La presión internacional suele ser el arma más efectiva contra aquellos gobiernos que se han salido de los cauces institucionales y han terminado en manos de seudocaudillos o simplemente líderes populistas que, basados en engaños y argucias, llevan al caos a sus naciones.
Casos recientes hay varios, y quizás uno de los que más tinta ha tenido en los medios de comunicación impresos es el relacionado con el expresidente peruano Alberto Fujimori, quien hoy paga una condena de 25 años de prisión por crímenes de lesa humanidad. El mundo exigió justicia a través de la ONU y este derecho fue reivindicado por los tribunales del Perú.
En este mismo sentido, el presidente del Parlamento venezolano está demandando la presión internacional para allanar el camino hacia la democracia en ese país sudamericano que, desde la llegada del chavismo al poder, ha visto cómo sus cimientos se desmoronan dejando hambre y dolor entre la población.
Julio Borges cree que Venezuela es un país enfermo que sin el respaldo del contexto de naciones amigas de la democracia, entre ellas Estados Unidos, sería casi imposible lograr el retorno de la institucionalidad bajo principios democráticos, lejos de una dictadura que tanto daño le ha hecho a este país.
El criterio de quien es la cabeza visible de la oposición en la Asamblea Nacional tiene validez. Sin la coacción desde afuera la presión interna puede parecer coja. Y de hecho lo es si el mundo sigue festejando las burradas de Maduro y aparta de su escrutinio las imágenes de un país que de una crisis política ha pasado en corto tiempo a ser víctima de una crisis humanitaria.
El llamado de Borges recoge las voces de millares de venezolanos que están hastiados de la falacia de un Gobierno que solo aúpa unos pocos ‘enchufados’ y que más parece el entablado de un teatro de bufones de la era de Eurípides, en la Grecia antigua.
Voltear la mirada hacia Venezuela es un imperativo. Un país con una oposición constreñida entre las cuatro paredes del Parlamento y unos gobernantes cada día más ricos, a merced del narcotráfico y la corrupción, debe despertar el interés de justicia en el mundo.
Venezuela debe sentir el respaldo de ese universo que todavía cree en las bondades de la democracia, con gente que pueda salir a las calles sin miedo a la delincuencia y al mismo Gobierno, que a la postre parecen lo mismo.