Llegó sin alarde. En la espera me miraba en silencio, calmosamente, recreando su insinuación en las promesas de lo inexplorado. Nos cruzamos una mirada de extrañeza y complacencia. Una mirada de duda. Me agarró suavemente por las solapas y me empujó hacia el sofá. Sería media tarde de un domingo lluvioso. Yo intuía que tendría alma pero no que fuera a arrebatármela. Con elegancia, erudición, chispazos de ironía. Hablaba sin parar. Viajaba de un lugar a otro del planeta, de una esquina a otra del calendario, de una latitud a otra del corazón. A menudo me robaba tibias sonrisas. Lo ocupaba todo. No dejaba tiempo para pensar, si acaso agitaba a ratos las ascuas de la melancolía.

La vida quería interrumpir. La vida siempre quiere interrumpir. El viento, ya enloquecido y marinero, lanzaba hojas empapadas contra la ventana del salón. Sonaban como ranas en una charca. Llegó el trueno largo de ese granizo de noviembre, que parece el llanto de hielo de las almas en pena. Eso me hizo despertar, solo un instante, del hechizo. Traté de desembarazarme braceando inútilmente, atado a un hilo de la consciencia. Desistí. Caí vencido entre los sueños del vino, la literatura, y los vapores de la nostalgia. No hubo manera de recobrar mi libertad hasta bien entrada la madrugada, cuando todo había sido consumado.

No era un atracador, ni una mujer fatal. Era un pequeño libro. Tan sencillo, tan complejo. Tan breve y tan extenso, que cada página alude a tantas historias vividas o por vivir, que es imposible no navegarlo como un océano aunque su volumen sea el de una acequia.

Recordé, claro, lo que tantas veces he escuchado y olvidado: la felicidad está en las cosas pequeñas. Este siglo agresivo, veloz, impostor, nos está confundiendo. Vivimos huérfanos de lentitud, de contemplación; no de esos éxtasis de los místicos, que ensanchan su corazón como si todo Dios fuera a caber dentro. Sino una contemplación serena de lo que tenemos aquí delante. De la amistad, de las botellas de vino que somos incapaces de olvidar, de una conversación inspiradora, de los platos que nos hicieron creernos bendecidos de Dios, de los bares -bellísimos a nuestros ojos adolescentes- que certificamos, de los rincones donde aún vaga errante el alma de los poetas malditos.

El autor, Ignacio Peyró, es un buen amigo. De esos pocos amigos escritores sobre los que uno está siempre deseando escribir y recomendarlo, porque hasta ennoblece a quien lo difunde, bajo la certeza de que en su literatura encontramos siempre una fuente de felicidad: el placer de la lectura. No existen ya escritores como él.

El título de la obra resulta tan inevitable como engañoso: “Comimos y bebimos”. Un subtítulo que se aproxima un poco al alma de estas páginas: “notas de cocina y vida”. El autor nos lleva al primer bar: “no elegimos los lugares; son los lugares los que nos eligen”. Nos lleva a los mejores restaurantes, coctelerías, o a lujosas tiendas de caprichos para el paladar. Londres, París, Madrid: “Wilton’s es caro como casar a una hija”; “Al cruzar la puerta de Hédiard, creí franquear el umbral del Paraíso”, “Balmoral, vetusta gloria de los bares y los barmans, con esas avutardas desecadas que guiñaban un ojo cuando alguien llegaba a los seis whiskies. Más veneno tienen las nostalgias”. Exalta el aroma de “las naranjas de Reyes”, versea por “las pasiones del queso”, dispone sobre “los hombres y el vino blanco”, deslumbra con “los escritores que amaron la cocina” –Boswell, Montaigne, Flaubert, Dumas, Dickens- y se abraza con indiscreta melancolía a lo que el siglo XXI intenta enterrar: del cognac a la miel, de “los gordos de antes” a los “cafés tertulia”, de la gaseosa al Clubland de St. Jame’s Street.

Comimos y bebimos, que engrandece el brillante catálogo de Libros del Asteroide, es quizá la última rama a la que agarrarnos mientras caemos al sumidero posmoderno, de lo sutil a lo salvaje. Su placer no es solo la inigualable prosa de su autor o el deleite de su entusiasmo por lo comido y lo bebido, que también, sino esa alucinación de que un libro, a veces, nos puede salvar de la mediocridad que nos acecha.

Las opiniones emitidas en esta sección no tienen que reflejar la postura editorial de este diario y son de exclusiva responsabilidad de los autores.

 

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