Estoy terminando de leer el libro del expresidente Mariano Rajoy, Una España mejor. Fiel a su estilo, dedica mucho espacio a la cuestión económica. En lo que a mí respecta, como sé tanto de economía como Maradona de política, su estilo didáctico me ha resultado útil. Aun así, no es necesario ser economista para comprender que la situación que heredó de Zapatero en 2011 fue terrorífica. Rajoy es tan elegante que, para señalar que alguien es objetivamente tonto, siniestro o mentiroso, es capaz de decir de él que es “ajeno a la inteligencia” o que “no acostumbra a cruzarse con la verdad”. Y yo quiero ser fiel a su lenguaje a la hora de comentar su libro. De modo que debo apuntar que Zapatero, además de completamente ajeno a la inteligencia, tampoco tiene por costumbre cruzarse con la verdad. Solo así puede entenderse que en pleno traspaso de poderes ocultara un desfase de 30.000 millones de euros en el déficit público. Mintió diciendo que era del 6% cuando llegaba al 9%. Dejó el poder duplicando la deuda, triplicado el paro, con el país al borde de la bancarrota y abocándonos a un rescate soberano que, por entonces, incluso los analfabetos económicos ya sospechábamos que no iba estar protagonizado por Pamela Anderson en bikini.

Ante el fantasma del rescate, Rajoy trazó entonces un plan de emergencia para impedir el hundimiento de la economía española, y recuperar la credibilidad que España había perdido ante el mundo. En el proceso fue importante el buen hacer del ministro Luis de Guindos, pero sobre todo fue esencial el temple y la sensatez de Rajoy. Nadie en Europa puso nunca en duda ni la palabra, ni las intenciones, ni la responsabilidad del presidente. Gran parte de la batalla del no rescate a España se ganó gracias a la peculiar personalidad de Rajoy. En largas negociaciones, los líderes europeos le miraban achinando muchos los ojos, intentando descifrar qué diablos pensaba en su mutismo aquel tipo de Santiago de Compostela, pero lo divertido es que tal vez tenía la cabeza ocupada repasando hacia delante y hacia atrás la alineación del Real Madrid de 1989. No en vano, su especialidad estratégica era dejar cocer al rival en su propio jugo. Esta habilidad mataba de envidia a Angela Merkel, que siempre había querido aprender la receta del Rival a la Gallega, pero tuvo que conformarse con la equívoca Salchicha de Frankfurt.

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La comparación es dolorosa. Ayer Sánchez estuvo en el Foro de Davos, que es como la barra del bar pero con paisanos que si estornudan desvían un kilómetro el PIB de un país aleatorio. El contraste con Rajoy arroja inevitablemente a la melancolía. Sánchez llegó a Suiza disfrazado de disc jockey, con una gorra y un ademán a medio camino entre Enrique Iglesias y el ladrón bajito de Solo en casa. Trump ni lo saludó. Y, como si hubiera amenaza de bomba, en el momento de su discurso todo el mundo decidió que era la hora perfecta para salir del plenario a tomar café. Y fue una pena porque dijo cosas inquietantes, como que hay más de dos millones de niños en situación de pobreza, pero no en Venezuela sino en España. Lástima que empleara cifras del 2012 y no oficiales sino de Unicef porque, a día de hoy, el principal problema de los niños en España, aparte del Gobierno, es la obesidad y no el hambre. Uno de cada tres enanos españoles lucen barriga cervecera y se teme por la circunferencia que puedan alcanzar al doblar los cuarenta. En Davos, el presidente dibujó una España tercermundista y penosa sin que quedara claro si él la va a causar o a combatir.

Al fin, las diferencias entre Rajoy y Sánchez son todas. Uno dejó, en efecto, una España mejor y el otro solo aspira a lograr un Sánchez mejor a costa de los españoles. Si me apuras, lo único que tienen en común es el fútbol. Cuenta hoy la prensa española que Rajoy podría convertirse en el nuevo presidente de la Real Federación Española de Fútbol, su gran pasión, y es en lo único en que coincide con Sánchez, que se está desvelando como un célebre aficionado a acariciar el esférico, como diría Jorge Valdano, o como decimos los gallegos, un acreditado perito en el arte de tocar las pelotas.

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