Luego de cuatro meses de la toma de posesión de Trump, todavía no se aprecian señales que indiquen que el Presidente se ha consolidado fácilmente en el papel de Comandante en Jefe, de la superpotencia militar más poderosa del mundo.

Esta circunstancia ha motivado que reconocidas personalidades políticas, como León Panetta, exdirector de la CIA, y exsecretario de Defensa, expresen su preocupación sobre porqué Trump gobierna, fuera de los moldes de un presidente tradicional.

Esta inquietud coincide con los abundantes comentarios hechos por Hillary Clinton y otras figuras demócratas, como Joe Biden, quienes vienen señalando desde la campaña electoral que Trump no posee las cualidades o experiencia necesarias para ser presidente de Estados Unidos.

Aunque estos comentarios, pueden ser considerados como una secuela de la amarga batalla política por el poder, que tuvo lugar entre demócratas y republicanos durante la campaña electoral, hubo también muchos líderes extranjeros que, por las mismas razones, manifestaron su incredulidad ante la posibilidad de que Trump se convirtiera en presidente.

Una vez pasado el capítulo electoral, los miedos han vuelto a aflorar por la incertidumbre que despierta el futuro político de la nación y del mundo, en manos del nuevo inquilino de la Casa Blanca.

¿Podrá Trump acaso acercarse a la imagen de un presidente tradicional o es sólo una pregunta relevante para aquellos que son parte del establishment de Washington?

Está claro que Trump prometió ser un líder diferente y declaró su aversión a todo lo que representaba la antigua forma de hacer las cosas. Entonces, ¿por qué debería comportarse siguiendo el modelo de alguno de sus antecesores?

Aunque el tema del liderazgo siempre ha sido uno de los fenómenos más estudiados y menos comprendidos, desde el innatismo del liderazgo o si los líderes son el producto de las circunstancias históricas, el punto es que ya sea una cuestión de aptitudes o actitudes, los aliados tradicionales esperaban consolidar estrategias y establecer una hoja de ruta común y consensuada con Estados Unidos, como sucedió en el pasado.

Indudablemente en su encuentro con la Liga Árabe sumó puntos a su favor, pero el momento en el que Trump parece empujar al primer ministro de Montenegro para estar en primera fila de una fotografía formal con los líderes de la OTAN en Bruselas, sirvió tal vez de preludio a lo que serán de ahora en adelante, las nuevas relaciones con Europa.

Y así, a pesar de los nueve días de ausencia en el extranjero, las preguntas sobre su estilo de liderazgo se intensifican, alimentadas por las filtraciones de información a los medios, que auguran que Rusia va a seguir siendo una pesadilla constante para su presidencia y por consiguiente, todo lo que intente hacer será socavado por el flujo de acusaciones que apuntan a la posible cooperación o complicidad con Moscú, en los meses previos a su elección a la Casa Blanca, el 8 de noviembre.

Es poco probable que las fugas de información a The New York Times y The Washington Post se detengan, a pesar de poner en riesgo la confianza y la seguridad nacional e internacional; y mientras el FBI busca respuestas para entender porque Jared Kushner, yerno de Trump y consejero principal, sugirió establecer vías de comunicación más privadas con Moscú, el Presidente se encuentra justo en medio de una de las mayores crisis políticas que suceden en Washington desde hace décadas.

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