Mientras el pasado viernes 4 de septiembre el periodista independiente Roberto Jesús Quiñones Haces cumplía su último día de injusta condena en la prisión de Guantánamo, Cuba, J.K, youtuber, se colocaba una mascarilla y con su teléfono inteligente Huawei P-9 salía a la calle a recoger opiniones sobre el deficiente abastecimiento de agua potable en el barrio pobre de Colón, en el corazón de La Habana, donde reside desde que nació hace veintiún años.

Quiñones, un abogado de 63 años que según su perfil en Ecured, la Wikipedia oficial cubana, también es escritor y poeta, cuando en 2012 comenzó a publicar en CubaNet, probablemente lo hizo en una máquina de escribir. El cuaderno de notas, el bolígrafo y en el mejor de los casos una pequeña grabadora, eran las herramientas de aquella primera hornada de periodistas sin mordaza que surgieron en Cuba a mediados de la década de 1990.

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Tener una computadora portátil era considerada un delito. Recuerdo que el 3 de junio de 1998 varios agentes de la Seguridad del Estado irrumpieron en mi casa buscando una laptop en la cual, decían, mi madre y yo, periodistas libres, redactábamos los artículos. No encontraron nada. Solo teníamos una antigua máquina Robotron, fabricada en Alemania oriental. “Para escribir lo único que necesito es una hoja y un bolígrafo. Si se la llevan me hacen un favor. Casi siempre está rota”, le dije a un oficial que registraba la habitación. La miraron como a un bicho raro y la dejaron.

Durante la oleada represiva desatada por Fidel Castro en marzo de 2003, cuando 75 opositores pacíficos fueron encarcelados, entre ellos había 27 periodistas independientes, una señal del miedo que sentían -y sienten- las autoridades a la libertad de expresión y a la difusión de opiniones diferentes.

Pero las nuevas tecnologías son imparables y dejan en evidencia a los sistemas dictatoriales. En 2007 me regalaron una memoria flash. Copiaba diversos artículos de la prensa extranjera en una sala de navegación del Hotel Inglaterra, que luego prestaba a los amigos del barrio para que lo leyeran.

Yoani Sánchez, bloguera, periodista y directora del periódico 14ymedio, siempre decía que el mejor regalo que le podían hacer a un cubano era una memoria flash. En un seminario que ella organizó en el apartamento donde reside con su esposo Reinaldo Escobar, también periodista, adiestró a varios comunicadores en la creación y administración de blogs o bitácoras, así como abrirnos una cuenta de Twitter en el teléfono móvil sin tener acceso a internet.

Parece que ha pasado mucho tiempo desde aquel 2010, cuando un reportero freelancer, para cubrir una noticia, debía cargar una mochila con laptop, cámara fotográfica, grabadora y la inseparable libreta de notas. Cuando te detenía la Seguridad, todo lo decomisaba. Aunque Apple lanzó el primer iPhone en 2007, en Cuba apenas había teléfonos celulares y los pocos que habían, no permitían grabar y las fotos no salían con buena calidad.

A una velocidad meteórica, los celulares perfeccionaron sus herramientas. Ahora, con un móvil puedes tomar notas, grabar, tirar fotos y grabar con calidad incluso de 4K. Desde hace un año y medio, con la apertura de la comercialización de internet de datos en Cuba (a precio de oro), solo con un teléfono inteligente de medianas prestaciones puedes ejercer periodismo.

Según datos de la ONEI (Oficina Nacional de Estadísticas e Información), en 2019 en la Isla había 6.042.600 millones de abonados a la telefonía celular. De ellos, el 80 por ciento usa con frecuencia internet de datos en 3G y LTE. El indicador de usuarios de internet por cada mil habitantes saltó de 271 en 2014 a 643 en 2019. Casi se ha multiplicado por tres.

A pesar de sus elevados precios, estos avances tecnológicos ha favorecido sobre todo a los más jóvenes. Como J.K, quien al mes realiza entre diez y doce vlogs (video-blogs) sobre temas sociales: desde el deseo de emigrar, el auge de la prostitución, el consumo de drogas y la falta de futuro en un país con una narrativa al estilo de Norcorea.

J.K utiliza seudónimos. Con el dinero que gana en su canal de YouTube utiliza una parte en comprar comida y medicamentos a familias pobres. “Tengo miedo, no lo niego. Comencé a realizar audiovisuales para YouTube después que en recital de reguetón vi a la policía dar una golpiza espantosa a unos muchachos. Fue lo primero que hice. Había escuchado hablar del periodismo independiente, pero desconocía qué era el periodismo ciudadano. Con un teléfono móvil y conocimientos rudimentarios de edición cualquiera puede hacer videos de denuncias y subirlos a internet”.

Desde hace cinco, ha proliferado una legión de youtubers en Cuba. Algunos, como Pollito Tropical, se han radicado en Miami. Otros, como Dagoberto, se ha especializado en deportes. Dago, como es conocido, es uno los mejores analistas cubanos del fútbol internacional. Varios youtubers, como Juanka, Camallerys y Juanmy Records, de su dinero y de donaciones que reciben, en estos meses de pandemia y confinamiento, han entregado alimentos, medicinas y artículos de aseo a vecinos de barrios habaneros a donde no suele llegar ayuda estatal. Recientemente, Pedrito el Paketero, además de comida, le llevó un refrigerador y un sillón de ruedas a una familia que tiene una niña con discapacidad.

El fenómeno youtuber ha calado entre muchos jóvenes. Lisandra García, residente en la barriada de San Leopoldo, además de vivir en un apartamento en mal estado frente al malecón, al ser hija única y enfermarse su mamá, ha tenido que asumir los quehaceres domésticos y la compra de alimentos, algo complicado por el desabastecimiento y los casos de coronavirus en la capital. Pese a las dificultades, trata de subir por lo menos un video semanal a YouTube.

En Cuba hay más youtubers del sexo masculino que del femenino. Los hombres, al tener menos responsabilidades hogareñas, disponen de más tiempo y algunos cuelgan un video diariamente o cada dos o tres días, por lo que sus entradas son mucho mayores (entre mil y dos mil dólares mensuales). Otros prefieren chismes de la farándula, tiempo libre, turismo, gastronomía y recorridos por el interior de la isla. Pocos son los que abordan temas políticos. "Porque estamos más comprometidos con los problemas que aquejan al país. Incluso, no pocos, apostamos por un cambio político radical. Queremos democracia”, dijo un youtuber que prefirió no identificarse.

Esta nueva vertiente audiovisual ha contagiado a personas ajenas al periodismo ciudadano, quienes suben fotos o videos en Facebook simplemente porque estaban en el lugar del suceso. Ana María vive Centro Habana y cuenta que estaba en casa de una amiga, “cuando desde el balcón vi una golpiza de los boinas negras a un hombre que estaba en la cola para comprar pollo. Cogí el teléfono y comencé a filmar. Luego lo subí a mi página de Facebook”.

Todas las webs y periódicos radicados en la Florida que abordan la situación en Cuba, ya incluyen audiovisuales en sus ediciones. Un reportaje periodístico, una secuencia de fotos o un video colgado en YouTube o Facebook no va a derrocar a un régimen autocrático con 61 años en el poder. Pero el periodismo ciudadano solo busca un espacio donde pueda ejercer su trabajo sin acoso ni represión. Y que se respete la libertad de expresión. De eso se trata.

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