Por Ariel Pérez Lazo

En unos días habrán transcurrido seis décadas del 1ro de enero de 1959: una fecha cada vez más lejana en el tiempo, pero habría que preguntarse si de menos dilatada significación histórica. En pocos días se multiplicarán también las opiniones sobre la relación entre dicho acontecimiento y la catástrofe que vive Cuba y la tan frecuente discusión de si lo ocurrido en 1959 necesariamente implicaba la implantación de un socialismo totalitario, poco tiempo después y la imposibilidad práctica de salir de él, transcurrido más de medio siglo.

Si se trataba de una revolución traicionada o una conjura para obtener el poder absoluto, es una discusión que ya ha ocupado a otros y aquí solo interesaría indirectamente. Además, recordar 1959 solo tendría sentido si se considera que dicha revolución aún subsiste. Así se sigue pensando inconscientemente en Miami. Si en Cuba se lanzarán salvas desde La Cabaña en honor al anuncio de la fuga de Batista, en Miami se hará la conmemoración en clave fatídica. Ninguna de las dos tiene sentido porque la revolución cubana ha muerto hace demasiado tiempo. No importa ahora si murió al nacer, con los primeros fusilamientos extrajudiciales en un país que prohibía la muerte por delitos políticos, o con el entierro de la constitución de 1940 en la práctica, en febrero de 1959 o con el anuncio en mayo de 1960 de que ya no se necesitaban elecciones o cualquier otra fecha más en el proceso que enterró a la República inaugurada en 1902. Habrá inclusos quienes prolongarán el proceso hasta 1968 o 1970, con el fin del entusiasmo revolucionario.

Entonces, si esta fecha ha ido perdiendo su significado: ¿Por qué el 1ro de enero sigue aun nombrándose el origen de la tragedia nacional actual? Sería interesante hacer comparaciones con otras revoluciones. La rusa de octubre de 1917 que inevitablemente viene a la mente, dejó como herencia en el pensamiento político la idea que al socialismo lo define el monopolio político de la clase obrera. La revolución cubana, supuestamente, dejaría de herencia a este mismo pensamiento que no hace falta hacer la revolución con un partido comunista, algo que ya mostraba la desconexión de la clase obrera en aquellos años con dichas ideas o tipo de partido.

Las ideas de Lenin nos ayudan, al menos, a entender que ya China no es socialista y no solo por el amplio espacio que da a la inversión privada nacional y extranjera sino y, sobre todo, porque los millonarios están en el Partido Comunista. Las de Fidel Castro, que no es suficiente que alguien que pretende hacer una revolución repudie públicamente el comunismo si al mismo tiempo no posee un firme compromiso con las formas democráticas: siempre podrá intentar establecerlo.

Todo esto parece algo trivial frente al hecho de que el socialismo, incluso en su variante mixta, incorporando un espacio para la pequeña y mediana empresa privada, es un régimen inviable y que no ha podido legar a la historia un régimen económico nuevo como lo hicieron las revoluciones inglesa y norteamericana. La única forma de darle algún tipo de trascendencia histórica a la serie de revoluciones “comunistas” efectuadas en Rusia, China y Cuba (en otras geografías ha sido más bien pura importación o imposición) es decir que crearon un método para sustituir o eliminar radicalmente unas elites por otras en muy breve tiempo. Un método, por supuesto, que nadie quisiera ahora repetir. Solamente en Rusia implicó la muerte directa de varios cientos de miles de primero nobles, luego kulaks. En Cuba, el método escogido fue más bien, provocar la emigración.

No han servido estas revoluciones, por supuesto, para eliminar la pobreza, en todo caso la han agravado dondequiera que mantuvieron el espíritu colectivista de la política económica; menos aun para establecer la igualdad de clases. Así está sucediendo en Cuba. Ya no están allí los Fanjul, los Lobo, los Sarrá y otros nombres que podían escucharse en la Cuba de 1958. Ahora hay una emergente clase empresarial que hemos sabido recientemente envía unos 3000 millones al extranjero entre compras y viajes. No está mal para un país cuyo salario mensual per cápita no rebasa los treinta dólares. Sin embargo, estos pequeños empresarios no saben asociarse entre sí, ni invertir este capital en el extranjero y obtener ganancias que de cualquier forma, no podrían repatriar, pero constituirían una hipotética reserva para enfrentar la costosa transición económica al capitalismo de libre mercado que vendrá. Ignoramos sus nombres. La elite política mueve también ciertas sumas, pero de una manera que les impide aparecer como verdaderos empresarios ante la opinión publica. En realidad, están más interesados en mantener privilegios que en competir, se parecen mucho más a los miembros de la Real Compañía de Comercio de La Habana que a lo que define a los empresarios de hoy.

A diferencia de China, Cuba no ha logrado atraer al capital extranjero. La elite que monopoliza el poder político espera atraer una inversión foránea que duplique la actual en diez años. Lo cual, unido a una serie de impuestos y restricciones ridículas mantienen al país enquistado en la miseria en espera de esa hipotética década, allá en el 2030 que los haga vivir quizás con unos 60 dólares al mes.

De cualquier manera, estos empresarios difieren de aquella burguesía de 1958. No levantan elegantes palacetes en el barrio de El Vedado de La Habana ni pretenden oponer como aquellos, a la colonial Habana un estilo inglés o norteamericano a las mansiones de la calle Calzada que aún a Carpentier-tan amante de la arquitectura colonial- asombraron. Tampoco tienen una revista Social que supo dar una tribuna a los radicales de entonces: desde Emilio Roig de Leushenring a Villena. Una burguesía que tenía como aliados a la Iglesia católica y al Diario de la Marina. Ya aquella burguesía era el pálido reflejo de la del siglo XIX, la de Miguel Aldama, el conde de Pozos Dulces y el marqués de Santa Lucia que quisieron hacer de Cuba o un Estado moderno dentro del imperio español o una República. La que ahora existe no tiene revistas ni estilos arquitectónicos. Es una burguesía con muy escaso o nulo capital simbólico. Y no se piense esto es solo obra del monopolio que tiene la elite de los vencedores de 1959 sobre los medios de prensa. Los medios independientes, desde Cubanet hasta 14 y medio no están interesados en contribuir a ese capital, prefieren dar espacio al pueblo llano o a los intelectuales. En el exilio menos aún, interesado en derrocar directamente el régimen político actual.

Esta es la herencia más visible de la revolución de 1959: ha desaparecido la burguesía cubana sin que eso implique una mayor igualdad y por supuesto trayendo una serie de consecuencias sociales que convendría analizar por separado. Hay dinero, a veces millones, en pocas manos, pero no capital en el sentido simbólico de la palabra. No opone esta nueva clase un tipo de música frente al reguetón que ha sustituido a la trova oficialista y al rock otrora género contestatario. Menos aún modas intelectuales como las que anticiparon la revolución del 30 y que Mañach describiera en El estilo de la revolución. Esto es lo que muy modestamente podrían celebrar sus partidarios, si es que se tratara de un logro porque ha sido lo único que ha perdurado de todas las transformaciones sociales, mayormente arbitrarias, ocurridas. Por supuesto, acudirán a la tasa de mortalidad infantil, o al número de graduados universitarios, logros que solo tendrían real valor si se omite el de la bajísima natalidad o el número de esos mismos universitarios que se ven forzados a emigrar o el de la calidad que ya esta misma educación está perdiendo debido al bajo salario de maestros y profesores. De cualquier manera, convendría preguntarse sobre el significado de esta fecha una vez que lo que pretendiera ser una revolución se convirtió en un experimento socialista fracasado que intenta ser sustituido por un capitalismo de elite y sin burguesía.

Las opiniones emitidas en esta sección no tienen que reflejar la postura editorial de este diario y son de exclusiva responsabilidad de los autores.

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