A Powell y Rice, hermanos de raza
En las últimas cuatro décadas, nueve presidentes han pasado por la Casa Blanca. Y Fidel Castro sigue ahí. Con su uniforme verde olivo. Comandando los destinos de Cuba desde su despacho en el Palacio de la Revolución.
Lo normal, lo lógico, es que en 43 años, por lo menos, ocho mandatarios hubieran gobernado en la Isla, fruto de elecciones libres y respaldados por una Constitución que no permitiera más de dos períodos en el poder. Mas eso no ha ocurrido. Esta situación anormal e ilógica podría resumirse en pocas palabras: Castro es Castro. Pertenece a esa rara especie de animales políticos contemporáneos en proceso de extinción.
Cuba y Estados Unidos son como dos narizones: no se pueden besar. En una y otra orilla en todos estos años ha primado la obstinación y el enfrentamiento. Estados Unidos jamás debió haber roto las relaciones diplomáticas con la Cuba de Castro. Tampoco de la isla debieron irse políticos, empresarios y profesionales. Cubanos que habían llegado a situar al país entre los más desarrollados del continente, pese a altibajos internos.
Al abandonar el navío, este quedó a la deriva. En manos de un solo timonel. Toda esa etapa sin precedentes en nuestra centenaria república y que parece no tener fin, pudiera estar a punto de finalizar si, por un lado, el gobierno de Fidel Castro reconociera la existencia de una oposición pacífica y de grupos con propuestas válidas como el Proyecto Varela; tratara de lograr un diálogo y emprendiera un programa de reconciliación nacional que incluyera una amnistía política general como la decretada por Batista en 1955, y que permitió a Castro y sus seguidores salir de la cárcel, después del fallido intento de asaltar el cuartel Moncada en 1953.
Y, por otro lado, el gobierno de Estados Unidos, dentro del cual ustedes ocupan decisivos cargos, se percatara de lo obsoleto que resulta el embargo, lo dejara sin efecto y diera paso a una serie de medidas encaminadas a normalizar las deterioradas relaciones entre Cuba y los Estados Unidos.
La realidad ha demostrado el fracaso de la política mantenida hacia Cuba por las administraciones estadounidenses desde 1959 a la fecha. Entonces, ¿por qué no emprender un camino nuevo, distinto, nunca antes recorrido?
El problema, a mi modo de ver, es que la isla de Cuba perdió para Estados Unidos el encanto que en el pasado tenía. Junto con el olvido, brotó la indiferencia y el desamor. Dejamos de ser La Perla de las Antillas. A ello se suma el deterioro de ciudades como La Habana, que se desplomaría al paso de un huracán fuerza cinco, y el empobrecimiento de una población que habita en viviendas deplorables, sumergida en un mar de penurias.
Muchos cubanos arriban a Estados Unidos bajo el status de refugiados políticos y en la actualidad también abundan los emigrantes económicos. Casi todos se quedan en la Florida, estado donde han erigido un poderoso lobby anticastrista. Sus opiniones son valoradas a la hora de Washington tomar decisiones relativas a Cuba.
Pero considero imprescindible que tanto ustedes como los funcionarios especialistas en asuntos cubanos puedan contar con los criterios de cubanos radicados en la Isla, en particular de aquellos que desarrollamos una labor al margen del control estatal. De 1974 a 1994 me desempeñé como periodista en medios oficiales y a partir de 1995 lo hago dentro del centenar de mujeres y hombres que de un extremo a otro de la Isla hemos contribuido a desarrollar la prensa independiente. He escrito una docena de artículos sobre el tema negro, tabú en Cuba.
En el último, titulado Las campanas no doblan todavía por los negros, redactado el 8 de abril de 2002, decía: "Queda la esperanza de que el talento negro se imponga más allá de los delitos, la música salsa y el ring de boxeo. Y con dificultad, venciendo toda clase de obstáculos, los negros demuestren un día ser capaces de ocupar posiciones tan elevadas como en Estados Unidos hoy ocupan Condoleezza Rice y Colin Powell".
Cuando escribí ese artículo, no imaginaba que un día me animaría a hacerles esta carta abierta. Después de haber conocido en La Habana al periodista Clarence Page, columnista del Chicago Tribune, residente en Washington, me decidí a redactarla. La escribí el lunes 27 de mayo, cuando en Estados Unidos se celebraba el Memorial Day.
Una fecha que en 2002 sirvió para recordar a las víctimas de los atentados terroristas del 11 de septiembre. La redacté poco después de que el expresidente Jimmy Carter estuviera en Cuba y sin tapujos hablara ante un público políticamente adverso en la Universidad de La Habana. Un viaje histórico del cual los cubanos esperamos resultados concretos. Inspirada en esa atmósfera, les pido que se olviden de Fidel Castro y su modo totalitario de gobernar.
Se los pide alguien que, por escribir este texto, puede ir a la cárcel. Una mujer que conoce de cerca lo que es el asedio y la represión. Piensen en los millones de cubanos de a pie. Negros, mulatos, blancos. Mujeres y hombres quienes, a pesar de incesantes actos antimperialistas y sostenido discurso antiyanqui, no odian a los americanos.
Gente sencilla como yo que no pierde las esperanzas de antes de morir ver a las patrias de Lincoln y Martí convivir civilizadamente. Saludos cordiales, Tania Quintero Antúnez.
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El primer libro con una visión distinta acerca de Fidel Castro y la revolución cubana que leí me lo envió un brasileño. ¿Su título? Fidel, un retrato crítico, de Tad Szulc, periodista estadounidense de origen polaco. Un sinfín de personas lo continuarían leyendo y le perdí la pista. Lo mismo me ocurrió con Made in Japan, de Akio Morita, fundador y dueño de Sony. El libro me llegó cuando en Cuba hacía furor la perestroika y la glasnost emprendidas en la URSS por Mijaíl Gorbachov. En ese momento, economistas, ingenieros, técnicos, periodistas, funcionarios políticos y administrativos, tenían gran avidez por leer acerca de la excelencia capitalista en la producción.
Traduje del portugués al español varios fragmentos de Made in Japan y los hice llegar al Departamento de Orientación Revolucionaria del PCC, donde a veces enviaba materiales que consideraba interesantes reproducir en unos boletines dirigidos a la militancia (debo aclarar que no era, ni nunca fui militante del partido).
Para contrarrestar el éxito de Made in Japan, el estadounidense Lee Iaccocca, presidente de la Chrysler, escribió Hablando claro (Talking Straight). El mismo amigo de São Paulo que me había enviado el libro de Akio Morita me lo hizo llegar. No todos los libros obsequiados por brasileños eran best-sellers políticos, económicos o financieros.
Cuando Thiago de Mello estuvo como jurado del Premio Casa, me regaló y dedicó su libro-poema Los Estatutos del Hombre. Igual hizo Frei Betto con la edición brasileña de Fidel y la religión. Un presente de gran valor fue un libro sobre la historia de la telenovela en Brasil y cuyo título no recuerdo: a fuerza de conocer tantos brasileños y como consecuencia del boom desatado en Cuba a partir de 1983 por el estreno del serial Una mujer llamada Malú, me convertí no solo en 'brasileñista', también en 'especialista' en culebrones de ese país
De todos esos libros, al que le saqué más provecho fue A vida em flor de Dona Beja, de Agripa Vasconcelos, que contaba la historia de Ana Jacinta de São José, la Doña de Araxá, Minas Gerais, y cuyo vida inspiraría la telenovela Doña Beija, interpretada por Maité Proença, producida por TV-Manchete y que consiguió hacerle competencia a la todopoderosa Rede Globo.
En Opina, tabloide dedicado a los consumidores que circuló en La Habana en la década de 1980-90, siempre tuve espacio para publicar sobre artistas y novelas de Brasil. En Opina publiqué resúmenes del libro sobre la vida de Doña Beja. Después, con todo ese material, imprimieron un folleto sobre las dos Beija, la real y la ficticia.