A menudo nos sorprende que algunas personas sean capaces de actuar de manera adecuada ante situaciones difíciles, con independencia de su cultura, su posición social, su estrato económico, su experiencia o incluso su inteligencia. ¿A qué se debe? La respuesta es: a la inteligencia emocional.

Todos conocemos personas que se relacionan bien con los demás, que saben ser conciliadoras, superar las adversidades, sentirse bien consigo mismas, mostrar empatía y encontrar soluciones creativas a los problemas. A veces, no sabemos por qué esas personas, que no son más inteligentes, ni más atractivas, ni mejor preparadas, generan una especie de bienestar a su alrededor y consiguen que sus opiniones sean reconocidas por la mayoría.

Son personas con una gran inteligencia emocional, es decir, hombres y mujeres que saben interactuar con el mundo que los rodea, teniendo en cuenta los sentimientos de los demás, controlando sus propios impulsos, poniendo pasión en lo que hacen y con rasgos personales tan valiosos como la empatía, la compasión o el altruismo.

La inteligencia emocional

La inteligencia emocional es un concepto que lleva casi 30 años arraigado en la sociedad. Daniel Goleman, aunque no fue el primero en describir esta destreza, sí popularizó su importancia gracias a libros de éxito editorial como La inteligencia emocional y La inteligencia emocional en la empresa.

Las emociones no se pueden fingir; lo sabemos porque nos cuesta aparentar alegría cuando estamos tristes o porque detectamos la falsedad en los impostores. Y tampoco se deben reprimir. Pero sí se puede, y se debe, aprender a gestionarlas.

Un líder empresarial puede ser muy inteligente en cuanto a conocimientos, pero si carece de inteligencia emocional no podrá crecer en la organización ni liderar a su equipo. En mi opinión, las empresas deben buscar no solo líderes inteligentes, sino emocionalmente inteligentes. Para ello conviene complementar la formación con cursos de inteligencia emocional que permitan establecer las siguientes líneas de actuación:

1. Buscar especialistas externos que, además de detectar los problemas internos de la empresa desde fuera, sin contaminación, sepan anticiparse a ellos, prevenirlos y encontrar soluciones imaginativas para los ya existentes.

2. Entrenar a los líderes en el autoconocimiento, de manera que sean conscientes de sus fortalezas y debilidades y que puedan, así, estar preparados para manejar sus emociones antes de que estas los dominen.

3. Orientar a los líderes en las formas de comunicación más adecuadas para generar confianza y apego en los equipos, para transmitir la pasión necesaria con el fin de afrontar nuevos retos y superarlos; esto es, para que sepan motivar.

4. Formar a los líderes no solo en competencias profesionales, sino también en habilidades básicas como empatía, asertividad, escucha activa, conciliación, persuasión...

Toda empresa que desee alcanzar el éxito debe tener siempre presentes las palabras de Aristóteles: "Educar la mente sin educar el corazón, no es educar en absoluto".

@EstrellaFloresC

Las opiniones emitidas en esta sección no tienen que reflejar la postura editorial de este diario y son de exclusiva responsabilidad de los autores.

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