Soy de las que se derrite cuando aparece un caballero. Aplaudo la amabilidad y detesto la patanería a la que considero causa suficiente para terminar una relación. Siento que la ausencia de gentileza es muy mala señal y sin ánimo de exagerar, creo que quien suele tratar con mal talante a los otros, es un eventual agresor.

En menos de una semana, dos conocidas mujeres han sido maltratadas públicamente por hombres no tan conocidos aunque muy vinculados a relevantes actividades políticas opositoras. A la periodista Marianella Salazar, el dirigente de Acción Democrática y editor del portal El Cooperante, Oliver Blanco, le escribió en un tuit: “Yo ni había nacido cuando ya ella estaba delinquiendo y sacándole el provecho más sucio e inmoral a la democracia. Ya no milita en AD porque se acabó el barraganaje. (…)".

Lo que el diputado de Primero Justicia, José Brito, dijo de María Corina Machado es sencillamente escatológico. Ni siquiera Iris Varela con su violenta amargura y decenas de delitos cometidos contra la oposición, merece ese trato.

Nosotros estamos exigiendo justicia. No debemos convertirnos en la réplica de lo que criticamos.

Lo cierto es que la actuación de Blanco y Brito suplantó el trabajo que venía haciendo de guionista para Diosdado Cabello, el prófugo González López.

Tanto Blanco como Brito, insultaron a Salazar y Machado en su condición de mujer: Perra, barragana. Como era de esperarse, la gente reaccionó en defensa de las damas aunque ni qué dudarlo, a los insultadores les salieron defensores que justificaron la agresión.

Así andamos. Todos nos polariza. Cualquier asunto nos crispa, divide y enfrenta. Y lo peor: nuestra clase política está manchada de sospechas.

Después de sus acciones, Oliver Blanco y José Brito escribieron tuits lamentando el exceso en su comportamiento. En realidad, ninguno se disculpó directamente con las agraviadas. Digamos que admitieron sus errores ante la audiencia de las redes sociales. Y es que para ofrecer perdón se necesita valentía, se requiere humildad.

Estos penosos incidentes han resultado en un dibujo de lo que nos acontece como país cuando la oposición transita uno de sus momentos más oscuros y los venezolanos se sienten en total abandono.

Es desalentador,¿verdad? Haría falta un código, una especie de pacto, un acuerdo interno, una cruzada por el rescate de la ética.

Nos están pesando demasiado estos 20 años. Todos nos hemos desgastado y los errores decantaron en tragedia. La Asamblea Nacional, nuestro único bastión político, pasó de mayoría calificada a un rompecabezas con partes perdidas.

Hemos fracasado. Nuestra generación falló en su intento por defender la democracia y continúa en la derrota, diciendo que intenta rescatarla cuando ha ocurrido todo lo contrario. La mayoría se ha amoldado y hasta mimetizado con la “cultura chavista”. Los negocios han resultado tentadores y la compra de conciencia muy efectiva. El resultado ha sido catastrófico. Un pueblo sin esperanzas y una dirigencia en desbandada, pero fingiendo que lucha por nuestra causa. Los traidores calman sus conciencias hablando de sobrevivencia. Parte de su trabajo también es sabotear el esfuerzo de muchos otros que ponen el pecho honesto y que han dejado el pellejo en esta guerra.

Enfrentamos a un Estado criminal que no permitirá el regreso de la democracia. La estrategia más que fracturada ha sido bombardeada. Y si bien los esfuerzos por la unidad continúan, las declaraciones de algunos dirigentes distan mucho de generar esperanza dentro de un pozo de contradicciones. Si no, cómo se puede leer que Henrique Capriles se refiera a un sector opositor como una secta a la que hay que aplastar y luego proponga un diálogo con el régimen porque él se sentaría hasta con el diablo de ser necesario. ¿A quién representa Capriles? ¿Seré yo parte de esa secta por expresar lo que pienso? ¿Por estar en desacuerdo con que a una dictadura se le trate como si fuera una democracia?

Cualquiera que proponga una participación electoral, sin más, sin cambio en las condiciones existentes, está desconociendo la experiencia vivida en anteriores procesos. Por supuesto que el venezolano ansía una salida pacífica y votaría una y mil veces para expulsar la dictadura. Nadie desea una guerra. Pero los malandros que están en el poder, ya lo han dicho, no van a entregar, ni han tenido un solo gesto serio, creíble, que haga presumir que en una mesa de diálogo, ellos cederán espacio. Solo ganan tiempo.

Se acerca el 10 de Enero y hay esfuerzos por recoger los vidrios en el piso. Tal vez sea la oportunidad de desechar a los pedazos que sean traidores.

Las opiniones emitidas en esta sección no tienen que reflejar la postura editorial de este diario y son de exclusiva responsabilidad de los autores.

 

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