viernes 27  de  febrero 2026
OPINIÓN

La lancha expiatoria

Qué raro que estos supuestos invasores hayan decidido cruzar el estrecho de la Florida en una lancha construida en 1981. Una lancha con cuarenta y cinco años sobre su casco

Diario las Américas | Omar Sixto
Por Omar Sixto

Fidel Castro, el Orador Orate, era un experto en manipular la información, e incluso los hechos. Desde principios de su llamada “revolución”, cada vez que veía venir algún conflicto interno entre sus huestes, el sujeto inventaba alguna amenaza, interna o externa, para desviar la atención y unir a su gente.

Si no me quiere leer, véame, pero es peor. → Ver el video aquí

Los conflictos internos, o alguna crisis coyuntural, quedaban opacados por la presunta amenaza de ataque yanqui o infiltración de la contrarrevolución. Ponía a todos en función del tema y, colorín colorado, las broncas, o lo que fuera, quedaban olvidadas.

La parte inicial de esta práctica la he contado en mi libro Se acabó la diversión.

Así lo hizo durante las largas décadas que dedicó a demoler la nación cubana. Cuando lo atraparon con las manos en la masa, bueno, con las manos en la cocaína, armó aquel espectáculo de coliseo romano que fue la Causa No. 1 de 1989 y se escabechó a cuatro de sus más cercanos colaboradores. Luego armó la Causa No. 2 y se quitó de en medio a José Abrantes, su ministro del Interior, que sabía más de lo que alguien debería saber.

Unos años antes había aprovechado el atentado a un DC-8 de Cubana de Aviación para sintonizar a la mayoría de los cautivos de la isla en torno a su mandato. O cuando salió en televisión un locutor con voz engolada y medio en lágrimas diciendo algo así como que “el último reducto de combatientes cubanos cayó defendiéndose, envueltos en la bandera cubana”.

Incluso la gente de sus servicios de inteligencia promovía estos supuestos ataques y siempre había un incauto que caía en la trampa. Como cuando las bombas en los hoteles de La Habana allá por 1997. El artefacto mató a un turista italiano, pobre genovés, pero le sirvió al Orate para justificar lo cerrado y represor de su régimen.

Cosas así.

Siempre había un incauto, un tonto, a quien se le ocurría desembarcar en una costa de la isla para, según él, luchar por la libertad de Cuba. Siempre, casualmente, había una patrulla de guardafronteras esperando al incauto, al tonto.

El caso más reciente fue ayer. Hace dos días se cumplieron treinta años del derribo de dos avionetas civiles sobre aguas internacionales. Treinta años del asesinato de cuatro civiles por parte de esbirros de la fuerza aérea de los esbirros.

Asesinato ordenado por el Orate y por su hermano acomplejado. Cuatro vidas cercenadas para ser usadas como fichas políticas en el eterno diferendo, eterno conflicto, entre la dictadura cubana y las sucesivas administraciones norteamericanas. En este caso, con la de Bill Clinton.

Asesinados para justificar el manido recurso de la “pobre Cuba, siempre atacada por sus enemigos”.

Pues ayer esa misma dictadura, ahora convertida en Junta Militar de Barrigones, asesinó de nuevo a cuatro cubanos. Según los dictadores, una lancha procedente de Estados Unidos fue interceptada a una milla de la costa norte del centro de la isla.

Según los dictadores, al ser interceptada la embarcación, sus tripulantes abrieron fuego contra la lancha de los guardafronteras de la tiranía. Fuego que, por supuesto, fue repelido, con el resultado de cuatro muertes y no sé cuántos heridos o capturados.

Los dictadores cubanos los acusan de invasores, de terroristas.

Qué conveniente, ¿no?

Toda la información proviene del mal gobierno de esos Panzones, por lo que, en primer lugar, quien les escribe no les cree ni una coma. Bueno, excepto lo de los muertos, que donde quiera que estén ellos habrá muertos. Muertos por asesinato o muertos por hambre o chikunguña.

Algún día sabremos la verdad, sabremos lo que realmente pasó. Pero, mientras tanto, usemos algo de sentido común.

Qué casualidad que en un país que casi no tiene combustible, la lancha de los guardacostas estuviera en el preciso lugar, o en las cercanías, de la embarcación intrusa. Qué casualidad.

Qué raro que alrededor de diez personas hayan presuntamente cruzado el estrecho de la Florida hacinadas en un bote de entre 21 y 23 pies. Un bote diminuto tanto para adentrarse en alta mar como para cargar diez almas armadas.

Qué raro que estos supuestos invasores hayan decidido cruzar el estrecho de la Florida en una lancha construida en 1981. Una lancha con cuarenta y cinco años sobre su casco. Las pocas que quedan en el mercado se rematan por menos de mil dólares. Es decir, son chatarra.

Qué raro que en un país de secretismo consuetudinario, en el que se negó durante años que en Venezuela hubiera militares cubanos cuidando a Maduro, o que niega mandar mercenarios cubanos a morir sirviendo a Rusia, qué raro que no pasaran unas horas del presunto hecho y ya la televisión informara con detalles el presunto enfrentamiento.

Qué raro que hasta este momento no presenten ni una foto como prueba. Bueno, como prueba es un decir; ellos podrán mostrar las fotos que quieran, de las armas, de la lancha o de lo que sea. No serán prueba creíble, pues de ellos nada es creíble.

De ser cierto, o medianamente cierto, lo que nos están diciendo, podemos aventurar que unos incautos, tontos, se calentaron la cabeza jugando dominó y arrancaron para Cuba con tres o cuatro armas para jugar a las guerritas. No lo creo.

O podría ser que unos tontos fueran a recoger cautivos que querían escapar del manicomio totalitario en una lancha repleta de gente. Hay que ser tonto. O quizás los contrabandistas fueron sorprendidos cuando ya habían recogido a los cautivos que escapaban y ahí se armó la refriega. Podría ser, pero tampoco lo creo.

Son dos posibilidades, estúpidas, pero plausibles.

Hay que ser comemierda, pendejo dirían los mexicanos, para ir de la Florida a Cuba en un barco de 21 pies fabricado en 1981. Hace cuarenta y cinco años.

Ahora recuerdo: por esos años ochenta llegaban a las costas cubanas cientos de esas lanchas, a dejar y recoger cocaína y dinero. Eran recibidas y atendidas por algunos de esos secuaces que el Orate mandó a fusilar en la Causa No. 1.

Algunas de esas lanchas se quedaron en Cuba, la mayoría de ellas para el goce de los encumbrados de la nomenclatura. Algunas de ellas se quedaron en Cuba.

A mí, que me encantan el mar y la navegación, nunca se me ocurriría alejarme ni dos millas de la costa en una chatarra como esa a la que acusan de invasora.

Hay que ser incauto o tonto para haberse atrevido a realizar esa supuesta travesía. Hay que ser incauto y tonto, además de hijo de puta, para pretender que nos vamos a creer su cuento de fantasía.

Lo lamentable es que, siempre hay un incauto, o tonto, que cae en su juego. A veces, como en este caso, no solo uno, sino varios.

Les digo siempre que los dictadores cubanos nunca serán capaces de producir un litro de leche, pero para tergiversar y manipular no tienen competencia. Después de este incidente no solo mataron a varios cubanos, incautos o tontos, sino que han logrado cambiar, una vez más, la dinámica de la narrativa.

Lamentablemente, la escaramuza le dio combustible a su narrativa.

La desesperación de esos dictadores Panzones los lleva cada día más al ridículo. Cada día más, acercándolos al fin previsible. Previsible, sí, pero evidentemente no se irán sin luchar por su supervivencia.

Con esta lanchita, nos metieron un gol a los libres.

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