El vuelo a Buenos Aires, nueve horas desde Miami, se me hizo corto porque leí un libro estupendo de Renato Cisneros, “Algún día te mostraré el desierto”, y vi capítulos de “El patrón del mal”, además de algunos de “Black mirror”. Con buenos libros y buenas series, los vuelos largos se hacen menos tediosos.

El aeropuerto de Ezeiza era un caos aquella madrugada, las colas de centenares de personas parecían el cuerpo de una serpiente infinita. Sufrí una taquicardia y casi caí desmayado, alguien me vio pálido y tembloroso y me llevó a una ventanilla para diplomáticos y discapacitados. Me pareció apropiado: me considero el presidente constitucional del Perú en el exilio, el cónsul honorario en Key Biscayne y el próximo embajador en Buenos Aires, o sea que, bien miradas las cosas, y sin exagerar, soy todo un diplomático y así me comporto en televisión, y ya va siendo hora de que la cancillería de Lima me expida un pasaporte que acredite mi condición de diplomático. Además, estoy tan gordo que me considero un discapacitado, y soy tan tonto que es justo que se entienda mi idiotez incurable y de origen genético como una forma de minusvalía. Soy, pues, un diplomático lisiado, un embajador tarado, y me correspondía en justicia hacer la fila breve a las que fui llevado casi en andas.

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Como sabe cualquier viajero perspicaz, llegar a Buenos Aires entraña dos esfuerzos no menores: el vuelo prolongado y luego, exhausto ya el viajero, el taxi al hotel o a casa. Si uno llega por la mañana un día laborable, bien puede tardar hora y media o dos horas el trayecto a paso de hombre del aeropuerto al hotel. Tuve la fortuna de llegar a las cinco de la mañana. No había tráfico espeso, ni siquiera en la 9 de Julio, y por eso llegamos en menos de una hora al hotel. Hacía 6 grados centígrados. Necesitaba sentir ese frío vivificante, escapando de los 40 grados de Miami. Llegaba a Buenos Aires a presentar mi novela “Pecho Frío”, a ver los resultados de las elecciones primarias que se anunciarían ese domingo y, sobre todo, a descansar de la canícula opresiva, sofocante, insoportable de Miami, que, en agosto, es el infierno mismo. Echado en la cama de mi habitación en el Alvear de Recoleta, uno de los hoteles más lindos del mundo, tratando de conciliar un sueño que me resultaba evasivo, echando de menos a mi esposa, me pregunté si no habría sido una temeridad o una imprudencia tomarme una semana libre de la televisión y viajar solo a Buenos Aires. En esos momentos, uno se cuestiona si viajar valió la pena. La respuesta solo se conocerá cabalmente los días subsiguientes, según vengan preñados de contrariedades o felicidades, eso nunca se sabe, y menos en Buenos Aires, donde todo es tan impredecible, un manicomio lleno de locos adorables en el que siempre me siento en casa.

El domingo fue un día aciago, malhadado, que reafirmó mi sospecha de que tal vez no debía haber viajado. Porque me habían invitado a un programa nocturno del canal América y me cancelaron sin miramientos, lo que me hizo sentir que era un bulto, un lastre, un señor pesado, indeseable, prescindible, al que era mejor no invitar al plató. Y luego se torció más el día cuando se anunció, pasadas las diez de la noche, yo adherido al televisor, que el presidente había sufrido una paliza demoledora y el candidato de la oposición peronista le había sacado una ventaja de quince puntos, casi cuatro millones de votos, una diferencia que, de cara a las elecciones de octubre, parecía imposible de remontar. Yo sospechaba que, como predecían todas las encuestas, el presidente perdería, pero pensaba que la diferencia sería de cuatro a seis puntos. Las elecciones primarias de ese domingo, que eran una suerte de simulacro, uno de esos ensayos o entrenamientos en los que te dicen cómo debes reaccionar cuando hay un terremoto, habían provocado, en medio del simulacro, un terremoto real, un movimiento telúrico, un cimbronazo tan violento que había dejado al presidente y a su gobierno en ruinas, en escombros. Yo presagiaba que la expresidenta había acertado al designar como candidato presidencial a su ex jefe de gabinete, un señor de bigotes copiosos, cantante aficionado, padre risueño de hijo artista que se viste de mujer, paseador de su hermoso perro, huésped o visitante indefinido de un amigo que le presta de modo vitalicio su departamento de Puerto Madero, qué grandes amigos son los argentinos, solo en la Argentina los políticos más poderosos viven en las casas de sus amigos, menuda fortuna la suya, pero no sabía que la expresidenta había acertado con tanta clarividencia. Pasada la medianoche, sumando y restando votos, llegué a la conclusión de que la suerte estaba echada y el presidente no podría conseguir la reelección: casi cuatro millones de votos eran demasiados votos, la suma de todos los votos de los candidatos de centro y derecha y los votos en blanco, cuatro millones en total, una suma posible de trasvasar al presidente en la aritmética, pero imposible en la política.

El lunes amanecí con la garganta inflamada, pero conseguí aplacar el incendio en la cámara de vapor del hotel. Me preparé juiciosamente toda la tarde para el programa de Alejandro Fantino a la medianoche, “Animales sueltos”, en el canal América. Les dejé saber a sus productoras que me tentaba mucho hablar de política argentina. Sin embargo, para mi estupor y desolación, nuevamente me cancelaron, me expectoraron como a un gargajo, me expulsaron como a un salivazo que se eyecta a la acera, me dijeron que, pensándolo bien, era mejor que no fuese al programa. El país está incendiándose, está todo revuelto, no podemos recibirte, me dijeron. Aquella tarde me había comprado unos zapatos y una corbata para estrenar en el programa y, de nuevo, me dejaron como a novia malquerida, despechada. Ni modo, me dije, lo que ocurre, conviene. Así que caminé a patio Bullrich y entré al cine a ver la última de Almodóvar, “Dolor y gloria”, que extrañamente aún no estrenaban en Miami. La película me traspasó, me conmovió. Las escenas entre el cineasta y su madre que le hace reproches penúltimos por haberla retratado a ella y a sus amigas en sus películas me reunieron con mi madre en el territorio íntimo y afiebrado de la memoria, de las culpas, de las tristezas sin remedio, y me hicieron llorar, porque mi madre también me ha dicho lo que le dice al cineasta su madre también religiosa, antes de decirle cómo debe vestirla cuando la entierren: que ha sido un mal hijo, un hijo egoísta, un hijo ensimismado, un hijo desalmado para usarla en sus expresiones artísticas. La madre religiosa tiene razón y el hijo artista tiene razón, ambos tienen razón, y ambos se aman por encima de los reproches y malentendidos. Éramos seis u ocho viejitos aquella noche en el cine y todos salimos cojeando, sollozando, moqueando. Menos mal me canceló Fantino, pensé. Como no soy rencoroso, nada más entrar en la habitación puse “Animales sueltos”.

El martes cambié dólares a 58 pesos y me sentí Warren Buffet o George Soros, un genio visionario de las finanzas, porque había llegado a la Argentina con un dólar a 46 pesos, o sea que gané casi 30 por ciento en el tipo de cambio en cuestión de días. Era el momento más propicio de todo el gobierno para llegar a cambiar dólares a la Argentina, la suerte me favoreció. También me acompañaron los duendes del azar en las entrevistas que concedí en el piso diez del hotel a Mariana Arias de “La Nación” y Paula Conde de “Clarín”, que disfruté muchísimo, más de lo que esperaba, porque ambas habían leído la novela y se habían reído con algunos nombres de ciertos personajes, como Culo Fino, Chucha Seca, Paja Rica y el argentino Bobo Rojo, que está escribiendo un libro que nunca termina, y otros como Mea Finito, Leche Aguada de Coco, Puro Ron y Poto Roto. Pero lo mejor vino a la noche: a sugerencia de Esperanza, mi amiga de la conserjería, fui a cenar a La Pecora Nera Grill, en la calle Rodríguez Peña, donde quedé absolutamente maravillado, tanto que volví todas las noches a cenar. Todo me pareció absolutamente delicioso. Daniel, el chef, me hizo sentir en casa. La milanesa de lomo, el pastel de choclo, las empanadas, la burrata con jamón serrano, el helado de maracuyá, todo resultó una fiesta de los sentidos, una orgía perpetua.

El miércoles grabé una hora de conversación con mi amigo Luis Novaresio en el canal América, hacía tiempo que no me hacían una entrevista tan buena, qué agudo y penetrante es Luis escuchando, preguntando y repreguntando, al punto que, además de hablar de política, terminamos hablando de asuntos más íntimos, por ejemplo de cómo hacer un uso ingenioso y placentero de los orificios que nos han sido dados, el único momento en que sentí que mi querido Luis se ruborizaba con mi impudicia. Luego el chofer venezolano, un muchacho de apenas veinticinco años que me dijo que a los treinta piensa ser millonario y tener un departamento en la avenida Libertador, me llevó a un programa del canal TN, “A dos voces”, donde me tuvieron hora y media esperando, escuchando un soponcio de entrevistas, y me dieron quince minutos lánguidos al final: se me hizo larga la espera y corta la charla, pero al menos me di el gusto de criticar a mis adversarios de la oposición peronista y sugerir una mirada compasiva hacia el presidente, ahora tan denostado, a quien le estalló una bomba que dejó activada su antecesora, de pronto convertida en heroína, salvadora de la patria, justiciera, luz virtuosa y redentora de los desposeídos: no me cuenten a mí entre sus adulones en esta hora en la que ella brilla y el presidente se hunde en la penumbra, en las tinieblas espesas del rencor y la ingratitud. Así es la política, así son los políticos, solo gomas de mascar: la gente los mastica y, cuando se les acaba el azúcar, los escupe. Al presidente los escupieron el domingo pasado; la expresidenta es increíblemente un chicle que para muchos todavía tiene azúcar.

Lo mejor de mi agenda fue pasar por el programa “Pensándolo bien” de radio Mitre, que conduce un escritor de inmenso talento, Jorge Fernández Díaz, y enriquecen, con su sabiduría y su inventiva dialéctica, Laura Di Marco y Miguel Wiñazki, formidables contertulios, lo mismo que el joven maravilla Guido Martínez, a quien encontré guapísimo y envidiablemente delgado: a cada uno de ellos le obsequié una copia de “Pecho Frío” porque son mis amigos virtuales, pues los escucho todas las tardes, en el auto, rumbo al canal de televisión en Miami. Luego Jorge y yo fuimos a cenar y aquella conversación entre dos viejos periodistas devenidos escritores fue una charla magistral que Jorge me regaló con desmesurada generosidad: hablamos de sus amigos Marías y Pérez-Reverte, de Muñoz Molina y Elvira Lindo, de Manuel Vicent y Juan Cruz, Tomás Eloy Martínez y Piglia, de Fresán y Andahazi, de Pauls y Caparrós, de Birmajer y Mairal, de Aira y Soriano, y Jorge, un fascinante contador de historias, un gran relator oral, me permitió conocer algunos secretos de todos esos escritores que habíamos leído.

Mañana recibiré a mis lectores y espectadores en un salón del hotel Alvear. He comprado cien ejemplares de “Pecho Frío” para obsequiarlos entre ellos. Pero ¿no será un cálculo demasiado optimista? ¿Vendrán al menos cien personas a la presentación? No lo sé. Si vienen apenas diez o doce, lo disfrutaré de todos modos y regalaré los ejemplares de “Pecho Frío” a todos mis amigos, los empleados del hotel, que, sin exagerar, se cuentan por decenas.

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