La creatividad es un arma peligrosa. Sin duda, la capacidad de sacar conejos de la chistera es una virtud, pero si eres cirujano y estás operando a vida o muerte a un paciente, necesitas algo más que un montón de conejos saltando sobre su inminente cadáver si deseas un final feliz y recibir la felicitación de sus familiares. Durante años la creatividad ha estado infravalorada, pero ahora las cosas han cambiado por completo. Como este siglo desconoce la moderación y la mesura, hoy el creativo comienza a estar sobrevalorado.

A grandes rasgos, creativo es el que tiene ideas. Y esto no significa que sean buenas. He compartido proyectos con un montón de idiotas cuyo principal defecto era pasarse el día teniendo ideas en lugar de sentarse a trabajar. Una idea brillante puede cambiar el curso de una empresa, de la historia y del mundo. Sí. Pero una mala idea tiene el mismo potencial en versión destructora. Y el hecho de tener como aliado a un sujeto aportando diez ocurrencias por segundo puede tener el mismo efecto que encargarle una campaña de responsabilidad social corporativa al Estado Islámico.

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Cuento esto porque en España los tontos han echado alas y llevamos varios meses sin ver el sol. La principal conclusión de las últimas elecciones municipales es que la mayor parte de las ciudades y regiones importantes son imposibles de gobernar, salvo alcanzando alianzas entre los partidos que están a la derecha de la izquierda y encomendándose a los santos patronos locales a la espera de un milagro.

Quedan pocas horas para que los partidos de centro-derecha que deben aliarse para gobernar las ciudades más importantes se pongan de acuerdo, antes de que las alcaldías recaigan automáticamente en los candidatos más votados, que en Madrid, por ejemplo, sería la abuelita comunista Manuela Carmena, cuyo principal programa político se basa en las sonrisas, el amor y las madalenas, aunque no estoy seguro de haber captado con precisión su plan de desgobierno. Con sonrisas y madalenas no hay quien reactive el comercio –más allá de las clínicas de blanqueamiento dental y las panaderías–, o quien solucione la inseguridad en zonas turísticas, o quien se encargue de recoger la mugre que han acumulado en las calles estos años de comunismo, así que es razonable pensar que los partidos de centro y derecha, de programas electorales muy similares, deberían ponerse de acuerdo y garantizar la gobernabilidad de ciudades como Madrid. Pues no. Tres semanas después, seguimos sin tener garantizados esos pactos de gobierno en los ayuntamientos, al menos a la hora en que escribo esta columna en la tarde del viernes –mientras se anuncia el enésimo pacto que haría alcalde al candidato del PP en Madrid, pero sin contar con VOX, cuyo voto es imprescindible–.

El entendimiento debiera ser sencillo si sopesamos que, por orden de votos, el PP es el partido de centro-derecha, Ciudadanos es la alternativa centrista que apuesta por la defensa de la unidad nacional, y VOX es el partido de derechas sin complejos. En la mayoría de las alcaldías y autonomías o regiones importantes se requiere el pacto de los tres para impedir que la izquierda se haga con el poder. Pero hasta hoy no ha sido posible porque Ciudadanos, cuyo concepto del centro político equivale a la táctica de la bomba de humo, ha planteado un sorprendente veto a cualquier entendimiento con VOX –con quienes, a propósito, ya gobiernan juntos en la región andaluza y con buenos resultados–, por considerarlos de extrema derecha. Para desatascar la situación, los centristas han recurrido a acuerdos creativos. Su última ocurrencia es que de los cuatro años que dura el mandato, dos haya una alcalde del PP y los otros dos, uno de Ciudadanos. Si quieres comprobar la eficacia de esta idea, prueba a hacer una propuesta similar a tu novia y a la vecina rubia del sexto, para entregarte quince días a cada una.

Hay más. Ahora sabemos que el veto a VOX procede de Manuel Valls, francés o español –¿quién lo sabe?–, candidato de Ciudadanos a la alcaldía de Barcelona, o más precisamente de Emmanuel Macron, que se ha quitado la careta en las últimas horas amenazando abiertamente a Ciudadanos si pacta con VOX.

Es tan insólito que a estas alturas un francés pretenda dar órdenes a un dirigente político español sobre cómo debe España repartirse sus alcaldías, que los tres partidos deberían responderle pactando de inmediato y preguntando gentilmente a Macron si sus declaraciones han sido traducidas erróneamente al español o si es que se ha golpeado la cabeza al salir de la logia. Y finalmente, proponerle la guinda para firmar la pipa de la paz con el país vecino en estos felices términos: Macron, te devolvemos a Valls, envuelto y con un lacito, y nos quedamos con Houellebecq, así, como viene de fábrica, sin lavar y borracho.

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