Hace exactamente un años escribí en este espacio una columna titulada La Navidad y los niños. En un apresurado golpe de memoria intenté empaquetar la añoranza que me producía recordar estos días de fiesta en las que era un feliz estudiante de los hermanos Maristas del barrio madrileño de Chamberí. Contaba cómo vivía de manera intensa los concursos de villancicos en los que cada clase preparábamos durante semanas la canción que interpretábamos en el salón de actos frente a padres y compañeros. La cena de Nochebuena, el 24 de diciembre, y la llegada de los Reyes la noche del 5 al 6 de enero, completaban el triángulo mágico de aquellos entrañables años.
En ese artículo navideño del año pasado, me felicitaba de la fortuna de poder vivir esa felicidad actualmente, aunque hace mucho tiempo que deje de ser niño, a través de mis hijos que también cantan villancicos en la escuela, decoran el árbol navideño y sueñan su noche mágica de regalos, en este caso cambiando a los magos de oriente por el orondo Santa Claus.
Me van a permitir que a pocos días de celebrar la Navidad me repita en las sensaciones que me producen estas fiestas. Y creo que me lo van a perdonar porque precisamente en los días siguientes a la publicación de la columna del año pasado recibí muchos mensajes de felicitación y cariño, entre ellos las de muchos cubanos de Miami, a los que les había hecho hacer un viaje nostálgico a su infancia. Algunos de ellos, exalumnos del colegio de los hermanos Maristas en La Habana.
La diferencia con el año pasado es que gracias al azar del destino y a la oferta de una compañía aérea, voy a pasar las navidades en Madrid, en la casa de mis padres donde crecí, y que me acompañarán mis pequeños. Cristóbal y Natalia que apenas conocen a sus abuelos, tíos y primos. Y la del 24 va a ser una noche mágica donde de la mano de estos dos seres inocentes y de corazón limpio viajaré de nuevo al jardín de la infancia.
Quiero llevarles a pasear por la Plaza Mayor, donde se agolpan los puestos en los que se venden figuritas para los belenes y todo tipo de adornos navideños. Habrá que abrigarse pues seguro que hará mucho frío y si el destino quisiera podría hasta nevar para deleite de estos niños criados bajo el sol perenne del sur de la Florida.
A mis hijos, les estoy insistiendo que aprovechen para disfrutar y hablar con sus abuelos, Germán y Antonio, y abuelas, Carmen y Teresa. Ahora les parece que el tiempo pasa lentamente pero llegará el día, como nos pasa a todos los mayores, que echarán de menos a alguien. Yo recuerdo a mi abuela Pepita, que siempre nos cocinaba pavo, y a mi abuelo Julián, que nos regalaba figuritas de Navidad de su tienda y de la abuela Juanita, siempre cariñosa con sus besos y abrazos.
Un año después sigo diciendo que la Navidad es para los niños. Que suerte poder sentirse como uno de ellos al menos durante unas horas al calor de la mesa familiar.