Un mundo globalizado implica interdependencia no solo en lo económico sino también en lo político. El paradigma de la soberanía tradicional ya no existe aun cuando en ocasiones se sigue invocando como muletilla política para conveniencia momentánea. Lo cierto es que las nuevas ideas, la tecnología, la economía y hasta la religión, contribuyen a la consolidación del fenómeno.

Por otra parte, sigue siendo una constante el hecho de que los pueblos que tradicionalmente ocuparon posiciones relevantes en los asuntos mundiales se ven en la necesidad de tomar decisiones que no habrán de complacer a todos. Es el caso del pueblo judío que desde épocas bíblicas se ha encontrado en el centro de situaciones que exceden su propio marco. Es el caso de los modernos “imperios” y de países o grupos que por algunas décadas aparecen como actores de situaciones relevantes para el quehacer mundial como lo fueron los de la OPEP en su momento, Irán, Cuba, Corea del Norte y – por qué no decirlo – la “Venezuela bolivariana” convertida hoy tanto en escenario como en protagonista de tensiones que de alguna manera moldean la geopolítica actual a nivel global y, específicamente, en el regional. Si bien tal cosa puede cultivar los egos del procerato castro chavista lo más razonable y conveniente en el mundo de hoy es moverse en la moderación y el respeto a las reglas de la convivencia. Utilizar lenguaje soez, eructar o soltar flatulencias ciertamente genera visibilidad, pero no es bien visto por el colectivo.

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Otro elemento para considerar es la condición pendular de la política tanto nacional como internacional. Hace apenas treinta años con la caída del muro de Berlín y el colapso del comunismo internacional parecía que había llegado el “fin de la historia” según proclamaba el politólogo Fukuyama. Hace apenas pocos lustros nuestro continente era testigo de la “etapa especial” que acogotaba a Cuba, se ponían en marcha esquemas de integración económica que anunciaban mejoras para los pueblos, se aprobaban instrumentos para proteger y garantizar la democracia (Carta Democrática de la OEA, Pacto de Ushuaia, etc.) mientras tanto a nivel político ganaba terreno la moderación en Nicaragua, El Salvador, Uruguay, Argentina, Chile, etc. Paralelamente Venezuela transitaba por cuatro décadas de democracia no perfecta pero razonablemente viable según parecía.

Hoy día, por razones que no es del caso analizar en estas líneas aun cuando todas ellas ligadas a la desigual distribución de la riqueza, se han desatado luchas políticas, étnicas, económicas etc. que están redibujando la realidad continental con el agravante de la incorporación de las grandes potencias, de lado y lado, que toman posición ante conflictos en los que nosotros – los latinoamericanos - somos apenas actores de reparto pese a que algunos puedan creerse protagonistas estelares.

América Latina en buena parte contagiada por el virus del castrochavismo y la planificación de grupos afines con el filo-comunismo. Hoy se bate ante un ya visible retroceso de la opción democrática en un escenario en el que en Colombia rebrota la violencia que presagia un posible triunfo de Gustavo Petro en las elecciones del 2022. En Perú “se perdió la cosecha” anticipándose un cambio de rumbo cuyas consecuencias ya conocen de sobra los venezolanos, en Chile se ha elegido una Constituyente dominada por una izquierda camuflada de “anti política”, en Nicaragua el guion venezolano parece calcado, en Ecuador la democracia se salvó apenas por décimas, en Brasil el espectro de un Lula da Silva repotenciado y resentido luce posible, Argentina cabalga por la orilla mientras se resuelve la puja interna del oficialismo entre Alberto Fernández y Cristina Kirchner, en El Salvador la tentación autoritaria de Bukele va tomando forma, en Bolivia, Guatemala y Honduras la democracia apenas si se sostiene en escenarios de gran dificultad etc, etc, etc.

En resumen: es hora de preocuparse y no solo de ser espectadores del drama.

FUENTE: VENAMERICA 

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