Las corporaciones no pueden depender de una sola persona, por eso es importante guiar la empresa con responsabilidad y aprender a delegar.

Hay un ejemplo que me gusta poner cuando hablo de liderazgo, y es sobre esos padres que no esperan a que sus hijos hagan algunas tareas por sí mismos, sino que se ocupan ellos porque, dicen, así tardan menos. "Te visto yo, porque tú lo haces mal"; "te doy de comer a la boca, porque así acabamos antes"… Con esto consiguen que los niños retrasen el aprendizaje, que renuncien a esforzarse, que no experimenten la satisfacción de conseguir algo por sí mismos, que no aprendan a tomar decisiones ni a resolver problemas; en definitiva, que no asuman responsabilidades.

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En el mundo empresarial ocurre lo mismo. Los líderes que no tienen tiempo para nada, que todo lo controlan, que se sienten desbordados y parecen insustituibles, quizá estén confundiendo liderazgo con acumulación de poder.

Una situación de estrés puede ocurrir durante un tiempo, mientras se forma un equipo o hasta que se contrata a la persona adecuada, pero de ninguna manera debe prolongarse en el tiempo. A la larga, los líderes que no delegan ponen en peligro la empresa, porque a fuerza de acumular todo el saber y el poder, si ellos faltaran, serían muy difíciles de sustituir. Y un buen líder no piensa en sus propios intereses, sino en los de su corporación.

Jennifer Dulski, jefa de grupos y comunidad de Facebook, dice que, a la hora de tomar decisiones, los jefes deben adoptar la regla del 90/10; esto es, ellos se ocupan solo del 10%, porque del 90% restante puede y debe hacerse cargo su equipo.

Un jefe que no sabe delegar transmite:

Prepotencia. Su pensamiento es "yo lo hago mejor que nadie". Tal vez sea cierto, pero ni la mente más brillante puede abarcarlo todo si quiere crecer. Por otra parte, esto solo sería una verdad a corto plazo, porque quien no escucha a los demás y no permite a otros que innoven y participen, tarde o temprano se quedará irremediablemente obsoleto. Evolucionamos junto a los demás, no al margen de ellos.

Falta de confianza en sí mismo. Si alguien no quiere que otros aprendan, puede ser por temor a que le quiten el puesto. Quien está seguro de su valía, no teme reconocer la de los otros.

Falta de confianza en el equipo. Los equipos solo pueden implicarse con la empresa y sentirse motivados si tienen responsabilidad en los procesos, si su iniciativa es valorada y se les otorga autonomía. Cuando los empleados toman la mayoría de las decisiones por sí mismos, sienten que pueden trabajar de manera no tutelada, sino corresponsable. Eso mejora la productividad, la creatividad, las expectativas. Todos salen ganando.

Ignorancia. Para delegar hay que saber qué es delegable y qué no, en quién delegar, cómo planificar los procesos, de qué forma supervisar, qué controles aplicar. El líder que delega ha sabido previamente formar a su equipo, comunicar sus enfoques y enseñar a tomar decisiones.

Es necesario diferenciar entre delegar y perder el control. Un líder que delega no hace dejación de sus funciones, sigue al mando de la nave, pero deja sitio a todos sin invadir su espacio. Los buenos líderes saben que su autoridad aumenta cuando se la da a otros.

@EstrellaFloresC

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