lunes 22  de  junio 2026
OPINIÓN

Negociar con el diablo

El chavismo negocia con Jorge Rodríguez como figura Mefistofélica, ofreciendo un pacto diabólico por la 'estabilidad' de Venezuela.

Por Edgar Cherubini Lecuna

Al negociar con el diablo, se está apostando el alma de Venezuela, su salvación o su perdición. La cultura popular suele decir que negociar con el diablo es obtener algo inmediato a cambio de perder lo esencial, el alma, la libertad, la paz interior o el destino. Es una imagen moral muy antigua, el deseo humano quiere saltarse los límites, y el diablo ofrece el atajo. El pacto diabólico se resume en una fórmula: “te doy poder, riqueza o fama, pero tú me perteneces”. No siempre se pierde literalmente el alma, a veces se pierde la inocencia, la dignidad, la memoria o la capacidad de volver atrás.

En el Fausto de Goethe, el personaje negocia con Mefistófeles el poder vivir más allá de los límites humanos. El diablo, que conoce las veleidades humanas, le promete el dominio del mundo, una salida de la condición humana ordinaria. El pacto dice, en esencia que si Fausto llega a un instante tan pleno que pueda decir que ha encontrado una satisfacción definitiva dentro del mundo, perderá la apuesta, quedará atrapado.

En muchos relatos, el diablo aparece como un abogado perfecto, cumple al pie de la letra el contrato, pero traiciona el espíritu. La cultura popular insiste en que el diablo siempre gana porque entiende el deseo del hombre mejor que el propio hombre. La sabiduría popular advierte que nadie negocia con el diablo sin perder o ser transformado por la negociación. El verdadero precio no está solo al final, sino en el acto mismo de pactar. Quien acepta el trato ya ha admitido que algo puede ser entregado. Por eso el pacto diabólico funciona como metáfora de la corrupción política, la traición, la ambición sin límites, fama mediática, poder económico o éxito a cualquier precio. Lo más sugestivo es que el diablo no suele obligar, el diablo seduce y ofrece exactamente lo que el sujeto desea. Por eso, el diablo es menos una figura exterior que una revelación interior, ya que muestra aquello por lo que una persona estaría dispuesta a perderse. Negociar con el diablo es ganar algo en el mundo y perder el alma.

En Venezuela Jorge Rodríguez puede ser leído como una figura mefistofélica, el operador frío del poder, el que negocia, administra el lenguaje del régimen criminal, transforma la represión en “diálogo”, la permanencia del régimen dictatorial en “estabilidad” o “normalidad” y el terrorismo de Estado en “paz”. Mefistófeles, representa la inteligencia cínica, el sarcasmo del poder, la habilidad de hacer que el mal aparezca como necesidad administrativa. En Fausto, Mefistófeles no llega gritando “soy el mal”, por lo contrario, llega razonando, ofreciendo soluciones, pactos, salidas, ventajas. Aplicado a Venezuela, la figura simbólica de Jorge Rodríguez es como un Mefistófeles político, es el hombre del contrato, de la mesa de negociación que brinda oxígeno al régimen, de la palabra ambigua, de los acuerdos que que no se cumplen para preservar el poder. Es la máscara racional del mal político, aquel que convierte el sufrimiento nacional en expediente, la cárcel en costo de gobernabilidad, el exilio en daño colateral, y la verdad en relato negociable. La cultura popular diría que no es el monstruo que asusta, es el que sonríe mientras redacta las condiciones de un pacto diabólico. En esta ópera trágica, Diosdado y sus cómplices armados representan el poder intimidatorio, Jorge Rodríguez, el poder sofisticado, verbal, negociador, es decir, el mal vestido de procedimiento. Jorge Rodríguez no representa a Satanás en sentido teológico, representa al Mefistófeles del chavismo: la inteligencia fría que convierte la dominación en diálogo y el pacto en forma superior de control.

¿Por qué si se sabe que Jorge Rodríguez representa el Mefistófeles del chavismo lo escogen de nuevo para negociar? Porque en una negociación de poder no se escoge necesariamente al más “moral”, sino al que puede garantizar, bloquear, amenazar, traducir y ejecutar. Ahí está la paradoja. Durante el mandato de Chávez y después con Maduro siempre tuvo poder real dentro de la dictadura. Jorge Rodríguez administra el relato, convierte concesiones en victorias, retrocesos en soberanía, presiones internacionales en diálogo respetuoso. Es un operador del núcleo duro. El régimen y la organización criminal que lo sustenta, necesitan a alguien que conozca al monstruo por dentro y los límites de lo que el poder está dispuesto a entregar, a ceder, además, este personaje intimida y seduce al mismo tiempo. Ese es el rasgo mefistofélico, es decir, trata de no aparecer como verdugo, sino como hombre de método. Puede sonreír, prometer, redactar, condicionar, aplazar. La negociación se convierte en un laberinto de cláusulas, tiempos, “comisiones técnicas” y ambigüedades. El adversario cree que está avanzando, pero puede estar entrando en una arquitectura de control.

Estados Unidos promovió recientemente una reunión entre Rodríguez y Dinorah Figuera, esta última, siendo la presidenta de la Asamblea Nacional legítima, fue perseguida y forzada al exiliio. La idea de este encuentro es dar los primeros pasos para encaminar la transición democrática mediante la reinstitucionalización del Estado. Eso muestra que, desde fuera, muchas veces importa menos la carga moral del personaje que su capacidad para producir algún movimiento verificable. En política se negocia muchas veces con actores moralmente cuestionados, hasta con Mefistófeles encarnado en Jorge Rodríguez y su hermana, no porque sean confiables sino porque tienen las llaves de sus tenebrosas prisiones, controlan las instituciones, las armas, los recursos y los expedientes. Lo escogen, porque cumple la función de intérprete del poder y audaz administrador de la ambigüedad del actual régimen.

Retomando la idea de que el alma del país se encuentra hoy en una mesa de apuestas, en “Florentino y el Diablo”, poema narrativo de Alberto Arvelo Torrealba, presenta un contrapunteo (un duelo de improvisación poética) entre un llanero y el Diablo mismo. Durante toda la noche ambos intercambian coplas llenas de ingenio, desafíos y simbolismo. El Diablo intenta intimidar y derrotar a Florentino, ya que, si pierde, le será arrebatada su alma y condenado al infierno, pero este responde con valentía, inteligencia y fe. Cuando se acerca el amanecer, Florentino invoca a la Virgen, a San Miguel y a la Santísima Trinidad. Con la llegada de la luz del día (símbolo de verdad, esperanza y triunfo espiritual), el Diablo es derrotado y desaparece. En esa lucha entre el bien y el mal, Florentino simboliza al hombre común, la inteligencia popular y el coraje del llanero. El Diablo representa la tentación, el poder, el miedo y las fuerzas oscuras que intentan dominar al ser humano. El enfrentamiento ocurre principalmente a través de la palabra, lo que convierte al lenguaje en un arma de resistencia. La victoria no depende únicamente de su brillante habilidad poética, sino también de su coraje y de su fe.

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