Uno escucha el asunto de la buena o mala vibra y, como decía un pariente sabio, de larga vida, cualesquiera de esas circunstancias se sienten como en el pecho, me imagino que cerca de ese órgano culpable de los sinsabores del amor y la sensibilidad: el corazón.

Hace una semana, exactamente, durante nuestras cinco ceremonias de graduación, pude experimentar, de lleno, otra vez, la buena vibra, no solo en los rostros radiantes de aquellos diplomados subiendo al estrado para ser homenajeados, sino entre los familiares felices que entienden de la importancia del acontecimiento y se sienten totalmente “cómplices” de tales logros.

La graduación universitaria es la culminación de un largo trayecto donde abundan las satisfacciones y no faltan los contratiempos. Se me ocurre pensar que el ensayo comienza en aquellas hermosas ceremonias primigenias, de la educación elemental, cuando nos conceden diplomas y medallas y ya buscamos la mirada de mamá y papá, entre el público, que no pueden simular su emoción.

El camino es largo y requiere de compromiso y perseverancia. No solo suele haber padres velando por los buenos resultados y el adelanto en la carrera, sino abuelos y abuelas, tíos y tías, que en nuestra cultura componen un verdadero y activo equipo de colaboración porque no pudieron lograr tal hazaña, ellos mismos, o porque sí llegaron y entienden la importancia de que la familia persista en el legado establecido.

Ya durante la etapa de la enseñanza secundaria, cuando acontecen los grandes cambios, las personalidades se establecen, también se empiezan a definir las inclinaciones, los desafíos profesionales, las metas, el sagrado “yo quiero ser” deviene “voy a ser”.

Lamentablemente hay personas -se me ocurre decir la minoría-, que no acometen el gran salto, la necesidad que impone el mundo moderno de ostentar una carrera universitaria para eludir la mediocridad. Piensan que el tiempo no les alcanza, que el esfuerzo es demasiado, se rinden sin probar.

El éxito pertenece a quienes no se dejan vencer, salvan los obstáculos, toman ventaja de las numerosas oportunidades que se presentan en nuestra comunidad para estudiar una carrera universitaria y, al final, o al principio de un futuro prominente, se ven entre los cerca de 17. 000 alumnos del Miami Dade College que se recibieron en nuestras gloriosas ceremonias de graduación donde la buena vibra era ostentosa, se podía palpar.

Aquí no hay magia ni azar, casi todos vinimos de algún otro país en busca de la prosperidad y lo menos que podemos hacer es rendir pleitesía a las ventajas en nuestro provecho, el de nuestra familia y, en definitiva, a beneficio de la comunidad que representamos.

En la premura de estar presente durante las cinco ceremonias de graduación, a veces no logro disfrutar momentos de intercambio memorables entre familiares y graduados. Esta vez alcancé a ver, sin embargo, a una anciana en silla de ruedas, enjugándose las lágrimas con un fino pañuelito, los brazos abiertos, esperando al nieto que avanzaba hacia ella, radiante, enfundado en su toga de graduado. La buena vibra era fuerte, el futuro estaba garantizado.

Presidente del Miami Dade College.

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