Si los venezolanos queremos, de verdad, tener una sociedad distinta a la actual, libre y democrática, tendremos que empezar a estar de acuerdo con los desacuerdos y a aprender a aceptarlos.

Si queremos, de verdad, recuperar la libertad, no debemos negárnosla a nosotros mismos, comenzando por la libertad de disentir.

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Si queremos, de verdad, vivir en democracia, no debemos impedir, coartar o estigmatizar el disenso, ni por ello ejercer el escrache entre nosotros.

Ese mismo sentir frente al disenso quedó magistralmente plasmado en la famosa frase de la escritora británica Evelyn Beatrice Hall, que dice "Estoy en desacuerdo con lo que dices, pero defenderé hasta la muerte tu derecho a decirlo" y que erróneamente le es atribuida a Voltaire.

En nuestro anteúltimo artículo indicábamos que, a cambio de la salida del tirano, no se nos podía pedir a los ciudadanos que aceptáramos un gobierno de transición en cohabitación con la caterva de malandros que conforman la dictadura. Ello ha quedado, luego del pasado 30 de abril, meridianamente de manifiesto en la opinión pública.

También está muy claro, para todos los venezolanos de bien, que cada vez que el régimen confronta problemas que ponen en riesgo su permanencia apelan al diálogo, para enfriar la calle, y luego incumplen abiertamente sus compromisos.

Esa es la razón por la cual el término “diálogo” se encuentra maltrechamente devaluado. La sola mención de que los demócratas van a sentarse en una mesa a conversar, discutir y buscar acuerdos con miembros del régimen genera en la sociedad civil, casi de inmediato, una reacción de rechazo e incluso de acusaciones de colaboracionismo o de traición.

A riesgo de ser objeto de incomprensión por parte de los lectores, sostengo que para poder lograr y luego conservar un país verdaderamente libre y democrático, tanto los políticos como los ciudadanos estamos obligados, por necesidad y conveniencia, al diálogo siempre y en todo lugar.

La realidad comprobada de que a los políticos de este régimen socialista no se les puede creer ni el Padrenuestro no puede justificar el que se quiera demonizar el diálogo, que es y será un elemento esencial para lograr y mantener la libertad y la democracia.

Imaginemos por un instante cómo será la caída del régimen. Seguramente podremos advertir que, en sus estertores, en sus últimas horas, los usurpadores, que hasta ese momento secuestraban el poder y se jactaban de tener el control absoluto de Venezuela, tuvieron que dialogar con los demócratas, que hasta entonces eran perseguidos, exiliados o encarcelados, a fin de negociar un salvoconducto para salir del País con sus familias.

Ahora imaginemos también por un instante que, en los últimos días del régimen y ante el clamor de la ciudadanía, los demócratas se negaren a dialogar con los usurpadores. No hay que ser demasiado inteligente para anticipar el sangriento resultado.

Frente a unas lacras arrinconadas que han demostrado su infinita maldad y su falta de escrúpulos, el diálogo y la negociación para acordar su salida del País, va a ahorrarnos meses o años de dictadura aunados a un muy doloroso derramamiento de sangre adicional.

La negociación con la tiranía es y seguirá siendo necesaria y conveniente, antes, durante y después de las balas, los cañones, el bombardeo o la intervención.

Los ciudadanos venezolanos tenemos que ser coherentes, no podemos exigir a nuestros políticos demócratas que se abstengan de dialogar, negociar y acordar la salida de los usurpadores y luego de ello exigirles que se sienten a dialogar, negociar y acordar con la sociedad civil un nuevo pacto social para la construcción de una sociedad libre y democrática de verdad.

juanriquezes@gmail.com

@juanriquezes

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