con pasión y voluntad, rebasó cualquier predicción médica de que su vida no duraría más allá de las tres décadas. Hawking tenía una afección denominada Esclerosis Lateral Amiotrófica (ELA) que lo paralizó progresivamente hasta tomar la casi totalidad de su cuerpo pero, ante el asombro de todos, vivió 76 años en los que cada día de vida su capacidad intelectual parecía multiplicarse.

Ser humano sencillo, profundamente solidario y siempre preocupado por el futuro de la humanidad, no dejaba de expresar su temor de que los seres humanos no supieran cuidar su medio ambiente pero, sobre todo, de que no supieran utilizar pacíficamente los vertiginosos adelantos científicos que el esfuerzo de él y de muchos de sus colegas, estaba generando.

Me hizo una confesión: el sueño de su vida era conocer las Islas Galápagos de mi país Ecuador, una real joya turística, pero más que nada, un laboratorio natural de la evolución biológica. Galápagos fue visitada y sus especies animales y vegetales estudiadas por el científico inglés Charles Darwin, en 1835, en una espaciada parada técnica de su periplo por el mundo, a bordo de su barco, el Beagle.

Luego de mi visita al profesor Hawking, coordiné la preparación de todas las condiciones necesarias para su viaje a las Islas Encantadas. Lamentablemente, cuando todo estaba listo, este ser humano extraordinario sufrió un quebranto en su salud que luego terminaría con su vida.

En aquel encuentro le pregunté acerca de la posibilidad de que el ser humano pudiera crear vida. Me dijo que “la única forma de vida que ha creado el hombre son los virus de computadora”. Estoy seguro de que debe haber sonreído en su interior.

Hablamos de su pasión y mi afición que es la física cuántica, conversamos de agujeros negros, de la necesidad de aprender a administrar las incertidumbres, de superposiciones, dualidades y enredos cuánticos, de esos fundamentos de la física actual en los que se sustenta la comprensión de valores humanos como la unidad, el respeto, la solidaridad, la cooperación, la libertad, la diversidad… a diferencia de los conceptos de fuerza, poder, privilegios y egoísmos que derivaban de la conclusiones de la mecánica clásica.

Casi al finalizar la visita, me manifestó su preocupación de que los filósofos y quienes trabajan en actividades sociales y productivas, no estén aprovechando debidamente las conclusiones de los últimos adelantos científicos modernos y permanezcan prácticamente anclados al pasado, a aquellos adelantos de la mecánica clásica.

En cambio, decía, quienes -basados en fundamentos relativos y cuánticos- administran instituciones con valores, con respeto, con visión holística, utilizando los criterios de racionalidad múltiple, etc. obtienen mejores resultados en sus propósitos y emprendimientos.

En el viaje de regreso a Londres una frase se repetía en mi cabeza:

“No anclemos nuestras decisiones a un pasado caduco”. Pues entonces, me dije, no dejemos que el pasado nos rebase. “Mientras pensamos en el futuro, este ya está aquí” Albert Einstein

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