Hace ahora un par de años la terminé. Es mi novela. No hay más. Ganador perdido, en el 2006, es una breve gamberrada de juventud, muy divertida –dicen–, pero no computa. Desde 2015 venía pensando que después de tantos ensayos humorísticos había llegado el momento de escribir una ficción emocional. Y lo hice, aún lo recuerdo, usando 14 horas en un tren cada fin de semana. Escribía en trenes, en bares, en casa, y hasta en la sala de espera del dentista. Los personajes me asaltaban en sueños e intentaban cambiar su suerte, como espíritus enloquecidos atormentando al autor. Como escritor, fue una época extraña, exigente y dolorosa. Algunos amigos lo recordarán, porque viajaba siempre con una carpeta negra con las guías de la novela, la documentación y las sensaciones de los personajes que no salían en las páginas. En uno de los viajes de Madrid al noroeste, mediada la trama, la carpeta se abrió y se perdió el final de la historia. Siempre pensé que habría volado por la ventanilla y se habría perdido en un espiral sobre la autopista. Creo que eso sonaba tan dramático que lograba calmar mi frustración.

Durante meses abandoné el proyecto con la seguridad de que, si había escrito casi una decena de libros sin entregarme a una novela, el buen Dios me habría llamado por un terreno propio alejado de la ficción convencional. No en vano, mis obras de humor siempre han funcionado como ligeras ficciones. La pérdida de la guía final del manuscrito era una razón de peso para abandonar a mis personajes y devolverlos a la oscura noche de los tiempos. No pude volver a muchos de los lugares donde la escribí, especialmente a la Cervecería Alemana de Santa Ana en Madrid, refugio tiempo atrás de Ava Gardner y Hemingway, escritorio de Jardiel Poncela, y testigo de buena parte de aquellos capítulos.

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La decisión era firme pero, a veces, en noches de insomnio, los personajes me pellizcaban exigiendo conocer sus turbadores derroteros. Al final, ganaron. Entre 2017 y 2018 retomé la historia, volví a beberme su personalidad, y fui encontrando página a página la salida a su historia hasta alcanzar un final que en nada se parecía al original que, por otra parte, no era capaz de recordar.

No daré detalles. La novela duerme en mi cajón el sueño de los justos, de los editores justos, que son minoría, y entretanto aún no he tenido tiempo entre libro y libro para tomar alguna decisión sobre su futuro. Y sin embargo, hoy todos los personajes han reaparecido en mi vida y me han sumido en el desconcierto. Me gustaría inventarme algo acorde a la bohemia que un día soñamos pero, para mi bochorno, es tan estúpido como lo voy a relatar.

Buscaba en casa una caja donde guardo unos zapatos bien mullidos y gruesos. España está bajo el primer invierno del otoño y quería tener los pies calientes. Sí, los escritores también tenemos pies. Así, me encaramé a un armario, alcancé la caja, la abrí y, aún me tiembla el párpado, no había dentro zapatos sino papeles. No eran vulgares folios sino el final original de la novela de mis desdichas. Los desdoblé despacio, como quien se acerca con pavor, quince años después del óbito sentimental, a la carta de una exnovia. Y de pronto, en un rapto de sentido común, antes de leer nada, los cerré, guardé la caja y arrojé un montón de ropa encima. Quiso el Santo Espíritu detener mi pulsión inicial, que era arrojarlos a la chimenea como en un película de domingo por la tarde. ¿Qué otra cosa habrían hecho ustedes? La sensación, no sé si la conocen, era inquietante. Después de tanto tiempo siguiendo desesperadamente su pista, no se me ocurría nada peor ahora que enfrentarme a un final diferente para mis personajes que, de alguna forma, descansan ya en paz con su final asumido.

Recordé entonces que un maestro me dijo de niño que para ser escritor había que tener bien ordenada la cabeza, sin embargo hoy pienso que lo que debería haberme dicho es que hay que tener bien ordenado el cuarto. Y desde esta mañana vivo con miedo, esperando el día en que abra un archivador de papeles y me salten a la cara un par de zapatos. Si mañana me encuentran por la calle con los pies envueltos en folios de novela, que nadie piense que he perdido también la cabeza. Tan solo los zapatos.

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