Estamos en junio, y mientras muchos cuentan los días para colgar el cartel de “cerrado por vacaciones”, hay otro grupo de personas —quizá tú entre ellas— que empieza a notar un nudo raro en el estómago, una sensación contradictoria: ganas de vacaciones, sí… pero también agobio, tensión, mal humor. ¿Cómo puede ser que unas vacaciones que se esperan todo el año empiecen a sentirse como un marrón?
Bienvenido al síndrome prevacacional, ese fenómeno poco nombrado pero bastante habitual en estas fechas. No tiene categoría oficial en los manuales diagnósticos, pero eso no lo hace menos real. Se trata de un conjunto de síntomas emocionales, físicos y conductuales que aparecen justo antes del inicio de las vacaciones y que, lejos de generar alivio, pueden intensificar el estrés. ¿Te suena?
¿Por qué me pasa esto si teóricamente estoy a punto de descansar?
La respuesta no es sencilla, pero sí lógica. El prevacacional no es tanto un “mal” en sí, como un reflejo de cómo vivimos el trabajo, el descanso y nuestras propias expectativas.
Por un lado, llegamos al final del curso (porque sí, el calendario laboral sigue oliendo a colegio) con baterías bajo mínimos. Estamos tan cansados que todo cuesta el doble: concentrarse, organizar, comunicar… y eso genera errores, conflictos, sensación de estar saturados.
Por otro lado, las vacaciones se convierten en un proyecto en sí mismas. No solo hay que preparar informes, cerrar proyectos, dejarlo todo atado. También hay que cuadrar fechas, buscar vuelos, pelearse con Booking, dejar la casa lista, coordinar con la familia y encima sonreír porque se supone que estás feliz. ¿Cómo no vas a estar estresado?
Y por último, hay algo más sutil pero muy real: ¿qué pasa cuando por fin tienes tiempo? Tiempo para pensar, para sentir, para estar contigo. A veces, el descanso también nos confronta con emociones que llevamos meses posponiendo. De pronto aparecen preguntas incómodas: ¿Estoy donde quiero estar? ¿Estoy contento con mi vida? ¿Y si no disfruto de las vacaciones como espero?
¿Se puede evitar este “pre-caos”?
La buena noticia es que sí se puede gestionar, y sin necesidad de mudarse al Tíbet. Aquí van algunas ideas para no entrar en modo “me voy de vacaciones gritando”.
No, no vas a dejarlo todo perfecto. Siempre quedará algún correo sin contestar o alguna carpeta sin archivar. Tu paz no depende de terminar todo, sino de permitirte parar.
- No conviertas las vacaciones en un nuevo trabajo
Organiza lo justo y necesario, pero suelta la necesidad de controlarlo todo. Si no ves los 7 museos que marcaste, no pasa nada. Si llueve en la playa, tampoco. A veces, lo mejor del verano ocurre cuando no lo habías planeado.
El cansancio no es debilidad, es un mensaje. No necesitas vacaciones para rendir más después: necesitas descansar porque eres humano.
- Habla con humor (y con otros)
Compartir cómo te sientes con tus compañeros o amigos puede ayudar a desdramatizar. Verás que no estás solo. Hacer chistes con los “checklists infinitos” o los grupos de WhatsApp familiares también ayuda a oxigenar.
Y si todo falla…
Recuerda: no tienes que ser feliz en vacaciones. Solo tienes que estar, vivirlas, y dejar que te pasen. Quizá el verdadero descanso no está en irte lejos, sino en poder ser tú mismo sin tantas exigencias, también en verano.