Tiene la literatura corazón de desarraigo. Los papeles que vuelan de la mesa no vuelven. Las lluvias enturbiarán sus trazos, el sol fundirá su fuerza, el tiempo templará su condición. Su vuelo está condenado al abandono. Somos aspersores de la nada. Vacíos escritos. Pensadores en un mundo que no piensa. Escritores para un mundo que no lee. Un absurdo, más un absurdo con ínfulas de académico, con sobrepeso de estudios en idiomas exóticos y gafas de coleccionista de sellos.

No sé si es un secreto. Nos dejamos un pedazo de vida en cada palabra. Sangramos al abrirnos para extirpar la frase sanadora, la que levanta un párrafo, la que cohesiona una idea. Y ya cosidas o impresas, al golpe de una tecla, vuelan, vuelan todas las palabras, se van a morir a un puerto industrial. Más tarde algún barco las llevará por la vida, aún con el aroma de su autor, surcarán países y problemas, enderezarán melancolías, provocarán lágrimas y sonrisas, y transformarán el interior de tipos que nunca conoceremos. Es el gran salto. Del gris de los almacenes y las grúas de hierro amarillo, nacerán al mundo en color de la librería, al concierto de tinta húmeda del kiosko, a la tibia luz de una pantalla en la penumbra de la noche, donde las letras parecen sombras enormes en la pared y asustan a unos, mientras se ven como una caricatura grotesca para otros.

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Entonces, junto al silencio del lector, se alzan las intenciones del autor, se ponen en pie sus argumentos como músculos tersos de un atleta, se encogen sus premisas que parecían inquebrantables sobre el primer papel, y sus sentimientos golpean en los corazones desprevenidos, ávidos de los licores del alma de los demás. Rodarán febriles consecuencias, siendo siempre la peor la indiferencia, la apatía. Pero otras veces arderán de pasión por las letras cada una de las páginas, o prenderán un fuego siniestro que arrollará años de vida amontonados en las esquinas de las bibliotecas, y su huella de hollín surcará la posteridad, como la cicatriz que deja una canción en la médula de un desengaño.

Somos perdedores. Nuestra única victoria es, sospecho, moral. Nos destruimos para repartirnos en palabras vertidas a la indiferencia global de un universo saturado de letras. Y no tenemos cómplices. Los nuestros son los peores. Los personajes, cuando abandonan al novelista, lo hacen con una soberbia inaudita, borrachos de vanidad, seguros de que nada le deben al creador de la historia, que nunca alcanzará la sombra de su leyenda. No hay nada más ingrato que un personaje de éxito, arrebatado de las manos del autor, prostituido por vendedores de todo pelaje, y condenado a vivir su propia historia, incluso cuando el escritor desearía hacerle entrar en razón y cambiar. Pocas cosas más difíciles de mover que el personaje de una ficción.

Y no nos va mejor por ser poetas. Los versos, esa desgracia de la literatura, las palabras más viles que se alojan en el cosmos, que brotan sin permiso del alma en las horas rugosas del autor, tal vez enfermo de alguna tristeza, y vuelan altos como la luna, se exhiben al universo en la languidez de la madrugada, se congratulan de ser admirados con desdén por nervios ávidos de sentir en la piel de otro. Los versos son la sanguijuela del escritor, la mujer ingrata y traidora, el contrabando emocional de los adictos a la bohemia.

Al fin, a todas las páginas les llegará el olvido. La agonía del escritor. Cuando muere el autor, el repunte de su bibliografía trufando los obituarios parece el último fulgor de una estrella antes de disolverse en la inmensidad de la noche. Y allí, donde mueren todos los libros, caerán también a la nada, incluso las palabras más brillantes, rara vez rescatadas de su abandono. Entonces querrán volver al hogar, repetir el viaje, si ha sido divertido. Y será tarde. La casa estará cerrada. O será ya un McDonald’s. Nadie recordará nada. Escribir es entregar. Matar y morir lentamente cada folio. No hay más camino de vuelta que, en el mejor de los casos, un esporádico aplauso, cuyo eco se apagará pronto en la eternidad.

Así es como el escritor consagra su vida a un otoño perenne.

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