martes 11  de  junio 2024
AMÉRICA LATINA

En Cuba se vive para poder comer

La insuficiencia del motor impulsor económico y la mala administración pone a la isla en el abismo de la devastación alimentaria
Diario las Américas | IVÁN GARCÍA
Por IVÁN GARCÍA

LA HABANA.- Selma y su esposo Elio, ambos pensionados, llevan meses en Cuba haciendo una sola comida: arroz blanco, dos ruedas de tomate y un vaso de una infusión caliente de yerbabuena, endulzada con un chorrito de miel de abeja.

“Cuando cae la noche, a Elio le preparo la mitad del incomible pan que venden por la libreta con un trozo de guayaba de barra. La otra mitad del pan se la guardo para el desayuno, que suele ser otra infusión o té negro, cuando lo consigo. Desde que comenzó la 'situación coyuntural' de Díaz-Canel estamos pasando hambre”, comentó Selma.

Debido a la desnutrición y al estrés cotidiano, a Elio, biólogo de profesión, “se le ha acrecentado la demencia senil y se le han presentado enfermedades cutáneas. En los tres últimos años he bajado 20 libras de peso y Elio, un tipo brillante, que a diario hacía ejercicios, parece un cadáver andante. Me levanto a las 5 de la mañana y media hora después ya estoy en la calle, haciendo cola para comprar el pan, medicinas o cualquier cosa de comer que aparezca. Aunque los dos somos graduados universitarios y trabajamos en nuestras respectivas especialidades, si sumamos las dos pensiones que recibimos, no llegan a los 4.000 pesos (unos 26 dólares en el mercado informal). Y con ese dinero dos personas hoy en Cuba malamente pueden alimentarse una vez al día", confesó Selma.

A veces algún amigo o pariente radicado en el extranjero les envían 40 o 50 dólares. “O un vecino que tiene buena posición, nos regala una jaba de viandas, frutas o un trozo de carne de cerdo. Nunca pensé que en mi vejez iba ser tan dura. Incluso con 78 años he pensado en vender la casa y emigrar. Los cubanos hemos tenido la desgracia de ser gobernados por un clan de gente inculta, incapaz y retrógrada”, afirma Selma.

Yamila, madre divorciada de tres hijos, vive en un tugurio con paredes de tablas roídas en la barriada de Párraga, municipio Arroyo Naranjo, al sur de Ciudad de La Habana. Las callejuelas oscuras, sin asfaltar, y la violencia forman parte del entorno de una favela urbana donde impera la ley del más fuerte. Es habitual que un hombre celoso golpee con un cinturón a su pareja y a los hijos, las broncas sean frecuentes, que una adolescente de 15 años se prostituya o un acosador se masturbe en la vía pública.

“Mi sueño es irme de Cuba. ¿Pero con qué dinero? No me queda otra que sobrevivir como pueda. A veces me vengo abajo y he pensado en darme un sogazo (suicidarme). Saco fuerza de donde no hay y sigo adelante por mis hijos. Párraga es un antro de perdición. Me he acostado con un viejo por una botella de aceite. Me he tenido que fajar a trompones en una cola pa’ poder comprar un paquete de perritos (salchichas). Diariamente tengo que hacer mil y una maromas para que mis hijos coman algo caliente”.

Y continuó: “Es desgastante. Todo el dinero que consigo se va en conseguir comida. Nada del otro mundo. La libra de arroz ya ronda los 200 pesos, la de azúcar 150 pesos y 1.500 un cartón de huevos. Si el dinero me alcanza, compro un pedazo de carne de puerco o un poco de picadillo de res, del que venden por la izquierda los matarifes de vacas. Así y todo, mis hijos siempre están hambrientos. Les ha crecido el pie y necesitan zapatos, también mudas nuevas de ropa. Ni pensar en chucherías y ni siquiera en un jarro de agua con azúcar prieta”, cuenta Yamila.

Óscar, 56 años, custodio de una escuela secundaria, en su tiempo libre recoge escombros, desmocha palmas y es ayudante de albañilería. “Mi esposa falleció por el COVID-19. Los dos hijos se largaron hace un año y medio. El dinero que gano solo me alcanza para comer arroz, frijoles negros y una vianda, que es bastante en los tiempos que estamos viviendo. Rezo porque mis hijos salgan adelante y puedan enviarme dinero y comida para capear el temporal. Ni con 100 años de cárcel, esta gente (el régimen) paga el daño que le han provocado a los cubanos”.

El lunes fue día de ‘fiesta’ en la vivienda de Gisela, ama de casa residente en La Víbora, municipio de Diez de Octubre. Una amistad que trabaja en una tienda de la empresa militar TRD Caribe la llamó y le dijo "que habían llegado los 'cinco productos estrella' y que per cápita iban a vender un litro de aceite, dos tubos de una libra de picadillo condimentado, un paquete de salchichas, diez libras de muslos de pollo y una bolsa de detergente. Le avisé a los vecinos y al instante se armó una cola de dos cuadras”.

Para poder comprar, la bodega a la que perteneces te otorga un número. Cuando te toca tu turno, con la libreta de racionamiento y el carnet de identidad, puedes adquirir el ‘modulo’, según la jerga burocrática del régimen. En La Habana, explicó Maybel, funcionaria de Comercio Interior, “el Estado hace un esfuerzo para garantizar los 'cinco productos estrellas' (aceite, picadillo condimentado, salchichas, muslos de pollo y detergente) en meses alternos”. En otras provincias el ciclo se extiende cada tres o cuatro meses.

Después de tres horas de cola, Sergio, jubilado, llegó a su casa con la compra. “Como en mi núcleo somos ocho personas, me tocaron dos bolsas de pollo, por cierto Made in USA, a pesar del bloqueo. Lo primero que hicimos fue compartir las cosas, pues, aunque vivimos juntos, cocinamos por separado. Del paquete de pollo que me tocó, que traía doce muslos de pollos, mi mujer separó cinco para cada uno de nuestros dos hijos. Y uno para nosotros. Como padres tenemos que hacer ese sacrificio y dejarles la mayor cantidad de comida a los muchachos. Si esta gente (el régimen) no resuelve el problema de la escasez y la inflación, en Cuba va a ver una hambruna parecida a la del Corea del Norte”.

Carla, nutricionista, considera que “la dieta del cubano promedio, sobre todo los que no reciben remesas, quizás sea peor que en los años más difíciles del Período Especial. Entonces, por la libreta otorgaban mayor cantidad de alimentos, podías comprar huevos y viandas y tomar agua con azúcar. La comida típica (arroz, frijoles negros, carne de cerdo, tostones y ensalada) es un lujo al alcance de una minoría. El porcentaje de proteína consumida por los cubanos es escandalosamente bajo. Apenas se come pescado, carne ni de res, carnero, conejo, tampoco hígado. Debido al alto precio de las frutas (una libra de guayaba cuesta 80 pesos y una fruta bomba puede costar más de 130 pesos), muchas familias las dejaron de consumir. Ocurre igual con las legumbres (frijoles), viandas y hortalizas. Se come poco y mal. Esa desnutrición afecta a los niños de familias de pocos recursos, a las embarazadas y a los ancianos, los grandes perdedores del actual desastre económico”.

Un informe recientemente publicado del Programa Mundial de Alimentos, adscripto a la ONU, plantea que en Cuba "el suministro de alimentos racionados para el grupo de población cuya edad oscila entre los 14 y los 60 años solo cubre el 36% de la ingesta de energía, el 24% de las recomendaciones diarias de proteínas y el 18% de las grasas". El demoledor informe lamenta que "la dieta del hogar cubano promedio es pobre en micronutrientes y no es suficientemente sana o diversa debido a la limitada e inestable disponibilidad de alimentos nutritivos, factores socioeconómicos y malos hábitos alimentarios”.

Mientras fríe unos pellejos de pollo que le regaló un vecino, Selma comenta que suele tener sueños recurrentes. “Me veo en una cafetería comiéndome un trozo grande de pan de flauta con un bistec de res, papitas fritas y un vaso de jugo de naranja”. Y en tono serio se pregunta si antes de morir pudiera cumplir su sueño.

ESPECIAL

@DesdeLaHabana

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