Regalé corbatas a todos mis hermanos y pañuelos a mis hermanas y cuñadas en las fiestas navideñas. Mi esposa me prohibió regalar perfumes. Yo siempre regalaba perfumes, pero esta vez ella me exigió superarme un poco. Hizo bien. Los regalados parecieron sorprendidos con sus corbatas y pañuelos. Quedé como un señorito botarate, querendón.

A los niños también les regalé corbatas, lo que mi esposa me reprobó cordialmente, y por eso ella les compró juguetes por añadidura, y a las niñas les regalé unos pañuelos más coloridos y juveniles. Fue la Navidad de las prendas de seda. Como dice mi esposa, ahora soy de seda.

Mi madre y mi hermano el millonario me regalaron preciosos objetos de plata. Sin desmerecerlos, prefiero siempre la plata en efectivo. Mis hermanos más atléticos, que son tres, me regalaron ropa para hacer deporte, es decir ropa que usaré una vez al año (y ya la usé por lo que toca a este año 2017, en circunstancias que describiré más adelante). Mi hermano el artista me regaló una camisa blanca. Me encantó. Me adelgaza y rejuvenece y es perfecta para el tibio verano de Lima. Mis suegros, muy juiciosos, me obsequiaron libros que leí con voracidad, perfumes deliciosos y prendas de seda exquisitas.

Todos los días me acomodo un sombrero distinto. Había olvidado que tengo una colección de sombreros en mi casa de Lima. Algunos son muy lindos. No recuerdo las circunstancias en que los compré. Una vez que llevo sombrero y lentes oscuros, me atrevo a salir a la calle. De otro modo me quedo agazapado en casa, las cortinas cerradas, impidiendo cualquier filtración de luz. Mi mujer abre las cortinas y yo las cierro. Ella es la luz, yo las sombras. Ella quiere ir a la playa, yo no me meto a la piscina de mi madre tan siquiera. En algo, sin embargo, coincidimos: ambos estamos bastante loquillos, y vamos al mismo siquiatra, aunque ella toma ciertas pastillas para la ansiedad y yo tomo otras para la bipolaridad. Uno no se enamora de las virtudes de la otra persona, uno se enamora de sus defectos, sus manías, sus vicios, sus zonas oscuras, inconfesables. Yo amo a mi mujer porque necesita tomar cerveza o comer doritos cuando está ansiosa, perturbada. Esas debilidades me parecen adorables. Qué pereza vivir con una persona recta, virtuosa, honorable, siempre en control de todo. La vida es caos, descontrol. El arte es caos, descontrol. El amor es la fiesta del caos y el descontrol. Saber perder el control, saber ceder el control, es todo un arte.

El primer día del año manejamos una hora hasta llegar al club Los Cóndores. El camino no fue tan horrible como temíamos, el tráfico fluyó bastante bien, mucha gente todavía dormía los excesos y desafueros del Año Nuevo. El club estaba desolado, todo para nosotros: mi esposa, nuestra hija, su nana adorable, mi madre y mi hermano el millonario. Nos sentamos a una mesa en medio del jardín, con unas vistas preciosas a ese barrio de grandes casas, donde yo pasé los años de mi infancia y adolescencia. Todo estuvo bien hasta que aparecieron las moscas. Eran grandes, medianas, pequeñas, diminutas. Nunca estuve rodeado de tantas moscas. No se podía comer. Era insoportable. Eran tantas, y tan hambrientas y agresivas, que pedí tres platos y los puse en una mesa cercana, a ver si atraían a las moscas y las alejaban de nosotros. Pero no funcionó. No querían la comida que les invité, querían comerse nuestra comida, las muy malditas. Fue un momento extraño, aleccionador: por mucha plata que tengas, por muy grande y lujosa que sea tu casa, siempre habrá moscas y ratas merodeando a tu alrededor. Mi padre sufría con las moscas de Los Cóndores. Andaba con un matamoscas en la mano. Si lo pillabas de mal humor, era capaz de golpearte con el matamoscas. Al volver a casa al final de la tarde, en medio de un tráfico ahora sí espeso, un olor pestilente, hediondo, se apoderó de la camioneta. Al día siguiente tuve que enviarla al taller porque la fetidez era insoportable. Encontraron una rata muerta en el ducto del aire acondicionado. Se había metido, con toda seguridad, en esa visita al campo. No hay cóndores en Los Cóndores: hay moscas, hay ratas, y hay unas casas preciosas, de película, como la casa en que fui un niño.

Unos días después, mi hermano el artista separó una cancha de fulbito y convocó a la familia a batirse en un duelo amistoso de balompié. Siguiendo sus consejos, compré zapatillas especiales con coquitos, pues la cancha era de pasto sintético. Jugamos de noche, con una iluminación magnífica, en el malecón de Miraflores. Éramos doce: once hombres y una mujer: mi esposa Silvia, que fue una de las grandes figuras de la noche. Silvia es buenísima jugando fulbito: es rápida, es pícara, es muy habilidosa, sabe escurrirse y filtrarse entre las piernas rivales. Se lució. Yo la amé. Me encanta que sea la única esposa que juega al fútbol con los hombres. Me encanta que juegue al fútbol mejor que yo.

El partido fue tremendamente humillante para mí. Como llevo un par de meses corriendo en la faja del gimnasio, pensé que estaba en buena condición física. Me equivoqué. A los diez minutos, mi corazón bailaba un merengue y pensé que me daría un infarto y me dije que morir jugando fulbito en Lima sería una muerte excelsa, insuperable. No tenía aire, no me salían las jugadas, estaba lento, duro, trabado, de cartón, de cemento. Pensaba la jugada y al ejecutarla todo salía chapucero, torcido, horrible. Me dio vergüenza verme jugar tan mal, yo que de joven jugaba más o menos bien. Pero llevaba muchos años sin darle a la pelota y en la cancha se notó bastante. El equipo rival estaba ganándonos, el partido era muy parejo, mis tres hermanos atletas estaban en el equipo adversario y corrían fácilmente como si caminasen, y todo apuntaba a que perderíamos, y por eso hice trampa y pedí un refuerzo, un chico sentado en la tribuna que quería entrar a jugar. Ese refuerzo, un joven anónimo, nos salvó. Gracias a él, y al talento de mi hermano el artista, gran jugador, fino y elegante, prevalecimos. Yo terminé hecho polvo: los pies dolían muchísimo, las uñas se habían encarnado, a duras penas podía caminar. Aun ahora, cuando me levanto siento que mis pies no pueden sostener todo el peso excesivo, abultado, que he ido sumando pacientemente. Con todo, jugar fulbito con los hermanos y los sobrinos y mi esposa fue, sin duda, una noche memorable, pero ahora me duele todo el cuerpo y también el espíritu cuando recuerdo lo mal que jugué.

Pero lo mejor del viaje no ha sido la visita al barrio de mi infancia ni el partido de fútbol familiar, sino ver a nuestra hija de cinco años jugar con sus primos. Cómo los quiere, cómo se ilusiona con verlos, cómo reclama visitarlos, cómo llora cuando se despide de ellos: los adora, quisiera quedarse en Lima a vivir con ellos, es tan sentimental, tan generosa, tan apasionada. No pensé que mi hija sería tan insólitamente feliz en Lima. Verla tan contenta en esta ciudad me ha hecho feliz a mí también, de un modo que acaso no conocía, porque mi relación con Lima ha sido siempre turbulenta, áspera, rencorosa. Pero ver a Zoe tan a gusto en Lima me embellece enormemente la ciudad y me deja a mí también muy cómodo y contento de haber venido dos semanas a visitar a la familia, yo que siempre escapaba de la familia para sentirme libre. Pues ahora es, por lo visto, lo contrario: el placer ya no radica en huir de la familia y deplorarla, sino en reunirme con ella y ver cómo se quieren nuestros hijos. Los ojos de Zoe son mis ojos, su corazón es también el mío, y si ella ama Lima, o estos barrios arbolados y añosos que llamamos Lima, yo también termino amando, qué sorpresa, a la ciudad donde nací. Así las cosas, hemos dicho a la familia que volveremos en abril, y no dudo de que Zoe se encargue de que honremos la promesa.

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