ESPECIAL
Una mirada a la brecha entre la narrativa oficial del régimen y la vida real de los cubanos, marcada por escasez, desigualdad y simulación política
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AdesdeLaHabana
LA HABANA.- Después de 31 horas sin electricidad, Walter, 51 años, dueño de una finca en el municipio Bauta, a 28 kilómetros al oeste de La Habana, junto a su esposa, intenta aprovechar el poco tiempo que tendrán luz.
“Solemos tener dos o tres horas con corriente. No hay planificación de los apagones. Se va la luz por la mañana y puedes estar dos o tres días sin electricidad. Como si viviéramos en la edad de piedra”, comenta Walter y enciende la olla eléctrica donde ablandará los frijoles negros.
La esposa echa un bulto de ropa en la lavadora y luego, con un afilado cuchillo, descama un pargo de buen tamaño que más tarde pondrá a asar en un horno de carbón. Walter prende la turbina de agua y de un cobertizo saca una vieja bicicleta. “Mirta, le dice a su mujer, voy a la cooperativa a ver si puedo comprar gasolina”.
Son las siete y media de la mañana. En un bolso lleva 100 mil pesos, equivalente a casi 200 dólares, para comprar veinte litros de gasolina que salen, por la puerta de atrás, de una cooperativa estatal.
Contrastes entre pueblo y gobernantes
En el trayecto se detiene a un lado de la carretera y deja pasar una caravana de autos negros. “Eran los barrigones del gobierno, que hablan de ahorrar combustible y de resistencia creativa, pero se mueven a golpe de BMW y Mercedes-Benz, mientras el pueblo pasa muchísimas necesidades”, señala Walter.
Lo que no sospechaba era que en uno de esos autos viajaba Miguel Díaz-Canel. El gobernante, elegido a dedo por el dictador Raúl Castro, encabezaba a un grupo de burócratas del partido comunista que iban a realizar trabajo voluntario en una granja estatal. Horas después, en las noticias del mediodía, aparecía Díaz-Canel con un vaquero, un pulóver Adidas rojo, blanco y azul arando la tierra con una guataca.
Esa puesta en escena no es barata en un país arruinado por una crisis sistémica y estructural donde desayunar es un lujo para la mayoría de los cubanos. Llamémosle Omar, directivo de una cooperativa, revela que “a pesar de no tener combustible, neumáticos ni piezas de repuesto para los tractores, cuando el gobierno monta estas actividades, aparece el petróleo, pintan de blanco los bordes de las aceras, reparan las cercas y le dan una merienda fuerte a la comitiva, de casi 200 personas”.
Propaganda y un país ficticio
Según la prensa oficial, el trabajo voluntario fue convocado por los aniversarios 64 y 65 de la Unión de Jóvenes Comunistas y la Organización de Pioneros José Martí, etapa en la que comienza la labor doctrinaria del régimen. Los editores publicaban fotos y videos de un Díaz-Canel sonriente en el surco, rodeado de jóvenes con semblantes felices por participar en el safari agrícola dominical.
En un rincón, apartados de la foto, observaban jornaleros y directivos de la cooperativa. “Na más que verle la pinta, te das cuenta de que solo van al campo pa’l postureo y pa’ cargar sacos de viandas pa’ sus casas”, dice un trabajador agrícola.
“Los jornaleros no tienen ropa ni calzado adecuados para trabajar la tierra y ves a esa gente con 'perchas' más acordes pa' ir a la universidad que pa' pinchar en un surco donde la tierra roja se impregna en la piel. Estuvieron un par de horas en su pachangueo y luego partieron pa' La Habana con sus bolsos repletos de viandas y frutas. Los funcionarios del partido aparentemente no se llevan nada. Son sus guardaespaldas y los gustacas que les rodean quienes cargan con las cajas de viandas. Después dicen en el noticiero que ayudaron a producir alimentos y la realidad es que se llevan lo poco que tenemos”, comenta Omar, el directivo de la cooperativa.
El partido comunista se ha inventado un país que no existe. La propaganda gestionada por el DOR (departamento de orientación revolucionaria) funciona como en un set de cine. Cuando los altos dirigentes del partido y los generales de las FAR recorren la isla o visitan una empresa, ese día no hay apagón, surten los agromercados estatales, confeccionan cursis cadenetas de papel para recibir a ‘los compañeros’ y movilizan a grupos adeptos del régimen que deben aparentar apoyo al proceso.
Privilegios del poder
Después del breve recorrido, el presidente o el primer ministro conversan ‘con el pueblo’. Más tarde, en las casas de visita (el partido comunista, las FAR, MININT y el Consejo de Estado, a pesar del agudo déficit de viviendas, tienen residencias de primer nivel en todos los municipios), los cocineros se afanan en asar cerdos, preparar cortes de carne de res y mariscos. En neveras, cervezas bien frías y en los anaqueles no faltan botellas de whisky Chivas Regal y Jack Daniels, la bebida del enemigo.
Un ex trabajador civil del MININT, cuenta que “el gobierno, las FAR y el MININT cuentan con una red de almacenes a lo largo y ancho del país donde se guardan esas reservas. No faltan marcas capitalistas reconocidas, sobre todo de Estados Unidos. A los gerifaltes les gusta la tecnología yuma: desde los jeeps Hummer hasta las armas de fuego”.
“Recuerdo que Leopoldo Cintra Frías, cuando era jefe del ejército occidental, le gustaba la Coca Cola Diet y los solomillos deshuesados americanos. Entonces no existían las MIPYMES. Pero al jefe no le faltaba en su pantry esos productos comprados directamente en Estados Unidos”, asegura.
La dictadura intentó ocultar durante mucho tiempo la buena vida de la casta dirigente. Pero las diferencias son notables cuando usted compara a un dirigente con un cubano común y corriente.
“Casi todos son obesos y por eso reciben un cuidado médico de primera. Se alimentan con productos de calidad, usan computadoras Apple, se visten con ropa Made in USA, pero tienen locura con los relojes suizos. Viven en las residencias que le confiscaron a la antigua burguesía. Usan Starlink para conectarse a internet y en sus casas ven los canales de streaming estadounidenses. El capitalismo es malo para la población, no para ellos”, asevera una exsecretaria que trabajó en el comité central del partido comunista.
En su mundo paralelo han creado infraestructuras como si Cuba fuese un país normal o del primer mundo. Un ingeniero informático de una empresa aliada al Consejo de Estado dice que “es una cosa delirante; a Díaz-Canel le encantan los avances de la ciencia y la tecnología. Cada vez que ve un producto nuevo, quiere replicarlo en Cuba. Si los americanos descubren una vacuna, quieren hacer una parecida. Cuando comenzó la IA, la dirigencia movilizó a los informáticos para que nos adiestráramos, ver si podíamos hacer algo similar en la Isla”.
“En esas locuras se despilfarra divisas. Se elaboran vacunas y medicamentos que luego organismos internacionales no reconocen o son de dudosa efectividad. Todo es para especular, aparentar, tirarse el peo más alto que el culo sin tener dónde sentarse. Se experimenta con criptomonedas e IA, a pesar del alto consumo energético. Esos sinsentidos importan tecnología de primer nivel. Es inaudito el grado de imbecilidad y bipolaridad del actual gobierno”.
El ingeniero informático describe que se han creado “cientos de aplicaciones que después no funcionan por defectos en su desarrollo o porque son programas descabellados como una app para saber dónde está el ómnibus más cercano cuando en Cuba no funciona el transporte público”.
A Díaz-Canel le gusta presumir de modernista. Ha decretado un sinnúmero de decretos, aplicaciones que supuestamente interactúan con la ciudadanía y ha pretendido informatizar los servicios bancarios y la gestión de trámites. “O el tipo es retrasado mental o es un cínico que se está riendo de la gente. La bancarización ha provocado que el efectivo en pesos desaparezca como por arte de magia. Para que un pensionado pueda cobrar, tiene que hacer colas de cinco o seis horas y nada más te entregan mil o dos mil pesos, pues no tienen suficiente efectivo. Es el colmo, que un banco no tenga dinero”, explica Daniel, jubilado habanero.
En teoría, existen leyes de seguridad alimentaria, pero no hay comida. O una plataforma llamada Soberanía, que agiliza los trámites, pero funciona mal debido a la pésima conectividad y fallos en el software.
La dictadura alardea que la población participa en la toma de decisiones, poniendo de ejemplo a decenas de sitios gubernamentales, pero la realidad es que son páginas desactualizadas donde nadie responde a las críticas o preguntas. Servicios públicos como el acueducto, la empresa eléctrica o las ambulancias son anunciados por la prensa estatal con números de teléfono de atención al ciudadano. Pero cuando la gente llama, no atienden o están fuera de servicio.
Hace dos semanas falleció el esposo de Irma, ama de casa. “Con el cadáver en la cama estuve esperando un día y medio por la ambulancia. Nunca vinieron. Y según informaron, habían comprado no sé cuántas ambulancias nuevas”. Walter, el dueño de una finca en Bauta, tuvo que esperar a que la comitiva de Díaz-Canel se largara de la cooperativa “para que me vendieran combustible por la izquierda”.
Y es que las empresas estatales y la maquinaria de propaganda del partido comunista generan un lucrativo mercado informal. Es de lo poco que funciona en Cuba.
