Han transcurrido un siglo y algo más de tres décadas y el mundo, y las generaciones del momento, como prolongación de la tercera revolución industrial de mediados del siglo XX, la de los ordenadores y la energía nuclear, son ahora actoras y testigos de otra revolución industrial, la 4.0 – la del desarrollo de la realidad virtual – que, al fundir sistemas ciberfísicos e inteligencia artificial, marca una deriva en la que la transformación digital y de lo social inciden directamente, lo dice la nueva encíclica, en “el tejido de la vida cotidiana, moldean los procesos de toma de decisiones e inciden profundamente en el imaginario colectivo”. Desplazan a los Estados, que antes impulsaban y orientaban la innovación, en el marco de “una rápida fase de transición, un cambio de época en el que la mayoría de las personas permanece a la espera, observa desde lejos y simplemente aguarda a que todo salga bien”.
Las preguntas, por ende, se acumulan y se las hace León XIV: ¿Hacia dónde vamos? ¿Hacia que meta deseamos orientarnos? ¿Qué dirección elegir, como comunidad humana y como pueblos?
Humanismo cristiano
A quienes hemos bebido en las fuentes plurales del humanismo cristiano como ideario, como humanismo integral de inspiración maritainiana, es decir, la que sitúa a la persona humana y su dignidad en el centro de la sociedad – rechazando el individualismo egoísta y el colectivismo opresivo – en procura de una sociedad abierta y plural inspirada en los valores espirituales y evangélicos, Magnifica Humanitas es una gran noticia.
En la elipse que, a partir de 1989, busca enterrar las ideologías que se han vuelto dogmas y/o renuevan las formas totalitarias que, si acaso no alcanzar a lo totalitario ahora buscan totalizar a la experiencia histórica de lo humano, la relectura de criterios éticos y religiosos que iluminen la moral de la misma humanidad mientras ocurre el parto de otro orden global en medio de una “guerra mundial a pedazos”, se hace obligante. En el descampado que anega y el culto del relativismo en avance, Magnifica Humanitas provee un anclaje, abre caminos para el cambio epocal a partir, digámoslo coloquialmente, de las leyes universales de la decencia humana, las del Decálogo y las de la razón práctica.
Situando nuestra mirada a la distancia, reparamos en la misma impresión que acaso tuvieron en su momento, sin mengua de la universalidad del ideario entonces planteado, quienes luego forjaron en América Latina partidos de inspiración demócrata cristiana. Me refiero a Eduardo Frei Montalva, quien frisaba 22 años y a Rafael Caldera en sus tempranos 18 años. Ambos viajaron a Roma en 1934 para participar en el Congreso de Pax Romana, donde al primero se le elige secretario general de la Confederación Iberoamericana de Estudiantes Universitarios Católicos que allí se funda.
Tienen encuentros con Jacques Maritain y Giovanni Papini, en la prolífica etapa de entreguerras del movimiento que promovía la paz y la solidaridad internacional bajo el lema Pax Christi in Regno Christi, impulsado por Pio XI y su célebre encíclica Quadragesimo Anno (1931), enfocada en los criterios de la justicia social, el bien común, la solidaridad y la subsidiariedad, ahora retomadas por León XIV. Era la necesaria renovación de la cuestión obrera con motivo del 40 aniversario de la Rerum Novarum, esa vez propulsada por la crisis económica mundial en marcha. Igualmente significaba – como lo hace constar Pio XI en su sucesiva encíclica Divini Redemptoris (1937) – la respuesta al comunismo, en el plano intelectual y de la que se harían eco los jóvenes participantes de Pax Romana.
“No temamos ensuciarnos las manos en la obra de nuestro tiempo” es el llamado actual de León XIV, con ferviente espíritu de agustino, al advertir las “nuevas formas de deshumanización”, bajo las que puede verse eclipsada la dignidad humana en la era de la inteligencia artificial.
Frei, celebrando a Maritain en 1952 y como discípulo de las enseñanzas romanas, destaca “la actitud de aquellos pesimistas que ven sólo los defectos de la libertad y no la gran aventura del hombre y su ensayo de construir una sociedad fundada en el acuerdo de voluntades que necesitan primero un acto de inteligencia, antes que obedecer y qué fácil es buscar primero la obediencia y, después, si cabe, la comprensión”, afirma.
Caldera, bajo esa inspiración compartida se hace propulsor de las leyes del trabajo en Venezuela – su tesis doctoral Derecho del Trabajo la presenta en 1939 – y es animador de la creación de los sindicatos cristianos, cuyo liderazgo modelador asume Arístides Calvani a partir de 1940. La Roma vaticana, justamente, buscaba cerrarle el paso a la hegemonía en avance de los sindicatos marxistas, promotores de la lucha de clases y destructores de la propiedad privada, auspiciando la sindicalización católica mediante la colaboración armónica entre el capital y el trabajo, según los lineamientos de León XIII.
Mas como no se trata en el siglo XX de la explotación del hombre por el hombre, León XIV recuerda preocupado que “las decisiones delicadas que repercuten en el trabajo, el acceso a créditos y a otros servicios, y la reputación de las personas, corren el riesgo de ser confiadas completamente a sistemas automatizados que no conocen «la compasión, la misericordia, el perdón y, sobre todo, la apertura a la esperanza de cambio en el individuo» pudiendo así producir nuevas formas de descarte”.
Caldera, en su homenaje a Luigi Sturzo – sacerdote proveniente de la Acción Católica y fundador del Partido Popular italiano – apunta en 1953 a la complejidad de la realidad social para advertir, en similar línea de reflexión, que “resulta, por tanto, anacrónico, contrario a la más concluyente experiencia sociológica y al conocimiento más objetivo y desinteresado en el campo de la sociología, pretender que determinado fenómeno – como un descubrimiento científico – se aísle; cerrar los ojos a la influencia que por la misma complejidad social ese fenómeno tiene que recibir y ejercer sobre los otros órdenes de la vida colectiva”.
Una teología de la historia
A la luz de su postulado, suerte de desafió existencial, a saber, “permanecer siendo humanos” en la era de la Inteligencia Artificial, Magnifica Humanitas contrapone, como metáforas antitéticas sobre el bien común, las experiencias bíblicas de la Torre de Babel o el «síndrome de Babel» y la de la reconstrucción de los muros de Jerusalén. La humanidad, unida por un solo idioma, en aquella se dispuso a conquistar el cielo dando a Dios por muerto. Sufrió el castigo de la dispersión en lenguas y por el mundo. En esta, Nehemías, para acometer su obra reconstruye vínculos entre los dispersos antes que piedras y cada uno, animados por la responsabilidad compartida, tuvo su tramo en el levantamiento de la muralla.
Para edificar el bien de todos, la roca o piedra angular ha de fundarse en relación con Dios, proclama León XIV. ¡Y es que el mismo Robespierre toma la frase de Voltaire para darle sentido moral a la república!, al afirmar que “si Dios no existiera, habría que inventarlo”. Lo que implica aceptar “los límites y la fragilidad de la humanidad sin considerarlos un error que haya que corregir”; pues, en efecto, desconocerlos conlleva a la ilusión tecnológica para satisfacer el deseo de plenitud del ser humano.
“La verdadera realización no nace de la eliminación de las fragilidades, sino de un crecimiento armonioso; allí donde la libertad y la responsabilidad se entrelazan con el cuidado recíproco y la verdadera solidaridad, y donde el progreso se mide por la dignidad de cada uno y por el bien de los pueblos”, reza Magnifica Humanitas.
De allí que la corresponsabilidad valiente implica lo que, por cierto, y al cabo, es esencia de la experiencia democrática genuina: “A cada uno corresponde su tramo de muralla: científicos e investigadores, empresarios y trabajadores, educadores y legisladores, sociedad civil, movimientos populares y comunidades de fe”. Es lo que sintetiza a la lógica de la subsidiariedad, que valora la cooperación entre generaciones, pueblos y culturas. Es el principio cardinal que proclama la Quadragesimo Anno de Pio XI, que desarrolla la doctrina social inaugurada por León XIII, “Lo que puede ser realizado por las personas, las familias, los organismos intermedios y las comunidades locales no debe ser absorbido por instancias superiores”, refiere la relectura de la Doctrina Social de la Iglesia para el siglo corriente.
Cada tiempo tiene su propio tiempo y hace historia propia. Su realidad y dinamismo, en modo alguno pueden obviarse. Lo que no significa que la historia haya de reescribir al Magisterio eclesial sin antes considerar - lo precisa León XIV - “la forma en que la Iglesia habita la historia y se relaciona con el mundo”.
Ella acompaña, no impone, ofrece “un camino de discernimiento comunitario”, a través del “encuentro entre la verdad eterna del Evangelio y las preguntas de la historia”. Y aquella se deja interpelar por los signos de los tiempos. Aproximarse al mundo le significa, sin variar, nutrirse y comprender las culturas y las experiencias humanas. Es el diálogo entre razón y fe que abordara, con lucidez, Benedicto XVI.
“Cuando la política no responde a los dramas de la humanidad, cuando la economía se vuelve contra la persona o la ciencia traspasa los límites de su método, la Iglesia junto con las demás confesiones cristianas y los creyentes debe hacer oír su voz no para dominar, sino para servir a la comunión”, se lee en el texto cuya recensión sobre sus preliminares aquí intentamos. La actualización novedosa nos presenta León XIV de cara a la Era Digital y de la Inteligencia Artificial, es, según sus mismas palabras, “una teología de la comunión en la historia”.
¿A que nos enfrentamos y cual es la razón de la encíclica, y de la relectura necesaria de la doctrina social de la Iglesia emprendida?, lo explica Magnifica Humanitas: “Las denominadas inteligencias artificiales no viven una experiencia, no poseen un cuerpo, no pasan por la alegría y el dolor, no maduran en las relaciones ni conocen desde dentro lo que significan el amor, el trabajo, la amistad y la responsabilidad. Tampoco tienen una conciencia moral: no juzgan el bien y el mal, no captan el sentido último de las situaciones ni asumen el peso de las consecuencias”.
En efecto, “no es la experiencia de quien se deja modelar por la vida y crece en el tiempo por medio de decisiones, errores, perdón y fidelidad”, que es la constante del ser o no ser de Hamlet, príncipe de Dinamarca, en su soliloquio sobre la existencia, el dolor humano, y el miedo desconocido tras la muerte.