martes 13  de  octubre 2026
OPINIÓN

La jornada no comenzó en Atenas

Marco Rubio, en Atenas, lanzó un llamado a recuperar el espíritu de la civilización occidental y la pasión por la lucha.

Por NINOSKA PÉREZ CASTELLÓN

“Un político se convierte en estadista cuando comienza a pensar en las próximas generaciones”. - Winston Churchill

Amo los buenos discursos. Son lecciones inolvidables, capaces de iluminar una época y dejar huellas imborrables.

El pronunciado por el secretario de Estado Marco Rubio, en Atenas el 7 de octubre de 2026, más que una lección, es un llamado urgente a encender dentro de nosotros el “thumos”, como lo llamaban los antiguos griegos. No el fuego que destruye, sino el de “la pasión, la fortaleza, el coraje y el orgullo”. Porque, sin él, nos advirtió Marco Rubio, “las naciones pierden la voluntad de luchar, de esforzarse, de sobrevivir”. Ahí la invitación a recuperar el espíritu que dio forma a la civilización occidental y a defender aquello que la hizo grande.

Hay quienes consideran que con este discurso Marco Rubio se consagró como un estadista. La jornada comenzó mucho antes que pisara Atenas. Comenzó con la historia de sus padres, refugiados cubanos que, como él mismo ha contado, pusieron a un lado sus propios sueños para que su hijo pudiera alcanzar los suyos.

Es el mismo Marco Rubio que hemos visto crecer y crecerse ante nuestros ojos, fruto del dolor de quienes perdieron todo y tuvieron que empezar de nuevo. Un hijo de nuestra comunidad.

El joven comisionado que comenzó su carrera política en una pequeñísima ciudad, el legislador que sirvió a su comunidad y llegó a presidir la Cámara de Representantes de la Florida. El senador que nos llenó de orgullo al representarnos en el Capitolio de los Estados Unidos. Ahora el hombre al frente de la diplomacia y política exterior de los Estados Unidos. El Marco Rubio afable, humilde y noble que he entrevistado decenas de veces; el hombre que durante su carrera política ha cambiado el cargo, pero no los principios.

Su imagen con el crepúsculo de fondo, enmarcada en el histórico lugar donde se reunía la asamblea democrática de la antigua Atenas, añadió una dimensión extraordinaria a su discurso. El escenario no podía ser más simbólico: la cuna de la democracia, la filosofía y buena parte del pensamiento político occidental en un momento decisivo para el futuro de la humanidad.

Marco Rubio evocó aquello que, según sus palabras, “ningún paso del tiempo ni distancia puede extinguir”. Atenas no solo nos legó la democracia y la filosofía; también contribuyó a moldear nuestro vocabulario político y nuestras concepciones de la ley, la virtud y el gobierno de nuestra república.

No habló simplemente de individualidad, sino de una “individualidad feroz”. La ambición, dijo, ha de ser “implacable”; el “anhelo” debe conducirnos al “descubrimiento, la aventura, el riesgo y la gloria”. La curiosidad ha de ser “insaciable”. Nos recordó, además, que “lo desconocido puede llegar a conocerse”.

La indicación que la dirección debe ser “hacia arriba”, es en definitiva, una invitación a buscar la excelencia y dejar atrás la mediocridad.

No podemos conformarnos con lo que Marco Rubio describió como esa “seguridad perfecta” que algunos persiguen: una vida sin riesgos ni gloria, estándares concebidos para que nadie pierda y una sociedad que termina privilegiando el confort de los menos capaces sobre el potencial de quienes podrían llegar más lejos.

Sin temor a desafiar las convenciones políticas de nuestro tiempo, el secretario de Estado señaló lo que considera síntomas del declive occidental: “El nacionalismo se convirtió en una palabra sucia, se derribaron monumentos, se condenó la propia historia y se enseñó a los niños a avergonzarse de sus países”. A ello sumó la apertura de fronteras, la deslocalización industrial, el debilitamiento de las fuerzas armadas y la transferencia de soberanía a burocracias globales. Son señales, nos dijo, de una civilización que corre el riesgo de desaparecer.

Su advertencia fue inequívoca: estamos en una encrucijada. “La próxima década y las decisiones que tomemos escribirán la historia del próximo siglo”. De esas decisiones dependerá, según planteó, si Occidente conserva su lugar “a la cabeza del mundo” o se resigna a la “atrofia, la servidumbre y el declive”.

Bajo el presidente Donald Trump, Estados Unidos ha optado por lo que Marco Rubio definió valientemente como “la búsqueda sin disculpas del poder nacional”. Los antiguos griegos entendían que las naciones tienen intereses, que la diplomacia exige prudencia, pero también que la fuerza y la credibilidad son elementos esenciales para defenderlos. En esa visión, la lealtad a la propia nación no constituye un defecto egoísta, sino una virtud cívica.

Por eso, Rubio llamó a Europa a “despertar de su largo letargo y reavivar el fuego que se encendió hace milenios”. “Queremos ganar juntos. Debemos ganar juntos”, dijo, dejando claro que una civilización se revela no solo en aquello por lo que está dispuesta a luchar, sino también en aquello que considera sagrado.

La importancia del discurso radica, además, en su intento de presentar la civilización occidental no como algo abstracto, sino como el resultado de una historia y una tradición específicas: la ambición competitiva, la racionalidad, la excelencia individual puesta al servicio de algo mayor como son, la nación y el deber.

La sabiduría del discurso está en presentar la libertad, no como un logro garantizado, sino como una herencia que exige defensa activa y voluntad de ejercer el poder necesario para preservarla.

Basta mirar el Partenón. Los persas destruyeron la Acrópolis, pero Atenas no quedó sepultada para siempre bajo sus ruinas. De aquella historia de devastación y reconstrucción surgió el monumento que, veinticinco siglos después, continúa dominando el horizonte y contemplando el ascenso y la caída de otros imperios. La lección es poderosa: la derrota no tiene por qué ser el final, siempre que exista la voluntad de reconstruir y volver a mirar hacia arriba.

La majestuosidad del mensaje es la culminación de una obra de amor. Una jornada que no comenzó con un discurso en Atenas. Comenzó mucho antes, en el seno de una familia que conocía el significado de haber perdido la patria. Comenzó con sus padres, que sacrificaron sus sueños para abrirle el camino, y con aquel abuelo que, sin saberlo entonces, le señaló a su nieto la ruta hacia la grandeza. Le enseñó que estaba bendecido de vivir en un país donde podía aspirar a lo que quisiera, siempre que estuviera dispuesto a trabajar para conseguirlo.

Fue ahí, y no en la sabiduría milenaria de Atenas, donde comenzó a forjarse el hombre que hoy habla majestuosamente en nombre de Estados Unidos ante el mundo.

Alguien que sabe bien que la adversidad no puede arrebatarnos el futuro; que los sacrificios de una generación son las oportunidades de la siguiente; y que la grandeza no nace necesariamente en los palacios del poder, sino en los hogares donde se enseña a trabajar, a perseverar y a no rendirse.

En Atenas, Marco Rubio habló del fuego que hizo grande a Occidente y de la necesidad de mantenerlo encendido. Para quienes conocemos la historia del exilio cubano, ese fuego tiene también un significado íntimo. Es el fuego de quienes perdimos nuestra patria, pero nos negamos a perder la esperanza de recuperarla.

Al verlo al frente de la diplomacia de la nación más poderosa del mundo, no puedo evitar pensar que una parte de aquel fuego nació del sacrificio de una familia cubana que creyó en la libertad, en el trabajo arduo y en las oportunidades de Estados Unidos.

Porque las grandes trayectorias no comienzan necesariamente donde el mundo las descubre. A veces comienzan con el dolor de una patria perdida, con el sacrificio de unos padres y en las lecciones invaluables de un abuelo.

Y de ese dolor, de ese sacrificio y de esa esperanza es que nació un verdadero estadista.

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