Retengo en la memoria algunos aromas muy lejanos. A los niños nos mandaban repeinados al colegio. Creo que aún no habían hecho fortuna las colonias infantiles. La mayoría terminábamos oliendo a lo mismo que nuestros padres. El Sol brillaba mucho pero no calentaba nada en esta época. Y la escarcha creciente en el paisaje presagiaba la aletargada llegada del autobús al final de la ruta. El maestro estaría en el aula, cálida y luminosa, esperando a sus fieras. Aullaríamos, jugaríamos al fútbol. Que no me duele admitir que fui buen delantero, siempre con los cromos de Emilio Butragueño en el bolsillo.

En televisión, mi abuelo y mi padre. Entonces aún la tele estaba en el salón, que tenía una moqueta verde que, en mi elocuencia infantil, siempre había identificado con el césped del estadio. Allí, cuando el Buitre detenía el tiempo en la frontal del área y de pronto arrancaba a contrapié y buscaba el hueco del gol, yo memorizaba en tensión cada movimiento de su cuerpo. Ya ni dormía por la noche, esperando la hora del recreo al día siguiente, para intentar la misma maniobra y chutar por dentro.

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Guardo en cajas hoy los trozos de algunos sueños. Más como reliquias de otro tiempo que como promesas sin cumplir. Los míos, los de verdad, los he ido logrando uno tras otro casi sin querer. Y en el camino comprendes lo poco que importan al final, mientras saltas de un año a otro del calendario queriendo entender tu propia biografía: 1984, 2014, 1993, 1999, 2004, 2012. Es una misión imposible.

Este 2019 cumplo veinte años en el oficio periodístico y en el mundo de las letras. No es que antes no escribiera, que sí lo hacía, pero sin la atalaya mediática que después logré. Recuerdo cada una de las primeras oportunidades y a las personas que, por convicción o accidente, las propiciaron.

Mi primer artículo en un periódico digital, la primera contraportada en papel, la edición de mis primeros libros y el entusiasmo de ver por vez primera a una nube de lectores esperando para que les firmes su ejemplar. Más tarde pude dedicarme al humor, de ahí no he llegado a salir del todo. No sé hacerlo. Y entre risas y asuntos más serios, dediqué unos años a la televisión, después de haberlo hecho a la radio.

No sé cómo cambió todo en 1999, como en la canción de Love Of Lesbian. Sé que murió de repente Enrique Urquijo, cantante de Los Secretos, y tuve que escribirlo y también que cantarlo. Por eso acabé el siglo fundando un grupo, Los Elegidos, y quemando los cartuchos del corazón encima de varios escenarios. Fueron días de guitarras y poemas, de muchas letras amontonadas, ensayos y furgonetas repletas de instrumentos. Todos los males se redimían desde la tarima, cuando el público te brindaba el favor del aplauso.

Un pasatiempo contingente. Después la vida empezó a centrifugar el calendario. Y ahora, en los últimos estertores de la burbuja que se escapa por el remolino de la bañera, me crecen las sombras de un tiempo anterior a la electricidad. Con ánimo de volver a ver una parte de la película pero con aversión absoluta a reeditarla. No en vano, eso sería volver al pasado, y la gente que más quiero vive en el presente, los que importan.

A ratos, como todos, maldigo la suerte de haber visto a tantos amigos partir. Unos al cielo y otros al otro lado del orbe, que a veces aleja más que la muerte. A ambos, tantas veces, desearía preguntarles por los viejos tiempos, entregarles mi casillero particular de sueños cumplidos, o sobornarlos a pasar el presente por el tamiz de su sabiduría al abrigo de dos buenas copas de vino.

No es posible. Ha sido la velocidad la que nos ha hurtado el tiempo. Y en televisión no dejan de amenazarnos con que el reloj cada día se quebrará más rápido. Que el mundo está cambiando sin cesar. Que en pocos años nada estará en su lugar, todos nos será ajeno. Tal vez por eso en estos días invernales de libro y manta –en esa trinchera espero al enemigo-, me persiguen imágenes de las cosas que no fui, de las que me vinieron dadas y de las alegrías que surgieron de vivir de espaldas a cualquier destino. Ya desde aquí, entonces, medito y doy gracias al buen Dios, oteando el horizonte sin más ambición que la calma. Cada día me interesa menos esa enfermiza adoración del instante de gloria efímera y más, mucho más, la tibia puesta de sol sobre la bahía.

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