Ya nada sorprende en Venezuela. Un drama humano se asimila como uno más, es lo inevitable o “a esto llegamos”. Hace dos días, en una larga fila de gente para comprar el pan de trigo que comenzaba a las cinco de la madrugada, una señora joven parió un bebé en la cola. Cuando aún no abrían las puertas del local a la joven madre le vinieron los dolores de parto, rompió fuentes e inesperadamente el bebé cayó abruptamente en el piso colgado al cordón umbilical. Nadie sabía qué hacer y algunos optaban por resguardar su puesto en la fila antes que asistirla. Afortunadamente una ambulancia de bomberos que pasaba por la zona se percató del suceso y recató a la parturienta.

Ese mismo día las noticias daban cuenta de que Venezuela había entrado “oficialmente” y de acuerdo a los estándares internacionales en una situación de hiperinflación. Al mismo tiempo, Nicolás Maduro, un presidente cargado de improvisaciones, declaraba por decreto “Las navidades felices” mandaba a colocar grupos musicales en todas las dependencias públicas, anunciaba el quinto incremento del sueldo mínimo del año (11 dólares al mes) y se proponía a reestructurar la deuda pública oficial que alcanza a 130 mil millones de dólares en la que no se incluye deuda interna, expropiaciones, litigios y deudas a proveedores.

El ciudadano, que no sabe de reestructuración o de índices de hiperinflación, sí sabe que la única posibilidad de sobrevivir un día más es madrugar para comprar un pan regulado o algún otro producto que aparece sorpresivamente. Productos que, como el pan, a pesar del control de precio le cuesta al menos medio día de salario.

El Gobierno no habla de economía. La inflación es un asunto de especulación. Su retórica, como en todos los países que han abrazado el socialismo, el populismo o el comunismo, es que no hay fracaso económico sino arremetidas del imperialismo, de Trump, o las medidas económicas internacionales y las conspiraciones externas, que en el caso venezolano lo llaman “Guerra económica”.

Pero la realidad es que Venezuela está viviendo la contracción económica más severa de su historia, una crisis que ningún país del continente la ha sufrido.

Un escrito reciente del economista Francisco Rodríguez, perteneciente al grupo Torino Capital, refiere que la caída en el producto interno bruto real por habitante en los últimos cinco años ha sido de 36,0%, lo que supera lo que hasta este año había sido la mayor caída en situaciones de posguerra del continente como la de Nicaragua al final de la dictadura de Somoza que llegó a 35,7%. También destaca la contracción sufrida por nuestro país durante su Guerra Federal que fue de 31,8%. La de Haití luego de dos golpes de Estado (1989-1994) de 26,4%.

Por ello, señala Rodríguez, que no sorprende que esta crisis económica se haya visto reflejada en un deterioro acentuado de indicadores sociales. El número de venezolanos que come menos de tres veces al día, por ejemplo, ha aumentado de 5% en 2013 a 33% en el año 2016.

Al igual que Robert Mugabe en Zimbabue, con las expropiaciones, el control de cambio y de precios y la emisión inorgánica de dinero, que este último año se incrementó en 618, 67% (BCV) están llevando a Venezuela a la actual catástrofe como país.

El Gobierno ha logrado distraer a la opinión publica, llevando el debate al tema electoral con dos procesos cargados de irregularidades, en los que no oculta su ventajismo, traslado indiscriminado de votantes y alteración de actas agregando votos en las horas de cierre de mesas, con lo cual ha logrado dividir a la oposición.

Pero el drama humanitario se grava en todo el territorio y las muertes por desnutrición y falta de medicinas es una estadística oculta pero que se refleja en la vida real, en la calle, en los basureros y en los hospitales públicos.

Las opiniones emitidas en esta sección no tienen que reflejar la postura editorial de este diario y son de exclusiva responsabilidad de los autores.

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