En Irán el sonido de una voz femenina puede convertirse en una denuncia. Pero también su silencio es considerado una afrenta.
Un antecedente tenía advertidos a los sanguinarios de Irán: la capitana del equipo Zahra Ghanbari había sido suspendida anteriormente cuando su hijab se deslizó durante la celebración del gol de un partido previo
En Irán el sonido de una voz femenina puede convertirse en una denuncia. Pero también su silencio es considerado una afrenta.
En el estadio Gold Coast en Australia justo antes del silbato inicial, en el protocolo previo al partido de la Copa Asiática 2026 femenina entre Irán y el equipo de Corea del Sur, el himno iraní no contó con las voces del equipo. El silencio deliberado de las jugadoras fue evidente para los presentes y para los jefes de la tiranía de ese país que de inmediato calificaron a las jóvenes como traidoras en tiempos de guerra, delito que puede implicar penas extremas e incluso la muerte.
Un antecedente tenía advertidos a los sanguinarios de Irán: la capitana del equipo Zahra Ghanbari había sido suspendida anteriormente cuando su hijab se deslizó durante la celebración del gol de un partido previo. El accidente fue interpretado como un gesto deliberado que aprovechaba el escenario para una concreta expresión de protesta.
Poco después, el equipo iraní fue eliminado del torneo, circunstancia aprovechada por varias jugadoras para escapar del estricto control de vigilancia de efectivos del temido Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica, ese despreciable aparato moral-judicial-religioso, que controla todo movimiento, supervisa hasta las comidas y obviamente bloquea contactos externos.
Cinco de las jugadoras lograron burlar a los de la CGPI con apoyo de la Policía Federal Australiana; a ellas se sumaron dos jóvenes más y un miembro del staff. El gobierno local les otorgó de inmediato visas humanitarias de emergencias.
El resto de las jóvenes del equipo fueron llevadas de regreso bajo la amenaza de asesinar a sus familiares. Una miembro del equipo, infiltrada por la CGPI, informó de la decisión de la mayoría del equipo y logró entregar a las jóvenes restantes que fueron devueltas en un vuelo con ruta a Malasia para luego continuar hacia Irán. Todas fueron presionadas con la amenaza de asesinar a sus familiares, Cuando eran trasladadas al aeropuerto, algunas de ellas fueron vistas llorando o pidiendo auxilio mientras gente afuera gritaba “save our girls”. Ellas saben que les espera lo peor.
Esa última imagen es lo más parecido a una ruta colectiva hacia el patíbulo.
Las mujeres en Irán, debemos repetirlo incansablemente, son segregadas en escuelas, universidades y transporte público. Consideradas como seres de segundo orden, sus derechos civiles son limitados, viven amenazadas constantemente por la policía moral que supervisa su vestimenta y su comportamiento en público, y son obligadas a usar el hiyab con prohibición de expresar su opinión en lugares públicos o en redes sociales; de hacerlo, serán objeto de detenciones arbitrarias, torturas, juicios sumarios y pena de muerte.
La autocracia teocrático-militar iraní actúa para asegurarse de que el control del Estado no sea desafiado. Es una vida de constante hostilidad para las mujeres que sin embargo se organizan en grupos clandestinos, comparten información sobre derechos y oportunidades y buscan la manera de rebelarse para mostrar su autonomía, mientras el régimen pretende borrar su condición de ser humano y tratarlas como animales reproductores.
Y el mundo parece no actuar.
En momentos de acciones militares en lo que significa un enfrentamiento bélico, junto a sanciones económicas y una retórica de máxima presión bajo la orden de Estados Unidos que busca frenar las amenazas nucleares y preservar la seguridad regional, la tragedia para las mujeres continúa porque el mundo reacciona polarizado ante las acciones dirigidas por Donald Trump, lo que resulta en perjuicio del pueblo iraní, y en especial de las mujeres.
Se hace urgente cerrar filas en defensa de estas mujeres que guardaron pacífico silencio frente a un himno. Mujeres cuya arma es el coraje que enfrenta no solo a una dictadura religiosa sino también a un estado policial que ejerce la represión efectiva bajo el aparato de seguridad de la CGPI cuyas muertes son incontables. Se trata de vidas perdidas en ejecuciones masivas, desapariciones forzadas, confesiones bajo torturas, en fin, una crueldad sin límites llevada a cabo bajo los ojos del mundo que impávidos son testigos de la continuidad impune de la maldad.
Maldad que es heredada, ahora que Mojtaba, hijo del asesinado Ali Jhamenei, ha sido elevado a líder supremo quien promete una continuidad con más purgas, el incremento de acciones de asedio y más inversión en el aparato militar. Esto significaría que la dinastía de Irán entraría en una fase aún más militarizada y vengativa.
Terrible.

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