Un buen día, al encender tu carro, tu celular señala cuanto tiempo demorarás en llegar a tu trabajo; solo que tú nunca le habías indicado que trabajabas allí. Además, tu buscador web te ofrece artículos en oferta, relacionados con tu búsqueda más reciente, e ingresas a un montón de páginas web con la clave de tu Facebook, después de haberles permitido acceder a tus contactos personales. Constantemente estamos dejando un rastro de nuestros hábitos a empresas que no sabemos cómo los usarán después.
La tecnología surge por esa necesidad que tenemos de buscar y crear instrumentos que nos ayuden a realizar nuestras tareas fácilmente, y es un reflejo de cómo hemos ido evolucionando desde la época de las cavernas. Sin embargo en nuestra época, es como si la tecnología tuviera vida propia; convertida en ese vecino metiche que indaga acerca de absolutamente todo lo que hacemos.
En la medida que los aparatos electrónicos que diariamente usamos, como el celular o la computadora, registran nuestras rutinas, comportamientos (hasta pueden potencialmente grabarnos en la intimidad) todos nuestros viejos conceptos en torno al valor de la privacidad han ido desapareciendo, y nosotros hemos sido culpables al permitírselo.
¿Pero qué ocurre cuando es tu jefe quien utiliza esa data para hacerte un seguimiento minucioso? ¿Está la tecnología poniendo en peligro la intimidad de los trabajadores, y hasta donde tienen ese poder para entrar en tu vida fuera de las horas laborales?
Está claro que la tecnología ha cambiado no solo las relaciones interpersonales, sino también las laborales, y que la revolución de la automatización podría llevarse por delante miles de empleos. A la vez, gradualmente somos más vulnerables ante el poderío del gran hermano, y cada día esa línea entre la vida personal y la laboral se borra con la excusa de imponer métodos que supuestamente fomentan la alta productividad. ¿Dónde está el límite? El empleado está siendo visto como una propiedad más de la corporación, y el control de ésta sobre su fuerza de trabajo se amplía cada día más allá del horario laboral. Nos obliga a ceder el derecho a la intimidad en pos de la estabilidad laboral y los intereses de la empresa.
Actualmente existen compañías que están equipando a sus empleados con tecnología que se implanta en el cuerpo. Este dichoso microchip, gracias a la magia del mercadeo, lo venden como la panacea para muchos problemas sociales. Lo he visto promocionado como una solución para “rastrear” a los afectados por Alzheimer´s que de pronto se pierden de sus hogares, y aunque usted no lo crea el microchip implantado en el cuerpo también se promueve como una forma para pagar los tragos en discotecas en Europa y así no tiene que estar preocupado por si se le olvidó la billetera en casa. Este artilugio puede recoger datos de su salud, de cuántas veces pasa por delante de determinado producto en el supermercado, el tiempo que está frente al televisor, o cuántas veces se levanta para ir al baño. Esa data no se sabe dónde y en manos de quién irá a parar.
En Europa ya se plantea que la desconexión digital de los trabajadores es un nuevo derecho laboral. ¿Cuántas veces, tras acabar la jornada en el trabajo, se sigue conectado al centro laboral, ya sea a través del celular o de los correos electrónicos? imagínese las repercusiones sí a esa situación le agregamos un microchip implantado en su cuerpo.
No quisiera contemplar un mundo en el que no te contratan si no aceptas que te implanten un microchip. O que el gobierno venga y diga que todo el mundo debería llevar uno por motivos de seguridad, o para controlar el pago de los impuestos, por ejemplo. Peor aún, vivir la angustia de que puedas sufrir un ataque cibernético gracias a un “biohacker”, y convertirte en un virus informático andante, como lo presenta una novela de ciencia ficción Snowcrash de Neal Stephenson. De hecho, ya se han realizado experimentos simulando esta situación.
Los conflictos éticos que acompañan al desarrollo de estos presuntos avances son muy variados. Con lucidez visionaria las posibilidades y peligros que encierra combinar la anatomía humana con la tecnología se ha reflejado en más de una oportunidad en la ciencia ficción. En el cine lo hemos visto en películas como Blade Runner o Total Recall y más recientemente en la televisión, en la serie británica Black Mirror. Así, ya el arte nos trae ejemplos del cuestionamiento de las consecuencias de permitir a gran escala la implantación de microchips en nuestros cuerpos. De modo que antes de abrazar ciegamente esta tecnología, sin mirar sus potenciales riesgos, no me voy a poner un microchip con el terrible potencial de imponernos una nueva forma de esclavitud encubierta.
Carolina Montes de Oca
Periodista y Productora de América TEVE
@carhola
FUENTE: Carolina Montes de Oca