Sea civil o militar sin importar género o edad, ocurre. En la dictadura de Nicolás Maduro los venezolanos detenidos y secuestrados por los organismos de inteligencia y represión, son aplastados en total indefensión. Es un régimen de terror que actúa con impunidad ante los ojos del mundo. A los sospechosos de ser desleales al régimen o de tener opinión política propia, los desaparecen sin orden de captura y sin informar a los familiares. Los muelen a golpes desde un primer momento. En ocasiones ni siquiera buscan una confesión. Importa más generar pánico entre sus compañeros. En la Dirección General de Contrainteligencia Militar con el general Iván Hernández Dala a la cabeza, está la principal sede de las torturas.

El capitán de corbeta Rafael Acosta Arévalo falleció el pasado 29 de junio como consecuencia de una rabdomiólisis, con politraumatismo generalizado. Se trata de una reacción defensiva de los músculos ante severas lesiones. Se produce por lesiones graves por compresión o aplastamiento que en este caso generó un edema cerebral severo debido a insuficiencia respiratoria aguda, causando la muerte.

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Los afectados por rabdomiólisis son con frecuencia heridos en terremotos y bombardeos. No quedan dudas de que al capitán le causaron la muerte luego de una brutal golpiza, tan fuerte, tan grande, que su cuerpo se defendió apagándose.

El capitán Acosta Arévalo dejó viuda y dos hijos. Ni siquiera tuvo la oportunidad de ser escuchado en un tribunal. Llegó en tan malas condiciones a la audiencia de presentación que el juez tercero de control militar lo envió al hospitalito en Fuerte Tiuna donde murió. En el tribunal no pudo ponerse en pie. Con evidentes señales de torturas procuró auxilio.

Después, el gobierno usurpador de manera miserable evidenció el desprecio de sus miembros por la vida humana a través de un comunicado donde trató una vez más de manipular los hechos referidos al crimen del capitán. Ya no se esfuerzan por ocultar su odio. Mienten desde la primera línea al afirmar que el capitán Acosta Arévalo fue imputado (falso, se desmayó antes) por los delitos de terrorismo, sedición y magnicidio en grado de frustración. Ni siquiera se ocuparon de elaborar bien su mentira. Según expediente en el tribunal tercero militar, los delitos eran traición a la patria, rebelión militar e instigación a la rebelión.

Y cuando aún estábamos con la indignación a flor de piel por ese caso, Rufo Chacón, de 16 años, recibió una lluvia de perdigones a quemarropa de manos de la Policía de Táchira. Protestaba junto a su madre y su hermanito (también herido) ante la falla en el suministro de gas. Estaban en una calle de San Cristóbal. Allí muchas familias agotadas, exigían el servicio de gas para poder preparar los alimentos para los niños. La indignación se incrementa con la certeza de que hay un corrupto del régimen que se está apropiando de un dinero extra, traficando con el gas, valiéndose del carnet de la patria o de ser militar. Rufo no estaba conspirando, ni siquiera tenía una piedra o un palo en la mano. Recibió 52 perdigones. Todos en su cara. De ellos, ocho en un ojo y cuatro en otro. Perdió la vista para siempre. Su madre repite llorando que Rufo se quiere morir.

Son dos casos con pocos días de diferencia que retratan la dictadura sanguinaria. Hacía pocas horas la Alta Comisionada de Derechos Humanos de la ONU, Michelle Bachelet, se había marchado del país. Los miembros de Organizaciones No Gubernamentales, entre ellos el Foro Penal, han insistido en las violaciones a los DDHH y han denunciado torturas, incluso delante de fiscales del Ministerio Público. Las víctimas lo han declarado en audiencias a los jueces. La respuesta del régimen ante cada asesinato ha sido condecorar y premiar al torturador con la siguiente secuencia de Cilia y Nicolás bailando sobre los muertos.

Aferrados al poder, la corporación criminal encabezada por Maduro ha venido ejecutando a inocentes sin juicio. Recordemos la masacre de Oscar Pérez o el crimen del concejal Fernando Albán.

Somos un pueblo con marcas de guerra. Con muertos dentro y fuera de nuestra tierra. Con sobrevivientes cargados de ira, deformados de tanto dolor, agotados después de 20 años.

Nos atormenta en esta tragedia, tener que asumir que hay venezolanos capaces de infligir los dolores más atroces a un compatriota indefenso. Porque esa es una realidad: no solo los cubanos torturan; también lo hacen monstruos venezolanos. Tenemos nuestra propia cosecha de asesinos en serie. Algunos lo hacen por obediencia, otros por placer. Son enfermos de poder.

Ya los especialistas tratarán de explicar qué nos ha pasado como sociedad. Porque tenemos mucho que revisarnos como país.

Las opiniones emitidas en esta sección no tienen que reflejar la postura editorial de este diario y son de exclusiva responsabilidad de los autores.

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