En Venezuela hay una pugna entre narrativas. Más allá de los hechos, la realidad la impone quien tiene el control del relato, el cual ahora, está en manos del régimen. De esta manera, la desinformación, el engaño, la propaganda política arropan a través de Internet y otros medios, logrando manipular a la audiencia con técnicas muy específicas que terminan dirigiéndola hacia donde la dictadura quiere y le conviene, pero, además, convenciendo a esa audiencia de que defiende sus propias ideas.

Esto es algo que a ningún usuario le gusta leer. Admitir la posibilidad de ser manipulado no es cosa fácil. ¡Si hasta a los periodistas nos pasa y tenemos entrenamiento para que eso no suceda! Si la mayoría de los usuarios de redes conociera lo elaborado que están la mayoría de los mensajes, si evaluara el daño que hace cada vez que alguien sintiéndose poderoso por transmitir una información cae en la trampa de las fake news, tal vez el asunto sería menos complicado.

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El régimen tiene años ajustando una costosa maquinaria que orientada por asesoría extranjera la usa para difundir matrices propagandísticas y manipular a la opinión pública. Su prioridad ha sido guiar a la audiencia para fracturar la cohesión opositora, desacreditando su liderazgo y capturando un sentimiento de desesperanza del que la dictadura se ha aprovechado. En paralelo, distrae al ciudadano de los verdaderos problemas y desvía la responsabilidad que tiene el régimen de su desgracia.

Los representantes de la Plataforma Unitaria que se han sentado en México en este nuevo proceso de negociación saben que los venezolanos que defendemos la libertad estamos en desventaja. Conocen de los ingentes recursos que destina la dictadura para el control del relato. Pero saber que esa es la realidad no significa que se esté enfrentando correctamente.

En México tenemos como ventaja nuestro vocero. Mientras Jorge Rodríguez es un personaje quemado en el fuego de sus mentiras, Gerardo Blyde es un hombre blindado en la sobriedad, la seriedad, la sensatez. La otra ventaja, muy importante, es que la Plataforma Unitaria defiende principios, representa al pueblo y es la voz de todos los venezolanos, (sólo quedaría excluida la élite chavista que debe ser juzgada).

En el resto tenemos problemas. Primero nuestra voz no llega. No tenemos medios y a los periodistas los apunta un gatillo. En esa realidad la dictadura coloca en la calle el contenido que le interesa. Para explicar el tema consideremos un ejemplo reciente e importante que representa una de las urgencias de Maduro: liberarse del juicio ante la Corte Penal Internacional por crímenes de lesa humanidad. Con ese plomo en el ala, hablar de justicia se supone que no le convendría a Maduro, pero sus estrategas le recomiendan que lejos de guardar silencio sobre el tema, se apropie de él, así que ordenó que al gobernador de Anzoátegui Antonio Barreto Sira (uno de los cinco de la oposición), se le iniciara un proceso. Con esta acción Maduro cumplió un doble objetivo, le dio sangre a su militancia radical y colocó el tema de la justicia en su voz. Lo hizo poco antes de su momento planificado y estelar: una entrevista que le hizo su subordinado Ernesto Villegas, ministro de Cultura, en la que afirmó que no habrá impunidad “ni en México ni en Marte”.

En la deliberada intervención Maduro aseveró que debía haber justicia severa “porque es mucho el daño que se le ha hecho a la gente”, (no somos nosotros los culpables, son ellos, eso lo machacan todos los voceros oficialistas). Y apeló a lo emotivo: “sueño que se haga justicia para que estos maleantes paguen”. Evidentemente el blanco de su ataque era Juan Guaidó.

Varios aspectos son reveladores del relato de la dictadura con esta puesta en escena. El fundamental es la reiterada adjudicación de delitos al adversario, en donde el culpable reivindica la justicia a pesar del riesgo de ser procesado, en cuyo caso ya tiene el plan para descalificarla.

Guaidó reaccionó como el oficialismo esperaba. Lo hizo a través de Twitter (tiene solo las redes sociales para ripostar). Le recordó a Maduro que su cabeza tiene precio y que estaba a las puertas de un juicio en la Corte Penal Internacional por crímenes de lesa humanidad. La paliza verbal no fue suficiente para estimular a sus seguidores, ansiosos en oportunidades anteriores de disfrutar que al jefe del régimen alguien le suelte unas cuantas verdades.

La clave del asunto parece evidente, pero ha resultado muy difícil de aplicar. Guaidó y en general la oposición se han debilitado. También los venezolanos hemos perdido esa fuerza de rabia y dolor, de certeza de tener la razón, de fe en el liderazgo. Hemos quedado a merced del guion elaborado para el malvado torturador, ese perverso que destina recursos a torcer voluntades, ensuciar mentes y manipular sentimientos. Hemos perdido la iniciativa y con ello, el control del relato. Es urgente recuperarlo.

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