sábado 21  de  febrero 2026
RELATO

La Quinta Enmienda

Vivencias que toman forma de relatos y conllevan a la reflexión

Diario las Américas | CAMILO LORET DE MOLA
Por CAMILO LORET DE MOLA

En un recurrente ejercicio de memorias y cada vez que se le da la oportunidad, Enio saca a relucir una lista que lleva años elaborando y en la que enumera ilustres de talla mundial a los que, al menos, puede endilgarles un pequeño vínculo con Cuba.

Enio menciona a un jovencísimo Winston Churchill en la Cuba del 1895 como corresponsal del The Daily Graphic, atento a las movidas de Gómez y Martí, cubriendo el reinicio de la guerra de independencia, “fueron sus pininos en el mundo de los cañonazos y las bayonetas caladas”.

Puede demostrar, además, que el líder de la independencia irlandesa, Eamon de Valera, es hijo de un comerciante cubano que escapó de la isla hacia el viejo continente. Aunque la historia lo recuerda más allegado a Puerto Rico que a Cuba, quizás por su amistad entrañable con el independentista Pedro Albizu Campos.

Ahora asegura que el gran escritor europeo Ítalo Calvino abrió los ojos en el poblado habanero de Santiago de las Vegas en 1923, mucho antes de imaginar a un Barón que saltaba de árbol en árbol por culpa de unos caracoles mal preparados. “y no es chauvinismo, no, es la pura verdad”, decía al borde del infarto.

También presume del músico cubano Joaquín Nin, padre de la escritora y musa de Henry Miller, Anais Nin, en un intento por demostrar que el erotismo del delta de Venus de la francesa respondía más a su ascendencia isleña catalana que al vínculo con el autor del “Trópico de Cáncer”.

Lo que parece un inocente recurso para levantar su cubanía de exiliado. (con más de treinta años en Miami), es en realidad un cuchillo afilado para cortar el nexo con “los cubanitos que llegan ahora” como los califica.

“Antes nuestra isla era fuente de diamantes, ahora solo genera carbón” insiste con el doble sentido que carga la frase. “Pasamos de un violinista de fama mundial como Brindis de Salas, considerado en Europa como el rey de las octavas, a la enajenación del Chocolate preso, esa cosa que nos representa ahora”.

Me niego a aceptar la depauperación de la cubanía que intenta establecer como edicto. Es un cliché que nos persigue a todas las generaciones de exiliados.

Igual acusaron de vacuos a los marielitos del 80, que consiguieron salvar el teatro local de Miami o las artes plásticas de la isla en Nueva York.

“Es que no quieren trabajar, llegar de panza, a hacerse millonarios en dos días”, modifica Enio su discurso: ya no es un mal de origen, el carbón al que se refiere es una mala conducta adquirida que intentan imponer como norma en estos lares.

Yo expongo mi lista de miles de cubanos, comunes y recién llegados que trabajan de sol a sol, que cuentan hasta el último centavo en ese sacrificio inicial que todos conocemos como “pagar el derecho de piso”. Que disfrutan viendo a sus hijos frente una enorme pista, la que ellos garantizan cubriendo dos turnos en diferentes trabajos, soportando a tipos como Enio que los mira por encima del hombro mientras le sirven el café en la ventanilla del restaurante o le llevan el saco de arena hasta el maletero de su moderno auto.

Como alguna vez me miraron a mí cuando llegue, como de seguro también miraron a Enio en su momento.

Enio insiste en el ayer: para él lo mejor de tres siglos de cubanía caben en un instante, y pretende confrontarlos contra los cubanos llegados en los últimos diez años.

En una desigual comparación, amañada por demás, para demostrar que “lo que viene es basura, pantalones blancos, apretados y rotos, pseudolengua y mucha maldad”.

Esos “cubanitos”, a los que critica con tanto encono, vivieron el peor momento de la mal llamada nueva sociedad cubana: sin libros, ni electricidad, sin opciones, pero con brújula para saber a dónde se movía la libertad, por donde quedaba la esperanza.

No es que sean buenos, son buenísimos, son realmente los cubanos, los representantes de esa isla que tanto amamos, los números de una ecuación de la que Enio y yo somos cada vez una parte más ínfima.

Enio no escucha mis razonamientos, tiene un discurso ensayado que va a declamar hasta el final: para su propia complacencia, sin derecho al debate. “fíjate si llegamos lejos que hasta un cubano se le coló a la familia de Carlos Marx, no me sé el nombre, pero era cubano”.

“Pablo Lafargue” le replico, “y no es un buen ejemplo de lo que intentas defender, el tipo era un mulato y terminó suicidándose luego de escribir un ensayo sobre el derecho a la pereza”

La mirada de Enio es toda dudas, cree que invento para hacerlo quedar mal, le insisto, “imagínate que en el ensayo ese argumentaba que el exceso de trabajo era el que generaba las crisis económicas y la miseria en el capitalismo”.

“Un mulato en la familia Marx, apretaste compadre”, se me va por la tangente, “en esa época los mulatos no podían acercarse a los filósofos, ni a los salones europeos”.

“Alejandro Dumas”, le respondo, “mulato haitiano, agrégalo a los héroes de tu lista, llevó los mosqueteros desde el Caribe para Europa”, no le dejo reponerse: “o como el violinista del que presumes, Claudio José Brindis de Salas, que en el Paris de esa época le conocían como el Paganini negro, que, por cierto, murió pobre y en Argentina”, conseguí callarlo por un rato, pero no convencerlo.

“Dime la verdad, ¿a ti te gusta Chocolate MC?” me dice en un regreso desafiante, intentando acorralarme.

… “Me acojo a la quinta enmienda”… le disparo en retirada. “No me da la gana de bailar a tu ritmo”.

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