Una crónica publicada en El Nacional narra cómo Yubini Herrera, de 40 años y paciente renal desde hace 11, lloraba en una esquina mientras esperaba que sus hermanos lo buscarán para ir de emergencia al Hospital Domingo Luciani, de la zona este de Caracas, a pedir una diálisis. “Ya estoy mal. No aguanto. Tengo dolor de cabeza, no puedo respirar”, decía sentado al lado del camión en donde unos trabajadores bajaban las cajas que contenían solo soluciones.

Herrera tenía todo el día sin comer ni tomar líquidos para evitar intoxicarse más. “Nunca me faltó la diálisis en 11 años. Faltaban solo gasas o solución y eso se podía comprar, pero estos insumos no se consiguen. Llevo seis días sin diálisis y si no consigo hoy, no llegaré vivo al sábado. ¡Qué Dios no lo quiera!”, decía el resignado paciente renal.

En un gráfica desplegada en varios portales sobre de una de las manifestaciones de enfermos renales que se han producido en los último días, a través de carteles los enfermos expresaban: “Una diálisis menos acorta nuestra vida”.

Hacia el fin de semana el cuerpo de la paciente Ezra Márquez, de 44 años, no resistió la espera de 8 días aguardando por la diálisis: “Esta es una angustia muy grande, estar aquí esperando el turno, sin saber si va a alcanzar el material para atendernos y alargarnos unos días más la vida”, expresó una de las pacientes en las afueras del Centro de Diálisis de Occidente, en Maracaibo, donde falleció Ezra.

Y observando el drama en cifras, 32 de 129 unidades de diálisis cerraron en 13 entidades del país, según información suministrada por médicos del sector Salud.

El drama de los enfermos renales lo comparten por igual los que padecen el cáncer o cualquier enfermedad que requiera de atención especializada, atención por salud o medicamentos.

Un reportero de la emisora caraqueña Unión Radio, quien caminaba por una calle del municipio Chacao, de Caracas, contaba cómo una mujer indigente dio a luz en plena vía pública. La mujer clamaba por ayuda ante las miradas de desasosiego de los transeúntes, hasta que una joven que trabajaba en una tienda la asistió con una manta.

Tales situaciones se han convertido en hechos normales para los venezolanos. Crónicas que sólo se encuentran en los portales independientes o en las redes sociales. Historias que han desbordado toda capacidad de expresión para ser escuchadas, pero inútiles frente a un Gobierno inmutable.

Maduro y su Gobierno, más interesados en los beneficios que se desprenden del poder, ahora están muy ocupados en el lanzamiento de la candidatura presidencial para alargar por seis años más la agonía generalizada, con habilidad borran con la propaganda la existencia de la crisis humanitaria.

Los portales y medios independientes que aún quedan en el país no encuentran parámetros para describir la tragedia humana que ahoga al venezolano con tan desdichadas historias que solo quedarán como registro de un oscuro episodio al que no se le ve fin.

Hace pocos días, uno de nuestro más destacados humoristas, Laureano Márquez, comparaba esta desventura con “Los juegos del hambre” haciendo alusión a un esquema diabólico en una competencia en la cual las reglas las impone el que controla el poder y que no está dispuesto a perder nunca. Un juego en el que lo que está en la apuesta final es la propia existencia.

En consecuencia, señalaba Laureano, “los opositores (el resto del país) somos sencillamente concursantes de los juegos del hambre, en el que alguien más poderoso quiere matarnos a todos”.

Las opiniones emitidas en esta sección no tienen que reflejar la postura editorial de este diario y son de exclusiva responsabilidad de los autores.

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