¿Qué es peor, un político-delincuente o un delincuente-político? El orden de los factores, sí altera el producto en tal caso.

Dennis Hof, de 71 años, acaba de ganar las primarias republicanas para competir por la diputación estadal de Pahrump, Nevada, Estados Unidos de América. Hof, es proxeneta. Además, se ha jactado de serlo en un reality show televisivo y con su libro The art of the Pimp (El arte del cabrón). Excusas a las lectoras por la traducción, pero el castellano tiene su propia lírica.

En los condados donde ejerce el “segundo oficio más antiguo” –quizá el “primero” porque con la prostitución y el proxenetismo ocurre lo mismo que con la gallina y el huevo– su “nómina” suma alrededor de 550 chicas, dedicadas a vender sexo, a las que agrega el personal suplementario de Patios de Monipodios, como el suyo. Ayudantes directos –proxenetas como él– madamás, espalderos, bartenders, proveedores de carburante de mayor octanaje, mensajeros amorosos, remiendavirgos, sargentonas, trotaconventos, venereólogos –el tiempo es oro, pero la seguridad es vida– matones, porque alguien tiene que poner orden en las orgías y por supuesto, alguno que otro jefe policial.

Conviene puntualizarlo. El negocio de Hof es legal en los condados donde opera. Incluso, es uno de los mayores empleadores de la zona. Sin embargo, el jurisconsulto Paolo, de la Roma del Imperio, nos enseñaba que non omne quod licet honestum est. Algo por muy legal que resulte, puede que no sea honesto, ético, justo, decente. Es bueno, no olvidarlo.

Más reciente, Jürgen Habermas, advertía que las democracias suelen generar un elector exigente, inconforme, muy individualista, que a falta de una sólida ligazón social cimentada en la religión, la moral, en lo espiritual, lo hace vulnerable a cierta clase de tentaciones. La de sucumbir ante el primer sacamuelas de feria que se le cruce en el camino, una de las peores.

En el caso Hof, nos guste o no, es producto de una votación popular. Es la consabida irrupción de los llamados outsiders, cuando los políticos convencionales no colman las expectativas –no siempre sensatas– de sus votantes. Algo que nos lleva a preguntarnos:

¿Qué es peor? ¿Un político-proxeneta o un proxeneta-político? O para acercarnos mejor a la tragedia venezolana, ¿qué es peor, un político-delincuente o un delincuente-político? El orden de los factores, sí altera el producto en dilemas como los que anteceden.

La Rochefoucauld opinaba que la “hipocresía es un tributo que le rinde el vicio a la virtud”. Alguien que siendo un cleptócrata, narcodesgobernante –como lo fue Chávez, lo es Maduro y lo son tantos otros– armamentista, belicista, incitador al odio y a la exclusión social, supremacista, racista –el nepotismo es el racismo llevado a sus peores extremos– violador de DDHH, niños incluidos, ni siquiera se molesta en disimularlo y más bien se jacta de serlo y aquel otro, con defectos similares, que al menos “le rinde tributo a la virtud”, los oculta y no pretende erigirlos en paradigmas. O dignificar lo imposible de dignificar, como la prostitución.

Ni siquiera sus detractores más inmisericordes, en el caso venezolano, se atreverían a equiparar nuestra actual hecatombe a la situación que vivíamos antes de la llegada de los felones que hoy nos desgobiernan. Estos últimos ya eran hampones peligrosos al irrumpir en el mundo de la política. Quienes los antecedieron, al menos, políticos que desviaron la ruta, en algunos casos, a causa de sus flacideces éticas. Dos desgracias aunque, una, sin duda, peor que la otra. Si comparamos la hecatombe que han desatado nuestros delincuentes metidos a políticos cualquier discusión queda zanjada. Observación para los electores urbi et orbi. De Latinoamérica, Estados Unidos, del Mundo. Incluidos los de Pahrump.

@omarestacio

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