El primero que se publicó le costó el puesto a Guerrita. Eso ocurrió dos meses antes del éxodo por el Mariel, a unos 40 kilómetros al oeste de La Habana. En cuatro meses, alrededor de 125 mil personas se fueron de Cuba por esa vía. En esa misma época, dos millones de cubanos declararon su deseo de abandonar el país después de que Fidel Castro anunciara que dejarían salir a todos los que quisiesen irse.
Antes, en el mes de abril, había ocurrido la 'invasión' a la Embajada del Perú en Miramar. En menos de 48 horas, más de 10 mil personas ingresaron a la Embajada de Perú con la intención de emigrar. 1980 fue un año en el cual ideológicamente la llamada revolución estaba muy mal, aunque no lo parecía.
Lo del Mariel fue un mazazo. En privado, muchos periodistas oficiales lo pensaban y comentaban. La prensa estatal no se volvió a recuperar. No solamente fue destronado el director de Bohemia, también fue destituido Orlando Fundora, jefe del Departamento de Orientación Revolucionaria, el DOR, perteneciente al comité central del partido comunista. Fundora estuvo un tiempo en "plan piyama", posteriormente fue nombrado presidente del Movimiento por la Paz.
En la redacción de Bohemia –voy a decir una palabra poco femenina- los periodistas se apendejaron. En Cuba la gente enseguida cogía miedo, hablaba en voz baja a personas de confianza. La reacción lógica en regímenes totalitarios como el castrista: callarse, no denunciar, no hacer nada.
Nunca estuve sentada, esperando los planes temáticos que hacía el DOR, indicando lo que debías escribir esa semana. Me entraban por un oído y me salían por el otro. A mí se me ocurrían las cosas y como se me ocurrían, eso era lo que escribía. Siempre tuve buenos contactos. Hablaba y discutía con funcionarios, ministros y políticos, incluido Fidel Castro, quien me recibió en su despacho del Palacio de la Revolución el 12 de marzo de 1986.
A los que dirigían la prensa en el DOR les decía: "Ustedes no les pueden pedir peras al olmo". Se los decía por la consigna "hacer un periodismo militante y creador". Un periodismo militante no puede ser creador. Como en Cuba la libertad de prensa desapareció meses después de la llegada de los barbudos al poder, no se podía -y todavía no se puede- hacer un periodismo crítico. Ni criticar al sistema ni al partido comunista, el único permitido.
Comencé en Bohemia como colaboradora, pero cuando pasé a la plantilla, como periodista, fue ocupando una plaza de secretaria. Al mes me pagaban 163 pesos. A pesar de esa violación laboral, logré buenos trabajos, escribí para las páginas económicas, culturales, nacionales e históricas, entre otras. En 1978 hice un serial sobre los alemanes antifascistas en Cuba, trabajo que me valió una invitación a la República Democrática Alemana.
Bohemia-Comite Antifascista-PCC
En junio de 1979 estuve tres semanas, invitada por el ministerio de relaciones exteriores de la RDA. Dijeron que la periodista más productiva que los había visitado había sido yo. Solamente de ese viaje en Bohemia publiqué 50 páginas. Junto con el elogio me gané una crítica, que "parecía mentira que fuera una periodista socialista, pues me había comportado como una capitalista". Ellos no podían entender que me había comportado en la RDA como me comportaba en Cuba. No publiqué ni una palabra de la visita que hice a la fábrica Rosa Luxemburgo en Berlín: pedí hablar con los obreros, pero funcionarios a nombre del partido, el sindicato y la administración me recibieron en una oficina con café y galleticas. No pude hacer entrevistas.
Al día siguiente, a la señora del ministerio de relaciones exteriores que me atendía, le dije que eso no era lo que yo quería y, por lo tanto, no iba a publicar nada de esa fábrica. También tuve una discusión muy fuerte con esa misma mujer, porque sin consultar con ella, me entrevisté con el hombre que en ese momento era el presidente de la asociación de judíos y en la RDA no era un tema que les interesara divulgar. Con la periodista Cathèrine Gittis fui al cementerio de los judíos en Berlín y los del departamento de prensa dijeron que eso estaba fuera del programa.
En Bohemia publiqué una serie de cuatro reportajes bajo el título "El país de los cochecitos". Era la primera vez que viajaba al exterior y me impactó ver a las madres con niños en cochecitos por todas partes. En la Cuba de 1979 encontrar a una mujer con su bebé en un coche era muy raro. En esa serie describí cómo era la gente, cómo vestía, el transporte, las carnicerías, llenas de carnes y embutidos.
Comparada con Cuba, la RDA tenía mucho más desarrollo, pero era un régimen semitotalitario. Tenían la cuestión ideológica esa tan fuerte con la Alemania Federal. Me di cuenta de que había un mal de fondo, pero no tuve una idea más exacta hasta que no leí libros como "La gran estafa", del peruano Eudocio Ravines. Ese tipo de literatura me abrió un poco más las entendederas. Estaba en el bosque y no veía los árboles.
En 1982 pasé a la televisión, en el Instituto Cubano de Radio y Televisión (ICRT). Tenía 40 años y había quien pensaba que a esa edad no iba a poder adaptarme a un medio tan diferente. Empecé al frente de las noticias culturales en La Revista de la Mañana, luego de guionista en la Redacción de Países Amigos, donde trabajé con el director Manolo Rifat, y en Conversando, que conducía la chilena Mirella Latorre. Fui reportera del Noticiero Nacional de Televisión y finalmente, realizadora del programa Puntos de Vista, de encuestas, debates y opiniones en la calle, transmitido entre 1986 y 1992.
Después estuve cuatro años cobrando mi salario sin trabajar, no me daban contenido de trabajo porque mi hijo, Iván García Quintero, en marzo de 1991 había sido detenido por la Seguridad del Estado, acusado de "propaganda enemiga". Estuvo dos semanas en Villa Marista. Sin saberlo, me habían puesto en una lista negra y en el ICRT prefirieron que yo cobrara mi salario y me quedara en mi casa, sin hacer nada.
Pero como siempre me sentí libre (nunca fui militante de esas cofradías que son la UJC y el PCC), se me ocurrió investigar sobre las estancias en Cuba del director austríaco Erich Kleiber, quien en la década de 1940 dirigió conciertos en la Orquesta Filarmónica de La Habana. En eso estuve dos años (de 1991 a 1993). A terminar la investigación presenté un proyecto de documental televisivo. Lo engavetaron y luego lo echaron al cesto de papeles.
Entonces en 1995, cuando Raúl Rivero funda la agencia de periodismo independiente Cuba Press, ya no tenía nada que perder, a no ser el salario: 250 pesos (10 dólares en ese momento). Tenía 53 años, me faltaban dos años para jubilarme y me convertí en periodista independiente.
Mi currículum laboral se había iniciado en agosto de 1959, como mecanógrafa a las órdenes de Blas Roca, secretario general del Partido Socialista Popular. Del ICRT me expulsaron el 4 de abril de 1996. Treinta y siete años de trabajo, que los tiraron por la borda y no me los reconocieron. No cobré jubilación; no tuve ningún derecho sindical ni social. Me dejaron en la calle y sin llavín.
En los ocho años que fui periodista independiente de Cuba Press (1995-2003), desde La Habana escribí sobre la vida diaria de los cubanos de a pie, critiqué al régimen castrista y a veces también a la disidencia. Dos veces estuve detenida, en 1997 y 1999. En febrero de 1997, me hicieron un acto de repudio frente a mi casa. En dos ocasiones, en 1991 y 1996, registraron mi domicilio. En 2002, sin avisar, un oficial de la Seguridad del Estado se apareció en mi casa. A cada rato cortaban el teléfono. Recibí amenazas, fui acosada y vigilada. Pero nunca dejé de escribir.
Cuando uno da ese paso de disentir, empieza a tener problemas con familiares, amigos, vecinos, que parecían ser muy allegados y de pronto cogen miedo y te dan la espalda. Pero también descubres personas que tú no considerabas tan cercanas, con quienes no te unían grandes vínculos y se te acercan y te dan la mano. Pasar de creer en la revolución a dejar de creer en ella es un proceso y lo primero que uno tiene que hacer es canalizarlo interiormente. Si uno psíquicamente no está preparado, es muy difícil. Además, tienes que poseer un olfato, una intuición, que te permita mantener alejados a los informantes, colaboradores y agentes infiltrados por la Seguridad del Estado.
Por eso siempre andaba sola y no quería a nadie alrededor mío. Boté de mi casa a una supuesta amiga; me di cuenta de que la mandaba la Seguridad para saber cómo vivíamos, quién nos visitaba y después informarlo. Es muy difícil, sobre todo cuando uno sabe que dentro de los grupos de la disidencia y el periodismo independiente hay chivatos infiltrados por la policía política. Por temor, los vecinos no se me acercaban, pero me respetaban.
En 1997 la Seguridad del Estado pidió a vecinos de mi cuadra que cuando yo pasara escupieran. No me escupieron, vinieron a decírmelo. También me dijeron los nombres de las personas del barrio a las cuales la Seguridad del Estado les había dado la 'tarea' de vigilarme. Decían que tenía una computadora en la casa, algo que entonces era ilegal, estaba prohibido, era un delito.
Me comunicaba anónimamente, vestida como una ama de casa, sin alardear que era periodista. A cada rato me veía obligada a coger taxis particulares de diez pesos, porque el transporte público cada vez estaba peor, y la gente empezaba a decir cosas y yo, callada, escuchando. Una vez alguien dijo: "En Cuba todo el mundo habla, pero nadie hace nada. Hablan y después se van a la Plaza, van a votar y ése es el problema que tenemos los cubanos, que hablamos en los carros y en las casas, pero no hacemos nada".
Entonces salté y respondí: "Un momentico, eh, eso será con ustedes, no conmigo. Me llamo Tania Quintero Antúnez, nací en La Habana en 1942, toda mi familia era comunista, fui periodista oficial y desde 1995 soy independiente. Hablo por Radio Martí, me llaman de otros países de y recibo en mi casa a corresponsales extranjeros. Así que eso no va conmigo". No contestaban, se quedaban callados.
En mi barriada todos sabían quién yo era y cuando alguien en una cola se ponía a echar pestes del gobierno, en voz alta decía: "Comentarios no, por favor, las cosas hay que decirlas de frente y sin miedo". Daba media vuelta y me iba.