martes 27  de  octubre 2026
ANÁLISIS

Miranda: Su gran amor fue Venezuela

Y así murió Miranda, súbitamente, solitaria y fugazmente. Teniendo a Venezuela a flor de labios a pesar de sus presagios; con su gesto, con su huella y con su poesía escrita en el alma, como lo juró el incomprendido, citando a Garcilaso

Diario las Américas | ORLANDO VIERA-BLANCO
Por ORLANDO VIERA-BLANCO

En la penumbra de La Carraca un Francisco de Miranda cansado, enfermo, ataviado por un pasado lleno de gloria, batallas épicas y grandes amores [y desamores] ahora vive un presente miserable, injustamente condenado a 4 paredes de bahareque, inmundicia y silencio, que me lleva a cambiar la conversación.

Recostado en su catre veo como una pequeña luz—provocada por una antorcha lejana a las afueras del Arsenal de la Carraca—entra por los barrotes directo a sus ojos color avellana llenos de fuego [Dixit Caracciolo Parra Pérez].

—General, después de escucharle hablar de revoluciones, reyes, ejércitos y de la libertad de América, quisiera preguntarle algo más íntimo. Ud conoció cortes, salones y alcobas de media Europa. Amó a mujeres extraordinarias y dejó constancia de sus encuentros en sus diarios. Dígame ¿cómo enamoraba a sus mujeres y amantes?. Sonríe, acomoda su cuerpo sobre el camastro y mira hacia la ventana enrejada.

—¡Ah, mi querido amigo del futuro! Me pregunta Ud. por la guerra más delicada de todas: aquella en la que no se conquista una plaza, sino un corazón. Y debo advertirle algo: jamás confunda Ud. el amor con la posesión. Una mujer no es una ciudad que se rinde ante un cañón.

—Pero Ud. era un hombre de mundo, un viajero incansable, un militar, un lector apasionado. ¿Cuál era su primera arma?

—La conversación. Y detrás de ella, la curiosidad. ¿De qué sirve una hermosa mirada si detrás de ella no existe un universo por descubrir?

— ¿Y qué descubrió, cuál era su señuelo, la poesía?

— Naturalmente. La poesía permite decir lo que la prosa cotidiana apenas se atreve a insinuar. Pero no crea Ud. que yo poseía una fórmula infalible […] Y agrega Miranda:

—Si un hombre de mi siglo quería hablar del amor, tenía a Petrarca, a Ovidio, a los clásicos latinos y a los poetas de su propia lengua. Y en el mundo hispánico, Garcilaso de la Vega había enseñado que el amor podía ser al mismo tiempo, deseo, herida y memoria. Recuerde sus versos: «Escrito está en mi alma vuestro gesto». Garcilaso lo escribió en Soneto V.

Y sigue Miranda hablando con su mano en el pecho:

—¡Qué manera tan extraordinaria de hablarle a una mujer! No se trata de decirle que es hermosa, como se lo dirían cien hombres una misma noche. Se trata de insinuar que su presencia ha dejado una huella en el alma.

—Es decir, general, Ud. no comenzaba por elogiar el rostro, sino por hacer sentir a la mujer que era única.

—Exactamente. El elogio fácil halaga; la atención verdadera distingue. Si una mujer me hablaba de sus lecturas, yo procuraba escucharla. Si defendía una idea, la discutía con ella. Si discrepamos, no tenía por qué fingir que pensábamos igual. ¡Nada resulta más triste que una conversación en la que uno de los dos ha renunciado a pensar para agradar al otro!

—¿Y las cartas?

—Mi archivo epistolar y mis diarios [apunta Miranda con pose distinguida a pesar del lugar] son testimonio de una vida en la política, viajes, amistades y relaciones personales. Hace una pausa y continúa. —Si yo hubiese querido escribirle a una mujer que me interesaba, quizás le habría dicho algo así:

«Madame, he conocido ciudades que deslumbran por sus palacios y hombres que pretenden deslumbrar por sus títulos. Pero hay palabras que valen más que una ciudad y miradas que ennoblecen más que cualquier título. La nuestra ha dejado en mí el deseo de volver a encontrarla, de volver acariciar sus miradas y sus palabras».

—Eso es elegante, General! No declara amor pero abre la puerta. Si tuviese que elegir un texto para enamorar a una mujer, ¿cuál sería?

—Escogería aquel poema que expresara algo verdadero entre ella y yo: «No pretendo que me ame por mis viajes, por mis hazañas ni por los nombres ilustres que he conocido. Quisiera que me conociera cuando no tengo nada que demostrar; cuando puedo escucharla sin interrumpirla, disentir sin ofenderla y acompañarla sin pedirle que deje de ser quien es».

—Eso le dijo a Catalina La Grande?

—Quizás. Pero me hubiese encantado decírselo ahora…

Catalina la Grande: cuando el poder también seduce

Me acerco al camastro. Miranda—que ha pasado la noche repasando sus recuerdos de Rusia—parece recuperar por un instante la altivez de los salones imperiales.

—General. Hábleme de la mujer más poderosa que conoció: Catalina II de Rusia. Ud. llegó a su corte en 1787 y obtuvo una atención extraordinaria. ¿Qué le dijo para conquistarla?

—¡Cuidado con esa palabra, amigo del más allá! Con Catalina había que distinguir entre conquistar y ganarse la confianza de una soberana. Me recibió en Kiev, me permitió frecuentar su corte, me dio el título de Conde y me brindó protección cuando las autoridades españolas me perseguían. Que entre nosotros pudiese existir una pasión amorosa es una leyenda que le invito no comprobar.

—Pero Ud. debió comprender que aquella mujer apreciaba a los hombres que no se intimidaban ante su poder.

—Sin duda, ella incluida. Yo podía ofrecerle algo diferente: noticias del Nuevo Mundo, experiencias de la guerra, observaciones sobre Inglaterra, Francia y EEUU. Una perspectiva americana que no es habitual.

—¿Y sí durante una cena, ella le hubiese preguntado qué buscaba realmente en Rusia?

—En ese caso imaginario, le habría respondido: «_Majestad he venido a conocer un imperio, pero también a comprender el espíritu de una mujer capaz de gobernarlo. Las fronteras se recorren con mapas; el carácter de una que gobierna millones, se recorre en la palabra».

—Un cumplido con doble intención.

—Un cumplido con una sola intención: reconocer su sabiduría sin fingir olvidar mis propios propósitos. La puerta que quería abrir era la diplomática, que no debía confundirse con una promesa política y menos con un ofrecimiento íntimo.

—¿Nunca sintió la tentación de permanecer a su lado?. ¿Qué le habría dicho Ud. si Catalina le hubiese pedido que abandonara sus aventuras americanas para quedarse en Rusia?

—La tentación de vivir bajo la protección de una gran soberana siempre llama. En mi carta del 15 de agosto de 1787 le expresé mi gratitud por sus favores y le dije que una vez cumplidos mis compromisos, estaría dispuesto a considerar sus ofrecimientos. Mis propias palabras hablan de agradecimiento y servicio, no de una declaración amorosa.

—Si me hubiera ofrecido una habitación en su palacio, habría tenido que preguntarme si aquel palacio era un refugio o una prisión dorada.

—Muy diferente a ésta, señalando con mis manos el vetusto claustro.

—Viera y Blanco, lo que hace miserable esta prisión no es su suciedad sino lo injusto de ella... Miranda baja la mirada. En su imaginación reaparece Catalina, majestuosa, inteligente y rodeada de cortesanos; una mujer que podía protegerlo, pero no decidir por él.

—“Me rompiste el corazón cuando te uniste al ejército francés teniendo como causa esa sangrienta revolución” [1792/la Revolución francesa] le expresa Catalina II.

—Pero os comprendo Miranda…le dice Catalina mirándole con sus profundos ojos azules Pedro vidriosos —“Primero la fidelidad a la propia causa que la gratitud del corazón”.

Sarah Andrews: la mujer que esperaba en Londres

La conversación cambia de tono. Miranda ha dejado de sonreír. Ya no habla de emperatrices ni de reinas, sino de su casa en Londres, de dos niños y de una mujer que tuvo que soportar las largas ausencias del Precursor. Tose y expectora. No está bien de salud. Suda a pesar de la noche fría. Tiene fiebre y escalofríos. Decide arrinconarse en su camastro. Le doy mi saco para abrigarlo. Vuelve a dormirse, brevemente. La tos le impide conciliar el sueño. Ensayo abrazarle con un recuerdo familiar…

—General, hablemos de Sarah Andrews. Ud. recorrió Europa, conoció mujeres de la aristocracia y vivió aventuras que anotó en sus diarios. Pero Sarah fue otra cosa: la mujer con quien formó una familia.

—Así es. Sarah—a quien llamaba afectuosamente my good Sally—fue mi compañera en Londres y la madre de mis hijos Leandro y Francisco. Nuestra relación comenzó alrededor de 1800 y estuvo marcada por mis ausencias y mis compromisos políticos. Ella permanecía en casa mientras yo perseguía una empresa que parecía no tener fin.

—¿Qué tenía Sarah que no poseían aquellas mujeres de las cortes europeas?

—Sarah conocía al hombre que había detrás del viajero. Conocía mis preocupaciones domésticas, mis libros, mis dificultades económicas y mis proyectos. Una emperatriz podía recibirme en un palacio; Sarah debía afrontar conmigo las consecuencias de mi vida.

—¿Y que veía ella en Ud?

—No siempre hace falta un poema. A veces basta una carta en la que uno reconoce lo que la otra persona soporta. Delirando y temblando Miranda imagina decir:

«Mi buena Sally, hay palacios en los que uno se siente extranjero y habitaciones modestas en las que reconoce su hogar. He dormido bajo techos magníficos y he conversado con hombres que deciden el destino de los imperios; sin embargo, ninguna de esas cosas puede reemplazar la paz de saber que tú y nuestros hijos me esperan en Londres».

Hago una breve pausa. Miranda me pide que le alcance unos libros que tiene escondidos. Leía a Horacio, el poeta romano de la amistad, la fugacidad de la vida y de la serenidad, a Virgilio autor de la Eneida, la épica de un pueblo, la guerra y el exilio; a Cicerón y su pensamiento sobre la república, la virtud cívica y el deber público, a Orlando el Furioso, y sus poemas renacentistas sobre caballerías, pasiones y locuras y hablando de “locuras”, Don Quijote de la Mancha, el libro más sugerente, el del hombre que persigue un ideal que otros consideran imposible. Mi preferido.

—General: ¿Qué aprendió de estos grandes pensadores?

—Que la libertad supera cualquier infortunio, que la amistad es fugaz si no se frecuenta con gestos y no se comprende tanto en la abundancia como en las carencias; que la república puede caer pero es menester levantarla y refundarse, y que no hay pasión superior—incluso la del amor por una mujer—que el ideal por la justicia, la libertad y la paz, tesoro más preciado que la vida misma, que la inmensidad de los cielos, de los campos y de los mares.

—¡Eso es Cervantes!

—Pues no deje de leerlo sí tanto le gusta, fíjese que hasta se me quitó el delirio de solo recordar las notas del Quijote.

La verdad es que Miranda no paraba de sudar y temblar. Pero sólo mencionar su gran sueño inspirado en sus grandes ideales, encendía la mirada de ese corazón de fuego y acelera su potente voz. Por eso me atreví a preguntar:

—Pero Ud. se marchaba una y otra vez. ¿No temía que Sarah terminara por reprocharle haber puesto la independencia de América por encima de su familia?

—¿Y cómo no iba a temerlo? El hombre que pretende cambiar la historia puede terminar descuidando la propia. No toda ausencia se justifica por una causa noble, más si no es agradecida.

—¿Llegó a comprenderlo demasiado tarde?

— Tal vez.

En una última carta a Sarah, escrita desde La Carraca el 21 de mayo de 1814, le dijo: «Sally, acaso fui capaz de imaginar la libertad de un continente y no supe darte la tranquilidad que merecías. Si mis viajes me hicieron conocer el mundo, tú me enseñaste cuánto cuesta mantener un hogar mientras el mundo reclama a un hombre». Al leer el texto Miranda se quedó en silencio, lo dobló y lo ocultó, delicadamente. Y quedó ahí inédito, entre las páginas del libro de Horacio…Por primera vez, no encuentro más pregunta que hacerle.

Leonora Sansay: el encanto de Nueva York

En EEUU/Nueva York, Miranda conoció a Leonora Sansay, una mujer vinculada a los círculos literarios y sociales de la época.

—Imaginemos que Ud. encuentra a Leonora Sansay durante una velada en Nueva York. ¿Qué le diría?

—En nuestra escena ficticia, comenzaría preguntándole qué pensaba de una sociedad que acababa de desafiar a un imperio y sin embargo, seguía debatiéndose entre la libertad proclamada y las desigualdades reales propias de la esclavitud.

—Señor Miranda—replica Leonora, quien aparece como sombra: —¿Es usted capaz de hablar de algo que no sea la revolución?

—Si Ud. me ofrece un tema más interesante, prometo intentarlo.

Hay otra mujer que aparece en las biografías de la trepidante vida sentimental de Francisco de Miranda: la marquesa Delphine de Custine. Una mujer de la aristocracia francesa. El París que conoció [Miranda] era un mundo de literatura, política y cambios sociales. Con la marquesa Delphine de Custine tuvo una de sus relaciones amorosas más intensas. Me atrevo a hacerle una pregunta como si fuese ella quién lo aborda, para sacarle una reflexión o si acaso, una sonrisa.

—Mi General: Imagino a Delphine preguntándole con desafío y seducción a la vez:

—¿Qué es más peligroso Mon Cher?: ¿Una revolución que destruye un trono o una pasión que desordena la vida de un hombre?. Entre delirio y lucidez, de pie y colocando su mano en el cinto, simulando sujetar su espada responde:

—La revolución puede derribar un gobierno; la pasión puede hacerle olvidar por qué se quiso derribarlo.

—Entonces, ¿Ud. le teme al amor?

—Temo más bien a la vanidad, a la insolencia de creer que puedo gobernarlo todo: los ejércitos, las ideas, las circunstancias y también mis propios sentimientos.

—General, ¡ha confesado Ud!

—No Orlando. He desnudado sólo lo que esconde un vacío: mi verdad…

Venezuela: el regreso del viajero y las mujeres de su memoria.

Me inclino hacia Miranda. La conversación ha recorrido Rusia, Suecia, Londres, Nueva York y París. Ahora quiero devolver al Precursor a la tierra donde nació.

—General, después de tantas mujeres europeas y americanas: —¿Qué habría sentido por una mujer venezolana? ¿Habría cambiado su manera de amar después de tantos años fuera?

—Caracas no era ya la ciudad que abandoné en 1771, siendo apenas un imberbe de 21 años. El hombre que regresó en 1810, ya anciano [60] había recorrido tres continentes, participado en revoluciones y conocido sociedades muy diferentes. Pero no voy a inventarle una amante caraqueña y atribuirle una historia que no ocurrió. Mi novia, mi amor de siempre, mi gran mujer, fue Venezuela.

— General después de Catalina, Cristina, Sarah, Leonora, Delphine y nuestra caraqueña imaginaria, quisiera hacerle una última pregunta: —¿Fue feliz?

—Fui un hombre de mi siglo, Orlando. Mis diarios muestran una vida variopinta. Más de 60 volúmenes y manuscritos en Colombeia donde puede leer mi vida entera, incluso la sentimental. Sería un error mezclar la guerra y el amor. Dos pasiones iguales como virtud, muy diferentes como destino.

—Pero igual le digo Viera y Blanco, [en un gesto que sube su ceja]:

—Como cantó un poeta de su tiempo, Maelo, el incomprendido: “Juraré que cuando muera, aun así con mis presagios, tendré su nombre a flor de labios, y moriré”

Maleo-sic-pero: ¿Cómo le conoce?. —¿Qué nombre tendría en sus labios Miranda antes de morir?

—No se sorprenda, Orlando. Yo también he viajado en los tiempos…

El Precursor deja de soñar y se convierte en un hombre de corazón partido y apagado. Antes de marcharse le arranco otra confesión:* —Mi mujer imposible fue Venezuela, comenta con tono triste pero firme.*

Faltó preguntarle qué le diría a los hombres [o mujeres] de hoy quieren enamorar a Venezuela. Seguro hubiese respondido que la amen sin locuras, porque el amor por la patria, por su libertad y felicidad, vale la pena la razón y vida, que convierte morir por ella, en un acto noble y justo […] Al recostarse veo sus ojos entreabiertos—color avellana—con luz fugaz de su alma que agoniza. Antes de cerrarlos para siempre, murmura:

—Viera y Blanco, acérquese por favor. Y con voz ronca y suave me dice: — Escribió Garcilaso en su Soneto, “cuanto tengo confieso yo deberos, por vos nací, por vos tengo la vida, por vos he de morir, y por vos muero, Venezuela…”

Y así murió Miranda, súbitamente, solitaria y fugazmente. Teniendo a Venezuela a flor de labios a pesar de sus presagios; con su gesto, con su huella y con su poesía escrita en el alma, como lo juró el incomprendido, citando a Garcilaso.

*Abogado. Ex Embajador en Canadá

@ovierablanco

[email protected]

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