Ruido, urgencia y parloteo son la droga del siglo. El ruido no se detiene. La ciudad bulle a todas horas, cada día. Todo el mundo habla todo el rato. Callarse está mal visto. No importa lo que decimos, importa que no haya silencios. No exista ya mirada alguna huérfana de palabras; estrictamente no existe contemplación. Hay borracheras de frases, festivales de prisas, bacanales de impactos sensoriales. No descansa la vista, no descansa el oído, no descansa el corazón. No reservamos ni un instante para enfrentarnos al vacío, a nosotros. No reservamos ni un instante para reconocernos, para descubrirnos, para saber quién somos.

La modernidad ha proscrito el silencio. No solo la misma ausencia de ruido ambiental, sino también el ruido intelectual, esa maraña de preocupaciones, imágenes y pensamientos que se revuelve en nuestra cabeza. Con el destierro del silencio, el siglo XXI pretende aniquilar el espíritu, la conciencia, y toda trascendencia.

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No sé ya dónde se oculta el silencio. Venerable tesoro, misterio de gracia y esparcimiento para el espíritu. No sé quién puede distinguir la belleza entre tanta distorsión. No sé dónde está el vacío, la nada, y todo aquello que por contraste puede enseñarnos qué somos. No sé quién puede tener tiempo para contemplar esta noche estrellada con tanto y tan urgente que sentir, que hacer, que experimentar. O quién para pasear junto al mar. O quién para leer poemas en un parque olvidando la agonía del segundero.

De pronto, un oasis de soledad, un bálsamo de silencio. Y entonces aparece la voz interior. Como un extraño. Es casi imperceptible. Y nos escuchamos. Es tal vez el alma que protesta aturdida, despertando vagamente del narcótico, pidiendo un momento de tregua, una mirada, aunque sea furtiva, al sentido de la vida que arrastramos como autómatas. Quizá nos sugiera aspirar lentamente la brisa en esta noche sosegada, de un silencio denso, tan solo rasgado por el arrastre de algunas hojas por las aceras. Descubrir la belleza de esta madrugada de silencio que oprime dulcemente, que desbarata ansiedades, que nos empuja a los abismos de lo espiritual; nada más humano.

Leo estos días con devoción el libro La fuerza del silencio del cardenal Robert Sarah y Nicolas Diat. Rara vez un texto –extraordinariamente escrito- se adecúa con tanta precisión al juicio previo que me había formado sobre una idea, la necesidad de los ratos de silencio y soledad, agrandándola, luciéndola y solidificándola. Su grito, ahogado, sordo, en defensa del silencio y la humildad, golpea al epicentro de nuestra forma de vida. Nos empuja inevitablemente a una reflexión inquietante: solo ausentándonos del ruido del mundo podemos llegar a descubrir el paraíso que está detrás de ese telón atronador.

La vida de los monjes cartujos, dedicados en exclusiva a la contemplación, viviendo en aislamiento, pobreza, silencio y soledad, inspiraron al cardenal Sarah para redactar estas bellísimas páginas que invitan a los contemporáneos a detener el ciclo de ruido y locura, a tener la valentía de enfrentarse al silencio y la soledad de la habitación. Es ahí donde se nos permite aventurarnos hacia nuestro interior, comprender algo de nuestra misteriosa existencia, y es ahí, según La fuerza del silencio, el único lugar o estado en el que podemos escuchar la voz de Dios, que habla a través del silencio; el mismo con el que esta semana, y no por casualidad, recorrerán las calles tantos pasos procesionales en la tradicional Semana Santa española.

Supongo que la noche, siempre más callada, es tiempo de calma y reflexión, por eso la lejanía del campo o la montaña propicia que ordenemos nuestras ideas, por eso aislarnos de los impactos constantes de la tecnología sosiega nuestro malestar. Sin embargo, el ruido es también adictivo y narcótico, y eso lo dificulta todo. El silencio nos provoca, en un primer momento, síndrome de abstinencia. Pero la conquista del silencio es para valientes, para quienes, creyendo o no, se atrevan a conceder una oportunidad a la sutilísima y enigmática voz de Dios; que habla mirando, que habla sin palabras, que sugiere, consuela y abraza en la calma blanca de ese silencio al que jamás debemos dar por perdido.

Las opiniones emitidas en esta sección no tienen que reflejar la postura editorial de este diario y son de exclusiva responsabilidad de los autores.

 

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