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Hay miles de historias del exilio cubano que contar y no pocas de familias ejemplares, como los hermanos Alejandro, Ricardo y Eduardo, tres exitosos hombres que fueron testigos de la palabra y el fervor con las que su padre Aparicio defendió los principios de libertad y fraternidad hasta infundirles los sentimientos y los valores de la nación que enarbolaba.

Aparicio M. Aparicio Paneque (1925-2016), expreso político, masón y exvicepresidente de la Junta Patriótica Cubana, fue un arduo estudioso de la obra y vida de José Martí, la historia de Cuba, Hispanoamérica y el mundo. Un extraordinario orador que contaba con los dones naturales de la energía, la autenticidad y la claridad.

“A través de conversaciones, lecturas y su ejemplo sembró en mí el interés, el cariño y el respeto por la sabiduría de José Martí. De esa manera conocí la historia de Cuba y de Hispanoamérica, con él y mamá aprendí a respetar a todos los pueblos del mundo.”, recordó Alejandro, el hijo mayor.

Para sorpresa de muchos, Aparicio “nunca leía en los discursos [que pronunciaba en la logia masónica]”, recordó Eduardo, el hijo menor. “Se memorizaba la poesía que iba a recitar y las citas que iba a compartir. Recuerdo cómo, durante nuestra infancia en Cuba, se preparaba leyendo mucho y a veces nos pedía que le leyéramos algo en voz alta, mientras él se vestía. Tal vez fue su estrategia para que nosotros aprendiéramos y memorizáramos aquellos textos también”.

Entonces, corrían los años 60 y Cuba vivía tiempos terribles. La dictadura de Fidel Castro no permitía la más mínima objeción, crítica o idea que rebatiera los valores de la supuesta revolución humanista que su régimen profesaba.

“Yo tenía apenas 9 años y aún llevo grabado en la memoria lo que sucedió aquel día”, el 15 de octubre de 1966, recordó Ricardo, arquitecto y abogado.

“Mamá entró al cuarto y me despertó, a la hora siempre, para ir a la escuela. Sus palabras aún resuenan en mi memoria: ‘Despierta. El G-2 está aquí y están registrando la casa’, No era necesario más explicaciones. Todos sabíamos el significado de aquello”, recapituló.

Ricardo se vistió para ir a la escuela y al salir de casa vio a su padre sentado en una silla, aún en pijama, mientras los agentes de la Policía inspeccionaban minuciosamente los libros y papeles que encontraban.

“Me sonrió alegremente y me dio un beso de despedida con su usual ‘¡Pórtese bien!’. Aquella sencilla frase, que siempre usaba con cariño y orgullo de padre, fue su manera de asegurarme que todo estaba bien. Y también fue su último consejo entonces para guiar mi vida por si no nos volvíamos a ver”, recordó.

Incertidumbre

Mientras tanto, la incertidumbre y la ansiedad se apoderaron de la familia. “Fue una especie de balance entre la vida y la muerte, cárcel o paredón, mi padre quedó en las manos arbitrarias de un régimen político que no respetaba los derechos constitucionales”, recapituló Ricardo.

El ‘crimen’ de Aparicio fue ejercer el derecho a la palabra durante una sesión ordinaria en una logia masónica, en donde un agente infiltrado del Gobierno, que nunca se supo quién fue, tomó nota y denunció el supuesto delito de recordar el derecho a pensar.

“Martí dijo que ‘la libertad es el derecho que tienen las personas a pensar y hablar sin hipocresía’, y mi padre habló, como siempre lo hacía, sin hipocresía”, recapituló Alejandro, que con sólo 14 años salió rumbo a México, acompañado de una amiga de su abuela y su nieto, luego que su padre fuera apresado y condenado en Cuba a seis años de prisión.

Lo acusaron de “arengar a los masones a que tomaran una postura contraria a los postulados de la llamada revolución”, definió Eduardo, licenciado en Lingüística y Lengua francesa.

Y recordó que Martí fue masón, “al igual que lo fueron muchos patriotas que lucharon por la independencia de Cuba. Mi padre siempre vio su obra dentro de la masonería contra la dictadura como una tradición y obligación”.

Otros recuerdos

Además de estudioso y orador, Aparicio fue un incansable maestro, un hombre capaz de compartir sus conocimientos a toda hora, ante cualquier eventualidad.

“Tenía una excepcional aptitud para compartir los conocimientos adquiridos. Durante cualquier simple conversación tenía la habilidad de señalar un detalle histórico, incluso una frase, que podía servir de referencia. Si no la recordaba bien, acudía rápidamente a su biblioteca y buscaba un libro, lo abría sin leer el índice, y encontraba la página específica de donde leía uno o dos párrafos que servían para ampliar y confirman lo que ya había expuesto”, recordó Ricardo.

Sobre la cárcel, Aparicio “habló alguna vez sobre la crueldad del régimen de Castro que se esforzaba por vejar a los presos de conciencia, pero no recuerdo que hablara nunca con amargura, o con odio. No perdía su tiempo en las cosas que no se podían cambiar. Y su fe lo sostenía siempre. Decía, como dijera José de la Luz y Caballero, en el mar estamos, fe y adelante”, enfatizó Alejandro, doctor en Medicina.

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Padre e hijos posan junto a la réplica de la cabaña donde nació Abraham Lincoln, en Kentucky.
Padre e hijos posan junto a la réplica de la cabaña donde nació Abraham Lincoln, en Kentucky.

Exilio

Medio año después de la salida de Alejandro, los hermanos Ricardo y Eduardo, junto a su madre Delia, lograron partir al exilio, y juntos se afincaron en West Palm Beach.

“Mamá empezó trabajando en una factoría, haciendo turnos extra, mientras estudiaba para validar su titulación de maestra. Tenía su doctorado de la Universidad de La Habana. Fue la mejor maestra que he conocido”, enfatizó.

Luego de cumplir la sentencia, en 1974, Aparicio pudo partir al exilio en EEUU, donde se reencontró con su esposa y sus tres hijos. Fiel al pensamiento martiano, continuó su oratoria humanista y democrática desde el púlpito de logias masónicas y organizaciones que apostaban por la democracia en Cuba.

Eduardo recuerda cómo su padre tenía predilección por el compendio de textos Desde mi belvedere (1907), del escritor y pensador cubano Enrique José Varona, que formó parte de la denominada primera Generación Republicana (PGR), que despertó la vida política de la ínsula el 20 de mayo de 1902, cuando la bandera cubana ondeó en la capital de la isla por primera vez.

“Una tarde le leí la introducción que escribió Gertrudis Gómez de Avellanada para el libro Viaje a La Habana de la Condesa de Merlín (siglo XIX), en la que aborda el amor y el dolor que denotan la lejanía de la tierra donde se nace”, rememoró Eduardo.

“Fue conmovedor. Estremecedor. No hay palabras para describir lo que sentimos juntos”, concluyó.

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