Despierto soñando que hay una tormenta de hielo en mi casa. Nos alertan en las noticias no salir de casa y veo desde mi ventana cómo una ráfaga de viento blanco arremete contra las plantas que rodean la piscina. Despierto inquieta, es mediodía. Mi hija sale del colegio en una hora, podría seguir durmiendo, ni lo intento.
Me paro de la cama y paro en el banco, saco plata, luego paro en la tienda de dulces peruanos y pido una torta de chocolate para diez personas, luego ordeno suspiros a la limeña, gargueros, alfajores, bolitas de coco y almendras, todo en miniatura. Insisto en pagar la botella de agua que saqué de la nevera de la tienda mientras hacía mi orden, la dueña no me la quiere cobrar. Me invita a un alfajor de Nutella que me devuelve la fe en Dios y salgo para el supermercado a comprar frutas y más frutas.
En el camino llamo a la tienda de fiestas online donde hace cuatro días hice mi pedido que todavía no ha llegado y algo me dice llama y hablo con una señora que habla un español precario (que la hace parecer un poco tonta, como cuando yo hablo en inglés, lo cual me confirmó que es mejor presionar la tecla u201cinglés u201d) que me dice que la orden llegará tarde. Le pregunto por qué tardó si hice el pedido con tiempo (okay, no con tanto tiempo) y me da una explicación que no entiendo, pero le digo entonces propóngame una solución, y hacemos el pedido de vuelta, me promete que cuando llegue el paquete nuevo, lo único que debo hacer es devolverlo y me reembolsarán el dinero.
Hago esta llamada en el auto, mirando cómo la gente sale del súper empujando sus carritos llenos de bolsas y veo a la gente sentada afuera de la pizzería y de la heladería y pienso en detenerme a comer un helado cuando la señora del teléfono me pone su musiquita de espera. Finalmente cuelgo y hago la compra y salgo empujando un carrito como la gente que acabo de mirar desde el auto, luego voy por mi hija al colegio y cuando llego ella está muerta de sueño pero no quiere irse. La profesora me dice que estaba a punto de contarles un cuento, que si no me molesta entrar.
Entro encantada y me siento en una esquina y la profesora lee, sabe que ella está cansada, pero ya la conoce y sabe que a veces es mejor no contradecirla cuando está así y entonces empieza a leer el cuento y a preguntarle a ella y a los demás niños los colores de cada animal y sus nombres y luego los números. Pienso que es una suerte estar sentada en esa silla diminuta para niños. Tengo urgencia de ir al baño, pero no tengo corazón para entrar en ese baño que está a mi lado con la puerta abierta, con inodoros y lavados pequeños, para niños.
El cuento termina y ella viene a abrazarme y nos vamos y cuando llegamos a la casa pide que le preparen pasta, pero sé que no va a comer porque solo quiere dormir y cuando tiene sueño, no sabe que tiene sueño, solo está de mal humor reclamando esto y lo otro.
Cierro las cortinas y la abrazo y le cuento un cuento inventado sobre peces de colores que viven debajo de nuestra piscina. Se queda dormida y luego voy a la cocina y ahí está él, salimos a pasear en la camioneta mientras hablamos de problemas de la ciudad donde nacimos (siempre esa ciudad), pero terminamos riéndonos y cuando volvemos a casa, él se va a su estudio y yo me echo en la cama y duermo veinte minutos que parecen dos horas, luego despierto y la llevo a su clase de gimnasia y al salir sentimos un leve frío (pensé en la tormenta de hielo) y volvemos a la casa para sentarnos a cenar los tres.
Ella come la pasta que pidió cuando llegó del colegio. Le doy la comida en la boca, debería dejarla comer sola, pero a veces es más fácil así. Luego él le da su helado de chocolate con fresa en la boca mientras vemos las noticias y ella nos cuenta que es el cumpleaños de u201cpompo u201d (no lo conocemos, diría que no existe) y luego reta a Dora la Exploradora, le dice u201cDora, u00a1no! u201d (sorry Dora, ya fuiste para ella, ahora los Bubble Guppies son la nueva moda) y nosotros nos reímos con ella de sus aventuras imaginarias.
Luego él se va a la ducha, ella a la tina, la baño, la seco y luego la dejo con la nana un rato mientras me cambio para salir a correr.
Me pongo ropa ajustada de deporte y luego mis audífonos blancos y salgo cuando todavía es de día, al final del atardecer. Casi al mismo tiempo él se va a trabajar. Cuando estoy corriendo lo veo en su auto negro perdiéndose a lo lejos. Corro sin parar por cuarenta minutos escuchando música, sintiendo mi cara roja y caliente. Llego a la casa y me tiro sobre una colchoneta anaranjada a hacer flexiones, pongo un video de ejercicios en Youtube y durante diez minutos hago lo que se me pide.
Luego bajo y hago algo que nunca he hecho antes: un soufflé. Pongo espinaca, zanahoria y brócoli, bato las claras de los huevos hasta sentir que he perdido el brazo y luego me siento a esperar. Me da pavor que salga mal y pienso que si sale mal lo tiraré a la basura y no le contaré a nadie mi (nuevo) fracaso culinario.
Mientras espero tocan el timbre, es el camión de UPS, viene con lo que encargué online en la mañana. Abro la caja y encuentro los juguetes y dulces ordenados por bolsas y mientras el soufflé está en el horno armo cada paquetito, con el nombre de cada niño, pongo lo mismo en cada uno: un pez anaranjado de los Bubble Guppies, un chupete del mismo tema, una tortuga marina, y muchos chocolates Kiss. Termino y coloco cada cajita sobre la mesa, las dejo abiertas para que él las vea al regresar.
Luego voy al horno, saco el soufflé con la ayuda de dos toallas pequeñas, espero que enfríe un poco, no quedó mal, de hecho quedó bien. Luego subo al cuarto y entro al baño y me quito la ropa y cuando estoy bajo el agua pienso que nada de esto estaba en mis planes, pero quizás por eso lo disfruto tanto.
Siento que cada momento en esta pequeña isla feliz es único y lo vivo intensamente. Salgo de la ducha, limpio el vapor del espejo, miro mi cicatriz. Me parece increíble que en una semana vaya a cumplir tres años.