JULIO GONZÁLEZ
Especial

LA HABANA.- Los Comités de Defensa de la Revolución (CDR), que desde el 28 de septiembre de 1960 han sido los ojos vigilantes y tentáculos del castrismo para controlar a la población cubana, podrían tener sus días contados a raíz de un “creciente desinterés ciudadano” por el desgaste político del régimen cubano y la prioridad por la supervivencia de la población en la mayor de las Antillas.

Los CDR, que son los “minicuarteles” que Fidel Castro creó en cuadras y edificios multifamiliares para espiar “la vida de todos” y que presionaba a los vecinos para ser miembros activos, han dejado prácticamente de funcionar en vastos sectores de La Habana, a pesar de que todavía siguen cobrando una cuota de membresía para su sostenimiento.

La operatividad de estos organismos sectoriales hoy es casi nula por factores como la pobre economía y el desabastecimiento en una isla dirigida por un monopolio familiar, hechos que han ocasionado que la gente dedique mayor tiempo a conseguir los recursos para sobrevivir en medio de una profunda escasez, similar a la que se vivió en la época del Periodo Especial, en los años 90.

Así lo cree Mario, un hombre sesentón que en otros tiempos se desempeñó como militar y encargado de uno de los talleres de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR) en la capital cubana. Según su criterio, “nadie quiere pertenecer a los CDR porque, primero, no quieren ser vistos como chivatones (espías) y, segundo, porque hay que emplear el tiempo para buscar unos pesos para poder vivir”.

La explicación del militar retirado es más realista y profunda: “Es que si en casa no hay para comer bien, y solo encuentras arroz y frijoles, llega el momento en que tienes que hacer algún ‘invento’ en la calle, donde sea, y como sea, para poder tener al menos un pedacito de carne una vez al mes”.

A ello atribuye el habanero la realidad que se cierne en torno a los CDR, que se encuentran desmantelados o en algunos casos funcionando a medias por la falta de vecinos que estarían dispuestos a formar parte del cuerpo vigilante porque –asegura– “con hambre y necesidades nadie puede estar pensando en perder el tiempo en esas cosas”.

Otro factor

A la realidad económica de la nación insular, que es el más serio agravante para la existencia de las 136.000 agrupaciones CDR que reportan las autoridades cubanas, también se agrega otro factor en el que coinciden varias personas, y es el resurgimiento de un “incipiente” sector privado.

En el pasado reciente, el Estado era el único empleador y si el CDR no daba “buenas referencias”, una persona no podía lograr una posición laboral o, por el contrario, era muy posible que perdiera el trabajo por “una mala opinión”.

Juliana, una emprendedora mujer, que tiene un pequeño puesto de ventas en una deteriorada edificación de la céntrica calle Neptuno, en Centro Habana, afirma que no se siente obligada a pertenecer al CDR de su cuadra, en la municipalidad de La Lisa, porque “sencillamente no me da la gana”.

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Los CDR cumplieron un
Los CDR cumplieron un "papel criminal" al servicio del G2 o policía política para señalar a todos aquellos hombres y mujeres que manifestaran el más mínimo desacuerdo con los designios del Gobierno castrista.

Aunque la expresión parezca peyorativa, la dinámica de la vida en la isla le muestra que “nada ni nadie” puede obligarla a hacer lo que no desea. “Yo me gano mi dinerito sin robarle un kilo a nadie, y también le pago una tarifa al Gobierno para que no tener problemas”.

Como ella, muchas otras personas opinan que una “mejor función” cumplen actualmente las denominadas “juntas de vecinos” que realizan labores de limpieza, poda de árboles o corte de maleza ante la incapacidad de las autoridades locales para realizar esas tareas con mayor frecuencia.

Tiempos de opresión

Pero Javier, un hombre entrado en los cincuenta años, que siempre ha vivido en el Reparto Almendares, estima que los CDR cumplieron un “papel criminal” al servicio del G2 o policía política para señalar a todos aquellos hombres y mujeres que manifestaran el más mínimo desacuerdo con los designios del Gobierno castrista.

Este hombre, que se gana la vida vendiendo arroz frito y pizzas que sirve en trozos de un rústico “papel cartucho”, recuerda que uno de sus mejores amigos no fue admitido en la universidad para estudiar por ser calificado por el presidente del CDR como “poco combativo” y, además, un “frikie”, un joven “desafecto” a la ideología oficialista, porque le gustaba la música rock.

No contento con cercenarle sus deseos académicos, más tarde lo hizo ir a parar a la cárcel tras acusarlo de “peligrosidad predelictiva” por el corte de cabello y su forma de vestir poco convencional.

Al abrir lo que él mismo considera una “caja de pandora”, Javier también trajo a colación las historias de miles de cubanos que deseaban marcharse de la isla “en la época de los rusos cuando la cosa todavía no estaba tan mala como ahora”.

“Eso pasaba aquí en mi barrio y en todas partes en La Habana. Si alguien quería marcharse para la ‘yuma’ (Estados Unidos) tenía que hacerlo en completo secreto, sin que los CDR lo supieran”, dice Javier, al hacer alusión a una de las funciones de ese organismo: “Detectar la planificación de grupos de cubanos que quieran emigrar sin autorización” y vigilar a quienes recibían el ansiado permiso “para que no sacaran de casa sus pertenencias”, muebles, ropas e incluso la vajilla que quisieran regalar, luego que los enseres de la vivienda eran inventariados por un agente oficial y la propiedad expropiada.

Además, a los CDR se les ha comparado con grupos de choque que intimidan y en otros casos agreden físicamente a las personas “enemigas de la revolución”, como quienes optaron por salir del país durante el éxodo de Mariel, en 1980, o más recientemente a opositores, como es el caso de las Damas de Blanco, mujeres que en forma pacífica exigen el restablecimiento de los derechos democráticos en la isla.

Javier nunca olvida que contra la vivienda del mejor amigo de su padre, “un negro santiaguero de seis pies de altura”, los “cederistas” lanzaban huevos, al tiempo que le gritaban “consignas revolucionarias” obligando al hombre a vivir con las puertas y ventanas cerradas, y a realizar una precaria vida social.

Historia y “funciones”

Los CDR se fundaron con el argumento castrista de “desempeñar tareas de vigilancia colectiva frente a la injerencia externa y los actos de desestabilización del sistema político cubano”, pero realmente –como lo escribiera el escritor y periodista Carlos Alberto Montaner– “con el propósito de husmearlo todo en Cuba”.

Entre las actividades más importantes de los CDR, está la de ejercer una vigilancia desde lo más básico de la sociedad civil como un aporte valioso para la policía política cubana y el Departamento Técnico de Investigaciones, a quienes les ofrece información detallada de los objetivos de vigilancia.

Cada CDR tiene un presidente, y en la puerta de su casa se puede leer un cartel que así lo indica. Es la persona que suministra información sobre cada ciudadano que reside en su cuadra.

Otras acciones de los CDR contemplan el mantenimiento de edificios, la limpieza de calles, la separación de los residuos para su reciclaje, la activación de mecanismos para el ahorro energético y el patrullaje nocturno de vigilancia, entre algunas tareas que hoy poco o nunca realizan.

“Nada humano les es ajeno: con quién se acuesta la señora del quinto [piso], cuándo se baña el calvo del primero, por qué Zutano no fue a cortar caña”, dijo también Montaner al referirse a los CDR en los “mejores” momentos de una historia que puede estar llegando a un triste final.

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