MIAMI - El triunfo del empresario conservador Nasry Asfura, con un margen inferior a un punto porcentual, cierra uno de los procesos electorales más tensos y prolongados de la historia reciente de Honduras.
El presidente electo Nasry Asfura asume la jefatura de un país con instituciones debilitadas y una ciudadanía escéptica y polarizada
MIAMI - El triunfo del empresario conservador Nasry Asfura, con un margen inferior a un punto porcentual, cierra uno de los procesos electorales más tensos y prolongados de la historia reciente de Honduras.
Mientras la derecha regresa al poder con el respaldo de Washington, la ciudadanía expresa cansancio, desconfianza institucional y expectativas moderadas frente a un país con una democracia debilitada.
La proclamación de Nasry Asfura como presidente electo de Honduras, anunciada oficialmente el 24 de diciembre por el Consejo Nacional Electoral (CNE), puso fin a semanas de incertidumbre tras los comicios del 30 de noviembre, un proceso marcado por denuncias de irregularidades, fallas técnicas y propuesta del presidente de Estados Unidos, Donald Trump.
Asfura, empresario de la construcción e hijo de inmigrantes palestinos, se impuso con el 40,1% de los votos frente al 39,53% del presentador de televisión y candidato liberal Salvador Nasralla.
En tercer lugar quedó Rixi Moncada, aspirante del oficialismo de izquierda, Libertad y Refundación (Libre), con 19,19%.
Aunque misiones internacionales descartaron fraude, el largo escrutinio, las interrupciones del conteo preliminar y los enfrentamientos públicos entre los consejeros electorales profundizaron el desgaste institucional y acentuaron la percepción de fragilidad democrática.
Según la investigadora del Laboratorio Ciudadano Honduras, Nincy Perdomo, el sentimiento predominante entre la población no fue entusiasmo, sino agotamiento.
“Lo que predomina es una sensación de cansancio, de desgaste, por lo largo que ha sido el proceso después de las elecciones. El proceso de escrutinio y el proceso de llegar a unos resultados que no están auspiciados por la credibilidad de otros procesos electorales que hubo en el país”, afirmó Perdomo en entrevista exclusiva con DIARIO LAS AMÉRICAS.
La experta indicó que la prolongación del conflicto electoral terminó erosionando el interés ciudadano y generó hastío frente a los reclamos políticos.
“La ciudadanía esperaba terminar con el proceso, terminar con toda esta cantidad de reclamos, dimes y diretes, denuncias. Ya había un hastío de estar escuchando estos discursos y viendo estos enfrentamientos”, sostuvo.
Este desgaste electoral se produce en un contexto institucional especialmente frágil. Honduras viene una de las legislaturas más cuestionadas de su historia reciente, caracterizada por una fuerte concentración de poder, escándalos que afectaron la legitimidad de su presidencia y una confrontación abierta con medios de comunicación y organizaciones de la sociedad civil.
Durante la pasada sesión legislativa, cuando no existía consenso entre las bancadas, el Congreso recurrió al cierre de sesiones plenarias y a la convocatoria de una comisión permanente integrada por apenas nueve diputados, desde donde se tomaron decisiones clave, limitando el debate parlamentario y profundizando la desconfianza ciudadana.
Este escenario se suma a una herencia de autoritarismo arrastrada desde los 12 años de gobiernos del Partido Nacional, periodo en el que se produjeron graves atropellos al Estado de derecho. Entre ellos, la remoción de magistrados de la Corte Suprema de Justicia que no respondían a la línea del Ejecutivo, una maniobra que permitió posteriormente la reelección presidencial de Juan Orlando Hernández en 2017, además de esquemas de corrupción que utilizaron el andamiaje del Estado para fines políticos.
La llegada de la agrupación política Libertad y Refundación al poder en 2021 generó expectativas de ruptura con ese modelo. Sin embargo, promesas centrales como la instalación de una comisión internacional contra la corrupción o la reforma de la Ley Orgánica del Congreso Nacional nunca se materializaron. Persistió, en cambio, una elevada discrecionalidad concentrada en la presidencia del Legislativo, la junta directiva y la gerencia administrativa.
“Lo que tenemos es un proceso donde viene un partido, dobla las reglas hasta donde puede, y cuando llega otro gobierno no deja de hacerlo, sino que continúa en ese mismo esquema”, advirtió Perdomo, al señalar que el resultado es “un Estado de derecho deformado por las aspiraciones de poder”.
Pese a pertenecer al Partido Nacional, una fuerza política golpeada por escándalos de corrupción durante los últimos años, Asfura llega al poder con un nivel de rechazo menor al de otros dirigentes de su colectividad.
“Nasry Asfura, pese a estar en el Partido Nacional, no ha sido tan vilipendiado o rechazado por la población como otros políticos de su mismo partido”, explicó Perdomo.
La investigadora recordó que, aunque Asfura fue señalado por presuntas irregularidades durante su gestión como alcalde de Tegucigalpa, estos cuestionamientos no dañaron de forma determinante su imagen pública.
“Estos escándalos no afectaron tanto su imagen como ocurrió con otras figuras de su mismo partido”, añadió.
Además, su estilo durante la campaña —menos confrontacional que el de sus rivales— contribuyó a mantenerlo fuera del centro de la polarización.
“Como candidato, Asfura fue el menos conflictivo, no se dedicó a insultar ni a señalar directamente a sus contrincantes”, señaló.
Uno de los momentos decisivos del proceso ocurrió cuando Donald Trump expresó públicamente su respaldo a Asfura durante la semana de silencio electoral, una intervención que alteró el escenario político.
“Ese tuit descolocó completamente a los otros actores políticos”, afirmó Perdomo.
Según la investigadora, tanto el oficialismo de izquierda como el candidato liberal Salvador Nasralla quedaron desorientados tras la señal directa de apoyo desde Washington.
“Cuando sale el tuit de Trump, esa percepción generalizada de que Nasralla tenía el respaldo de Estados Unidos se cae”, explicó.
La reacción del propio Nasralla terminó por debilitarlo aún más.
“Su reacción fue prácticamente rogar el apoyo de Trump, y eso se vio bastante mal”, dijo.
Perdomo afirmó que, para amplios sectores de la población hondureña, Estados Unidos sigue siendo percibido como un actor determinante.
“Todavía se percibe a Estados Unidos como el hegemón, como una figura objetiva, y eso influyó en la decisión de muchos votantes”, afirmó.
Las denuncias de irregularidades no son un fenómeno nuevo en Honduras. El país arrastra una larga historia de procesos electorales cuestionados.
“Honduras tiene una historia larga de procesos electorales irregulares, incluso desde antes del golpe de Estado [de 2009]”, recordó Perdomo.
A su juicio, el problema estructural radica en que los partidos políticos continúan controlando los órganos electorales.
“Cuando los representantes del órgano electoral tienen la camisa de un partido, es muy difícil creer a pies juntillas lo que dice uno u otro, porque cada uno está velando por su partido y no por el proceso”, sostuvo.
Pese a ello, consideró que en esta ocasión la mayoría de la ciudadanía optó por aceptar los resultados.
“El cansancio ha llevado a una inercia sobre estos resultados”, explicó.
Desde la perspectiva del Laboratorio Ciudadano Honduras, el proceso electoral deja en evidencia una democracia frágil y erosionada.
“Honduras no tiene una democracia plena”, afirmó Perdomo de forma categórica.
La investigadora advirtió que ninguno de los principales partidos ha demostrado ser garante del Estado de derecho.
“La ambición de poder ha sido más importante que la democracia para todos los partidos mayoritarios”, sostuvo.
Aunque descartó un escenario inmediato de ingobernabilidad, sí alertó sobre riesgos persistentes si no se atienden las demandas de transparencia y justicia electoral.
“Ya estamos en un escenario de debilitamiento institucional. Nadie considera que el Consejo Nacional Electoral sea realmente creíble”, afirmó.
Con el regreso de la derecha al poder y una ciudadanía marcada por el cansancio político, Honduras inicia una nueva etapa bajo la sombra de instituciones cuestionadas, un Congreso desprestigiado y una relación estratégica con Estados Unidos que vuelve a ocupar un lugar central en el tablero político.
FUENTE: REDACCIÓN DLA
