La mochila sobresaliendo hasta la cabeza. El rostro terso de la última penumbra del amanecer. La música de las hojas secas bajo los zapatos brillantes. La luz aún amarillenta en las esquinas. El sueño del estudiante. El día por empezar. Una venganza en la cabeza: marcaré más goles que los otros en el recreo. La vida era esa media hora de descanso con sabor a galletas y mermelada y papel de aluminio desmigajado en el bolsillo. Y los maestros nobles y severos. Y la vida colegial estallando, aún con la novedad de un septiembre apenas claudicado, venciendo la rutina disciplinada a la fiesta pegajosa de la playa. Tal vez con una canción de Revólver resistiendo al final del verano. Temblando en versos de una ilusión.
Eran así los días de empezar a empezar. Con ese leve desencanto que sufre la niñez, que dura un rato, en esa vida de escuela que deja tan poco tiempo para planear un asalto al mundo. Porque asumes que no sabes nada, de algún modo. No como cuando creces, que de pronto lo sabes todo, y hasta quieres cambiar el planeta, tú que no has logrado ni cambiarte a ti. Porque no has aprendido aún a que el crujido de las hojas de cada otoño sucede para recordarte tu breve destino. Que no lo sabes aún. Pero cuando la vida empieza a vibrar, entonces se desvanece. Somos rosas tardías ajadas por el viento.
Esperando al autobús, el pelo brillante. El perfume del viejo profesor inunda la clase, junto a su voz ronca, su enérgica bienvenida de cada mañana. Te despierta y te zarandea. Atisba una sonrisa, aún no ha abierto el libro. Tientas la cartera. Nunca estás seguro de haber traído los deberes hechos en la mesa de la cocina; aún huelen al café de mis padres. Los lamparones de ayer en la pizarra han desparecido. El día empieza con ojeras y una vaivén lento. El primer sol se atreve a interrumpir la clase. En las dos primeras horas ni nos miramos, los amigos, aún domados por el somnífero del sueño de un niño, que es profundo y definitivo cada noche. Que tarda en devolverte al mundo de la estridencia. Todo está lleno de vaho.
Tal vez un goteo de lluvia en la ventana. Entonces sonríes por dentro, llega la literatura. Han terminado ya las ciencias que aborrecías, y las fórmulas extrañas del encerado, que no entienden de la vida como tus poetas, que se parecen un poco a lo que canta Revólver, cuando dice que el peligro es no saber a dónde ir. Y piensas que, en efecto, es terrible, cuando en el cambio de aula los niños ya se han aprendido el camino, y tú aún titubeas frente a la escalera, con el nervio de salirte del rebaño, con la tensión contenida en los dientes de equivocarte a horas tan tempraneras y romper la monotonía de un aula, entregada en paz al noble arte de la instrucción y el bostezo.
Ya son los días en que la noche manda. Ya la naturaleza da su último fruto y muere. Ya todo está empezando y se te hace largo y pesado. La Navidad parece un puerto escondido de plata y oro allá donde termina la noche, en la caverna de un octubre lleno de penumbras, disuadiendo toda tentación luminosa de ese verano que ya facturaste mientras envolvías los libros en papel de plástico, o borrabas las pintadas de los años buenos de tus hermanos, iniciando asignaturas sin el placer inspirador del olor a tinta y pegamento.
No acaba nunca el día en el horario de la clasificadora. Y ya cuando chilla el comedor, la revancha en el partido de la tarde está servida. Jugaremos aunque llueva. Ya llegará la hora de enfrentarnos al profesor de Lengua, con los zapatos llenos de barro y la satisfacción de que ha entrado: chutaste desde el medio del campo, maldita locura, pero entró, y así ganasteis. Y quedó resarcido el mal sueño de anoche, tras la derrota. Y no sabes aún que nada va a llenarte el pecho tanto en toda la vida como aquel gol por la escuadra, que se coló mientras sonaba la sirena que marca el comienzo de las clases. Entró y no olvidas. Y retienes el recuerdo pero ya no es tuyo.
Al rato, sentados ante la densa clasificación de los animales, te preguntas, joven incauto, si ellos lo sabrán. Que el ave no sabe que es paseriforme, ni sabe el erizo que es ericaneomorfo, piensas, en tu cuerda locura estudiantil. Que te preguntas, al fin, por qué no habrás nacido erizo, pinchando al personal, sin más. Y estás en esas cábalas con el más allá, a punto de pedir explicaciones al Altísimo, cuando truena la voz del maestro con tu nombre; que te manda salir a la pizarra y dibujar las familias de los animales. Y el encerado en verde te hostiga casi tanto como las decenas de ojos que te escudriñan con apatía, te tiembla un rato la tiza en la mano, que entonces aún escribíamos con arcilla blanca, y al fin dibujas llaves enormes, porque emborronarlo todo siempre ha sido buena táctica cuando no tienes ni idea. Y antes de mirar al profesor, sopesas durante un instante alegar que ni los osos saben a qué familia pertenecen, que por qué has de saberlo tú. Pero te callas y te sientas, las orejas gachas, roja la tez y la mirada al infinito, y dibujas en la paz contenida de volver al pupitre otra canción otoñal, que te acompaña en estos días que parecen siempre los últimos, aunque solo hayas probado el aroma del primero de los suspiros. Y entonces, no sé explicártelo, de las pizarras a la vida. No sé cómo ocurre. Pero de pronto estas allí o aquí. Y ya no existe ni la tiza. Ni el maestro. Ni los ojos atentos a la familia de los animales. Pero cada otoño crujen las bellísimas hojas bajo mis pies. Y te asalta la duda, una duda cansada de no encontrar la respuesta: ¿Dónde está el niño que marcó el gol mientras sonaba la sirena?