Creer que la dictadura de Raúl Castro ceda el paso a un plebiscito, como hizo en su momento Augusto Pinochet, es soñar con lo imposible, a no ser que la oposición cubana logre alcanzar la necesaria solidaridad internacional que el mundo le debe aún.

Bastaría convocar a todas las naciones y hacerles comprender que deben ignorar sus intereses políticos y económicos más particulares para mirar a Cuba con la misma preocupación que han atendido la injusticia en otros países.

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Pero el mundo está compuesto por seres humanos, ideologías y raras concepciones que distan del humanismo que muchas veces profesa.

Oswaldo Payá, el hombre que logró crear un movimiento democrático dentro de Cuba y plantó cara a Fidel Castro con 25.000 firmas para hacer de la libertad de opinión un derecho en la isla, puso en apuros al régimen cuando logró llamar la atención de Europa y otros países.

Surgió el Proyecto Varela, una propuesta que no buscaba únicamente un plebiscito, sino poner a prueba al Gobierno cubano ante los ojos del mundo, tras largos años de autoritarismo en nombre de una revolución que juraba profesar el poder del proletariado y los derechos de sus ciudadanos.

A diferencia de la frialdad de la mayoría de los países de Hispanoamérica, el parlamento europeo no sólo apoyó la gestión de Payá, cuando le concedieron el Premio Andrei Sajarov, el mismo galardón que obtuvo antes Nelson Mandela, sino que también apostó por una política común que presionara al Gobierno de La Habana a respetar los derechos humanos en la isla.

Desde Miami, bastión del exilio cubano, surgieron voces que apoyaron la gestión de hacer un referendo en Cuba, al mismo tiempo que asomaron otras que cuestionaron la integridad de la propuesta por supuestamente dejar fuera a los cubanos de la diáspora.

Quienes creyeron en la idea de Payá y su movimiento cívico en Cuba apostaron por acompañarles, teniendo en cuenta las circunstancias dentro y fuera de la isla.

Los que se opusieron aludieron a una supuesta debilidad en el liderazgo del grupo opositor, que colocaba el derecho a la libertad en manos de la dictadura.

De cualquier manera, Payá creció y se hizo grande afincado en sus ideas y la fe que albergaba en su pensamiento. Logró traspasar las fronteras del miedo y la represión hasta llegar con su verdad a miles de confines, donde antes no se dio abrigo al dolor de los cubanos.

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