El presidente Donald Trump ha estado enviando tantas señales de advertencia a la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), que los 29 países que la conforman deben estar con gran nerviosismo y ansiedad por la cumbre en Bruselas, que podría definir el futuro de la seguridad en Occidente.

No hay duda que desde sus inicios, en 1949, la alianza político militar, creada para enfrentar situaciones de conflicto cuando la vía pacífica se agota, ha encarado tantas crisis como críticas de presidentes estadounidenses, quienes han reclamado a los socios de la OTAN más inversión en defensa.

Aún con el mismo objetivo pero con diferente tono, Trump ha sido verdaderamente antagónico increpando a la coalición por no cumplir con su cuota del 2% del total proporcional de su Producto Interno Bruto (PIB) .

Trump incluso ha calificado a la organización militar como estafa al contribuyente estadounidense y cuestionado incluso la razón misma de ser de la OTAN, algo que desde un principio ha despertado temores sobre el compromiso de Estados Unidos para ayudar a los aliados ante un desafío de seguridad.

La espina dorsal de la unión es la defensa colectiva consagrada en el artículo V, del también llamado Tratado de Washington, que sostiene que cualquier ataque a un miembro de la Organización podría ser considerado un ataque contra todos los estados.

El tratado se creó como fórmula preventiva ante un posible ataque de la entonces Unión Soviética contra Europa Occidental, aunque el artículo V nunca se llegó a invocar durante la Guerra Fría.

La OTAN sí tuvo participación luego de los ataques al World Trade Center en Nueva York y al Pentágono en Washington el 11 de septiembre de 2001, con la operación Eagle Assist.

De acuerdo al reporte de 2017, los aliados europeos y Canadá aumentaron sus cuotas pero Estados Unidos continúa siendo el mayor contribuyente, aportando alrededor del 71,7 % del presupuesto para mantener al organismo en funciones operativas.

Es cierto que el Presidente tiene motivos para estar descontento por la mora, pero con insultar a los aliados, a Canadá y Europa, sólo erosiona las relaciones entre los miembros.

No es la primera vez que Trump reacciona con amenazas y provocaciones ante los desafíos para perseguir un cambio.

Esta táctica ha sido utilizada con Corea del Norte, Irán, China, Canadá, México y la Unión Europea.

A veces, enfrentar a adversarios potenciales, como Corea del Norte o Irán con un estilo agresivo, puede ser efectivo pero no es una regla de oro.

En todo caso, cualquier cosa puede suceder, dada la personalidad del mandatario estadounidense.

Tómese como ejemplo las observaciones que Trump hizo cuando surgió el tema de Venezuela, durante una reunión en el Despacho Oval en agosto del año pasado.

Según los informes, Trump preguntó si Estados Unidos debería invadir a Venezuela para librar al país del gobernante Nicolás Maduro.

Su entonces consejero de seguridad nacional, HR McMaster, y el entonces secretario de Estado, Rex Tillerson, se opusieron a tal movimiento convencidos de que hubiera sido muy difícil justificar esa acción internacionalmente, a pesar de la crisis reinante de consecuencias regionales.

Hay igualmente temores de que se repitanincidentes como el de la cumbre del G7, en Quebec el mes pasado, cuando se enojó y ordenó a sus funcionarios retirar la firma estadounidense del comunicado final de la reunión.

Si esto sucede provocará una sonrisa de satisfacción en el presidente ruso Vladimir Putin, con quien se reunirá en Helsinki el próximo 16 de julio.

No es un secreto que Moscú siempre ha visto con gran preocupación la expansión de la OTAN hacia Europa central y del este tras la caída del bloque soviético.

Rusia, al parecer, siempre ha considerado que las incursiones de la OTAN en su antigua esfera de influencia son una traición a las supuestas garantías estadounidenses de no expandirse hacia el este, luego de la reunificación alemana en 1990; aunque funcionarios estadounidenses involucrados en esas discusiones niegan que haya habido un compromiso, según el Council on Foreign Relations, un centro de estudios en Washington.

Es ese argumento lo que sirvió de justificación al Kremlin para la anexión de Crimea y la intervención en Ucrania.

La posible adhesión de Macedonia a la OTAN puede ser una piedra más en el zapato de Putin, pero el encuentro con Trump abre sus posibilidades para luchar por sus ganancias.

Las opiniones emitidas en esta sección no tienen que reflejar la postura editorial de este diario y son de exclusiva responsabilidad de los autores.

 

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